Cantigas de Cruz y Luna.

Cervera del río Alhama, una pequeña villa castellana donde cristianos, judíos y musulmanes conviven en secular armonía, envía sus mejores gentes a la campaña de las Navas de Tolosa. Les acompaña la dulce Zahara, arrastrada contra su voluntad a una aventura donde, para sobrevivir, habrá de ser más fuerte que los más intrépidos cruzados.

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La novela

La novela
Una historia de aventuras en Cervera del río Alhama, una perspectiva nunca vista de las Navas de Tolosa

lunes, 3 de junio de 2013

La lanza (II) una pequeña anécdota con la lanza como protagonista

Me comentan sobre la falta, en el anterior post sobre la lanza, de alguna anécdota ilustrativa del uso y empleo de esta arma, de largo la más empleada en la edad media.
Como no me gusta desairar a los aficionados a este período histórico, paso a relatar una anécdota narrada por Lope García de Salazar y ocurrida en tiempos del rey Alfonso VIII de Castilla.

Escribe nuestro cronista que, acuciado Alfonso por los enormes gastos que las guerras con los reinos vecinos le ocasionaban, decidió crear un nuevo impuesto de ocho maravedís para gravar a los hidalgos de su reino "E d'estos maravedís era moneda gruesa, que valía la dobla castellana siete maravedís"

El caso es que el buen rey pidió consejo a su  alférez Diego López de Haro, el fundador de la villa de Bilbao. Cuando le expuso sus pretensiones, don Diego comentó a su monarca:
   -Señor, los fijosdalgo malos son para pecheros.
  Pero el rey, espoleado por la necesidad, no prestó oídos a su consejero y tanto le apremió que este finalmente le contestó:
      -Señor, como quier que sea, pues vos tanto lo queredes e avedes menester, yo pagaré los ocho primeros.
   Satisfecho de su gestión, el rey convocó a cortes a todos sus nobles en  Burgos y, una vez todos reunidos, les expuso sus exigencias.
Cuando el rey terminó de hablar, don Diego se levantó y colocó frente al monarca sus ocho maravedís, pero su acción no consiguió el efecto que Alfonso esperaba. En lugar de imitar al de Haro, se alzó don Nuño de Lara para decir:
     -Señor, donde yo vengo los cavalleros e fijosdalgo nunca fueron pecheros.
   Y, alzándose, invitó a cuantos de los allí presentes les disgustara el pagar los impuestos que el rey pretendía a que le siguieran. A su requerimiento se alzaron todos los caballeros, salvo el dicho López de Haro y otros cuatro que quedaron en compañía del rey. 
Todos los demás marcharon al palacio de el de Lara y una vez reunidos se equiparon con todas sus armas para volver al campo de Santa María de Gamonal. 
Allí dispuestos los tres mil hombres de a caballo sobre el campo, enviaron a dos de ellos a decir a su señor natural que estaban dispuestos a pagar los ocho maravedís que les quería cobrar de pecho, tal y como los habían pagado hasta entonces sus antepasados. 
Que los tenían cada uno de ellos en una bolsa colgada en la punta de su lanza y que solo tenía que mandar a alguien a recoger el pecho que pretendía cobrarles, pero que les hiciera el favor de no ir él en persona  porque lo "querían guardar como a su rey e soverano señor".
Sobra decir que el buen rey decidió eximirles del nuevo impuesto, echó las culpas de la ocurrencia a su consejero  "E mandólos venir a su palaçio e dioles previllejos de livertad e desterró a don Diego López e quitóle la tierra".

Pero claro, estas son cosas que solo podrían suceder en el medioevo. 
A ningún gobernante actual se le ocurriría gravar con nuevos impuestos a sus gobernados para que pagaran ellos sus decisiones equivocadas y echar luego la culpa a sus consejeros y a los reinos vecinos si su política no daba el resultado que él esperaba.


viernes, 17 de mayo de 2013

El origen del Linaje (I) señores y tenentes.


En la primitiva sociedad feudal no importaba si quien trabajaba la tierra y allí vivía era hombre libre o no, si había nacido en esa tierra o si, capturado en la última razzia, lo habían colocado allí para que la trabajara. El señor de aquellas tierras, rey, iglesia o noble, había de recibir sus impuestos, controlar la paz y hacer cumplir la ley.

(No nos escandalicemos por esto que es algo no muy diferente de lo que ahora ocurre. Hoy en día, más de mil años después, todos debemos pagar, no diezmos -una parte de cada 10 de lo que se produzca- sino 2’1 partes de cada 10 de todo aquello que producimos, es el dichoso I.V.A., un 21%)

Bueno, los encargados de velar por el bien público, proteger las tierras y a quienes las habitaban, mantener la paz, hacer cumplir las leyes, recaudar los impuestos, sancionar las faltas, poner multas y cobrar o embargar a quien no las pagara (siento como un deja-vu extraño) eran los señores o sus tenentes. Estos tenentes eran administradores -que no propietarios- y ejercían los poderes públicos en nombre del señor, que podía ser el rey o un noble, el dueño del territorio.
En pago a sus servicios, estos tenentes recibían ciertas rentas por parte del propietario, a más de cobrar las multas por las faltas y las indemnizaciones o embargos.

(Como dato curioso, que por estos lares tendemos a considerar a los eunucos como seres exclusivos de los países árabes: comentar que hacia el 1040 era tenente en la cuenca del Agüera, en la actual Cantabria, entonces tierras del reino de Navarra, un esclavo eunuco llamado García Cíclave).

El caso es que tanto los señores como los tenentes vivían y se enriquecían con estos ingresos, por lo que les resultaba fácil excederse en la aplicación de multas y confiscaciones, es decir, cometían malos actos, hacían mal, o como se decía entonces: mal facían, eran mal fechores. Y es que la palabra malhechor deriva directamente de esta expresión aplicada por el pueblo a aquellos señores y caballeros que no cumplían con sus deberes para con la plebe y se enriquecían de manera impropia a costa de los bienes comunes (huy, otro deja-vu).
En fin, volvamos al origen primero de los linajes.
El la tenencia vivían esclavos, pecheros (los que estaban obligados a pagar impuestos o pechos al señor) collazos (labriegos que no podían abandonar la tierra que trabajaban) campesinos libres que cultivaban sus propias tierras y censuarios que eran lo artesanos (menestrales), villanos (los que vivían en las villas), comerciantes y demás omes comunes. Todos ellos vivían en tierras propiedad del señor o cedidas por el rey a este, eran pues sus vasallos que, a cambio de protección y parte del usufructo de la tierra pagaban sus impuestos al señor en metálico, en especies y realizando ciertos trabajos en la casa del señor o en sus tierras.
Entre los habitantes de la tenencia también existían comunidades aldeanas libres –de la tierra llana- y hombres libres, propietarios de sus tierras e inmunes jurídicamente a la autoridad de los tenentes, eran los hidalgos.
Estas comunidades y los hidalgos pactaban con el señor mediante cartas o acuerdos, por eso se llamaban encartados y a estas zonas Encartaciones. En estos acuerdos se comprometían a prestar servicio militar en las filas del señor y a entregarle una parte pactada de sus excedentes (cosechas, caza, madera, etc), a cambio habían de recibir de este protección militar y jurídica frente a quienes les agredieran y evitar así a los malfechores y sus mal fehechorías,
Estos hidalgos eran “franqueados, libre e quitos de todos los pedidos e serviçios e monedas e alcabalas e demás tributos cuales quiera”, y mediante estas cartas o encomiendas, se integraban en lo que entonces se llamaba familia del señor, y se les conocía como parientes de este, lo que en la Roma clásica se conocía como clientes.
Son estos hidalgos quienes estructuran, allá por 1200, la sociedad medieval en linajes. 
Podríamos decir que un linaje es la línea sucesoria de una familia, que no tienen porque ser sus primogénitos,  ya que Lope García de Salazar nos ofrece múltiples casos de mujeres o hijos bastardos que forman o dan sucesión a un linaje. Aquí se incluyen todos los descendientes directos de este antepasado común origen del linaje, tanto por línea paterna como materna a los que se añaden los parientes de los que hemos hablado unas líneas antes. Entonces, los descendientes, sus encomendados, los vasallos, aquellos que dependen económicamente de la familia, sus esclavos y empleados a sueldo, todos unidos y cada uno en sus posibilidades y actividades, forman el origen y definen la estructura del linaje que es dirigido por la persona que ostenta el mayorazgo del la familia, el pariente mayor del apellido.

Como esto se va alargando, de cómo se crean y acaban adquiriendo su forma definitiva los linajes, hablaremos en el siguiente artículo.

viernes, 10 de mayo de 2013

La lanza, un arma que no se lanza.


Punta de lanza.
Del inventario del
Lázaro Galdiano
Una lanza es, en esencia, un palo largo armado con una punta de hierro. Se diferencia de otras armas de asta, como alabardas o archas, en que su función era siempre y exclusivamente el herir en estocada, como arma punzante.

Pero dentro de esta definición entran tres tipos armas perfectamente diferenciados y con un manejo y función también diferentes.
En primer lugar la lanza que -paradójicamente- es la única de estas tres armas que no se puede lanzar y solo se puede utilizar a modo de estoque.
Se trata de una vara de fresno, roble o maderas similares, de grano fino y resistente, con una medida muy variable, pero siempre más larga que quien la maneja, de entre 2’5 a 3’5 metros las de mano y jinetas a 4 o 4'50 las de caballería pesada y que podía crecer hasta los 6 metros de las picas.
En el extremo ofensivo se mostraba armada de una punta, hoja o moharra, de muy diferentes formas y tamaños, de dos, tres o cuatro filos, cortante o cónica, de una o hasta cinco puntas, en incluso roma como las lanzas galantes. La moharra se encajaba sólidamente en la madera, prolongándose el hierro  muchas veces para reforzar el extremo de la lanza más expuesto a los golpes del enemigo.  En su otro extremo se encontraba el regatón o contera. Un refuerzo metálico que cumplía una doble función: por una parte permitía apuntalar ese extremo en la tierra sin que se dañara, aumentando así la duración del arma y ,además, y más importante, equilibraba el peso del arma para que a quien la empuñara le resultara más cómodo el manejo y alcanzara mayor precisión en al herir.

Diferentes puntas de dardos
En segundo lugar nos encontramos con las astas arrojadizas, o dardos. Más cortas y ligeras que la lanza, que se arrojaban directamente o ayudados por una correa (amiento).  A este arma se les dieron muchos nombres en función de su uso venatorio o militar, de las zonas donde se emplearan o la longitud de su asta. Podían ser angus, azconas, dardos, azagayas, jabalinas, venablos, etc.
La punta de todas ellas era normalmente más pequeña, fina y de cabeza estrecha, con el objeto de hacer facilitar la penetración, y podían o no estar dotadas de arpones para complicar su extracción cuando hacían blanco (tanto en el cuerpo del contrario como en su escudo, que podía inutilizar)

Punta de chuzo
del siglo XVI
El tercer grupo de estas armas de asta con punta simple claramente diferenciada del resto sería el chuzo. Básicamente un palo, más o menos recio, con un extremo puntiagudo de hierro y reforzado con el mismo material por el otro extremo. Aparentemente sería como una lanza corta, pero en este caso la contera es más pesada que en la lanza, ya que su función no era equilibrar, sino el duplicar el potencial ofensivo del arma: chuzo propiamente dicho por un extremo y garrote por el otro.  El chuzo, las más de las veces construido por su propietario,  tenía diversas aplicaciones. Servía como eficaz arma defensiva y ofensiva, como bastón en el camino y como arma contundente dado que como hemos comentado solía ser un asta gruesa y ferrada.
Era la única arma permitida a los judíos en el  medioevo, que en sus viajes estaban obligados a vestir hábitos grises y solo podían portar un chuzo para defenderse en el camino.
También empleado por pastores y cazadores hasta bien entrada la edad contemporánea, su último uso fue distintivo de los serenos, que con golpes de su contera metálica respondían a los vecinos cuando requerían sus servicios.

Para terminar, algunas variedades de lanza:
Álabe o flamígera: que tiene la moharra plana con los filos ondulados, como una llama.
Bordona: lanza ranurada y hueca que se usaba en los torneos.
Cortesana o Cortés: Para torneo,  tenía como punta un anillo de hierro
De armas: la lanza de guerra para caballería pesada. Compuesta de hierro o Moharra; Flecha, la parte que va aumentando de grosor desde la punta a las alas; las Alas, el engrosamiento de la madera que protegía la mano; empuñadura o Mano, por donde se asía; Pie, la parte de la lanza que pasaba bajo el brazo después de la empuñadura.
De hisopo: Muy larga con hierro afilado y agudo
De ristre: La que se sujetaba sobre el ristre. Servia para justas y la guerra cambiando los hierros.
La de torneo, con una estructura básica igual a la lanza de armas, se diferenciaba de esta por estar diseñada para romper al contacto directo.
Galante o Bota: sin punta. El hierro estaba provisto de tres o cuatro dientes gruesos para adherirse a la armadura y desarzonar al oponente.
Gineta o Jineta: Lanza ligera, de unos tres metros de largo, bien ferrada en punta y contera. Servía para estoquear a los hombres equipados a la ligera o jineta.
Vaquera: lanza con hierro corto de cuatro filos.





jueves, 25 de abril de 2013

La pólvora y las armas de fuego en la Edad Media


Es creencia común el pensar que fue Marco Polo quien, en su Libro de las Maravillas, escrito durante su cautiverio en Génova en 1298, hace por primera vez referencia a la pólvora, supuestamente inventada por los chinos.
No es verdad.
NI fue Marco Polo quien la mostró a Europa, ni –que se pueda demostrar- fueron los chinos quienes la utilizaron en la guerra.
La primera referencia fehaciente la escribió Roger Bacon en su obra “De secretis Operibus Artis et Naturae et de Nullitate Magie” mediado el siglo XIII, muy posiblemente transcrita de algún texto árabe. Cuando dice que:
Podemos, con salitre y otras sustancias, componer una luz artificial que se puede lanzar a grandes distancias… Utilizando solo una pequeña cantidad de esta luz,  mucho material se puede crear acompañado de un estrépito horrible, es posible que para destruir una ciudad o un ejército… Para producir esta luz artificial y el trueno es necesario tomar salitre, azufre y…. aquí escribe cinco palabras sin significado aparente para encubrir el polvo de carbón vegetal y sus proporciones.
Esto escrito entre 1240 y 1250, cuatro años antes de que naciera il milione, sobrenombre de Marco Polo entre sus conciudadanos del que se hizo acreedor gracias a sus exageraciones al hablar de sus riquezas, ganancias y descubrimientos.

Para descubrir un empleo práctico al polvo de luz hicieron falta casi cien años.
La primera referencia escrita al empleo de armas de fuego data de 1331, en el sitio de Orihuela. Más tarde, en 1340 en Tarifa y luego, con más detalle, en el sitio de Algeciras en 1342.
Sobre el uso de estos “truenos” empleados en Algeciras por los musulmanes sitiados dice la crónica de Alfonso XI:
…y también arrojaban muchas pellas de hierro que lanzaban con truenos que provocaban gran espanto entre los hombres y que, con simplemente tocar un miembro los arrancaban como si lo hubieran cortado con un cuchillo. Y cualquiera que fuera herido por ellas moría con total seguridad, sin que hubiera medicina ni cirugía que los pudiera salvar. En primer lugar porque llegaban incandescentes como si fueran de fuego y, además, porque los polvos con que las lanzaban eran de tal naturaleza que cualquier herido que hiciera era hombre muerto. Además venían con tal velocidad que atravesaban de lado a lado a un hombre con todas sus armas y corazas.  


De estos truenos nos habla, cien años más tarde, nuestro cronista en múltiples citas de sus bienandanzas. Como ejemplo baste un botón:
En el año del Señor de mil cuatrocientos veinticuatro, habiendo guerra entre Castilla y Navarra y siendo capitán de la frontera Diego Pérez Sarmiento, estaba Sancho de Gurendez con veinticinco hombres del linaje de Salazar en la frontera de conflicto cuando les atacaron los navarros. Se refugiaron en una iglesia cercana y se defendieron con un trueno del ataque. La mala fortuna –o la pólvora empleada- quiso que el trueno reventara por los sellos y prendiera el fuego en una caja de pólvora que tenían abierta. Tomó fuego la pólvora y con ella la iglesia entera ardiendo dentro de ella aquél Sancho de Guruendes, sus veinticinco hombres y cinco mozos que les acompañaban, que no escapó ninguno.

Son muy habituales en las crónicas los accidentes con la pólvora. Esto tiene una explicación muy sencilla. Nada había escrito y su empleo se basaba exclusivamente en la prueba y error. Además hemos de comprender el comportamiento de cada uno de sus componentes básicos. Carbón vegetal, salitre y azufre.
En esta mezcla, el salitre aumenta la potencia, el carbón acelera la combustión y el azufre incrementa la inflamabilidad de la mezcla.

En la España del siglo XVII, las proporciones de la pólvora de uso militar, ya estudiada con ánimo científico, fueron determinadas en un 70% de salitre, 16% de azufre y 14% de carbón. Consiguiendo la máxima eficacia del disparo a la vez que se reducía al mínimo el peligro de combustión accidental.
Como la pólvora medieval  era un 50% salitre, 25% carbón vegetal, 25% azufre, resulta una mezcla de poca potencia, que generaba mucho humo y altamente inflamable, lo que explica los abundantes accidentes que su elaboración y manipulación solían acarrear.

martes, 26 de marzo de 2013

Grotescos caballeros y sórdidas venganzas


Cuando imaginamos los enfrentamientos entre los caballeros medievales todos tendemos a imaginarnos escenas épicas de caballeros de punta en blanco entrecruzando sus bruñidos aceros en feraces campiñas bajo un cielo prístino de verano.

La realidad, como en tantas otras facetas de la vida, era normalmente mucho más sórdida, cuando no grotesca.
Un ejemplo poco glorioso de la muerte de un afamado caballero puede ser la narración que don Lope García de Salazar nos hace sobre  Cómo Diego Furtado, fijo de don Lope González de Mendoça, que llamaron Mantoluçea, mató a don Ínigo de Guebara, que avía muerto a don Lope González, su padre.

El caso es que siendo joven Iñigo de Guevara, asaltó la torre de los Mendoza y dio muerte a cuantos miembros de la familia encontró en ella, salvo a los criados y al Diego niño que pudo escapar escondido bajo las sayas de su niñera, que lo hurtó así de la furia asesina de los enemigos de su linaje. 
Por este hecho le llamaron al joven Diego “el hurtado”, porque lo habían hurtado de las garras de quienes tan mal le querían y así tomó este sobrenombre y quedó para su linaje el apellido de Hurtado.

Cuando este Diego Hurtadose hizo mozo resolvió vengar la muerte de su padre. De manera que juntó a toda su gente de armas y comenzó a buscar la mejor manera de devolver al de Guevara  el mal que le había hecho. 
Pero este Guevara, sabedor de que su persona no gozaba de muchas simpatías por la zona, era hombre precavido y cambiaba todas las noches de casa. Así que para poder localizarle el joven Diego sobornó a uno de los hombres del de Guevara que les indicó donde pensaba cenar su señor aquél día. Pero este, cauto donde los hubiera, jamás dormía donde había cenado, de manera que acordaron el traidor y el Hurtado que dejaría un rastro de granos de trigo hasta la casa donde fuera a dormir aquella noche.
Así se hizo y pudo Diego, en una noche clara de luna, rodear la casa donde dormía el felón. Una vez seguro de que no podría escapar a su cerco, atacaron con hachas y almádenas las puertas de la casa. 
Ante semejante escándalo se despertó el de Guevara. Entendiendo que atacaban su casa, tomó sus armas y preguntó a grandes voces:

- ¿Quién pretende entrar a mi casa?

Sobre el estrépito de sus hombres atacando los portones le contestó Diego:

- Soy yo, don Diego Hurtado, el hijo de aquél a quien asesinaste y, para su escarnio, llevaste su braguero a vender al mercado de Vitoria. Estoy aquí dispuesto a vengarle y a llevar tu cabeza al mismo mercado donde tú llevaste el braguero de mi padre.

Don Iñigo, caballero hidalgo al fin y al cabo, le contestó:

- Tienes razón. Yo le corté la cabeza a tu padre y tienes razones para tratar de cortarme a mí la mía, si es que puedes. Pero no trabajes tanto en romper las puertas, ya salgo a encontrarme contigo afuera, que no soy yo hombre de morir encerrado.

Dicho y hecho. Confiado en la palabra del de Guevara, Diego ordenó a sus hombres que dejaran de aporrear la puerta y esperó a que saliera su enemigo. Entretanto, Iñigo de Guevara se había armado de punta en blanco y montado en su caballo de batalla dispuesto a realizar la más brutal carga que jamás se hubiera realizado contra quienes le sitiaban. Dió orden a sus hombres para que abrieran las puertas de par en par y espoleó furioso a su bridón. Al ataque de las espuelas, el animal arrancó con furia hacia su objetivo y don Iñigo  aferró la lanza esperando el impacto contra los de Hurtado.

Fue una lástima el que, al cambiar tan a menudo de casa, don Iñigo de Guevara no tuviera conciencia plena de las dimensiones de cada una de sus propiedades y no se hubiera percatado de que el dintel de la puerta era un poquito más bajo que la cresta de su morrión. 
Impulsado por la furia de su montura, golpeó el umbral de la entrada con la cabeza y murió en el acto sin llegar siquiera a salir de la casa. De hecho, quedó con medio cuerpo fuera y medio dentro, mientras don Diego Hurtado le cortaba la cabeza que luego exhibió -tal y como había jurado- en el mercado de Vitoria, en el mismo lugar donde años antes don Iñigo había expuesto el braguero de su padre.

jueves, 7 de febrero de 2013

La Casa Torre


Ya hemos comentado con anterioridad que el apellido, las más de las veces, está ligado a la casa origen del linaje. Es la casa la que da nombre al señor que la construye y a sus hijos. Origen y consumación de sus moradores, es la más completa imagen y  representación del banderizo.
Todas las que vemos hoy han sufrido infinidad de modificaciones que han desvirtuado por completo su esencia, la mayor y más conocida de ellas el desmochado que sufrieron durante el reinado del rey Fernando, que les arrancó por completo todo el adarve, almenas y cadalsos defensivos.

Casa Torre de Aranguren
Una casa torre típica se encontraba en muchas ocasiones rodeada por un murete, más o menos alto, que sirviera de primera defensa contra un posible atacante. En su centro se levantaría la casa sobre una primera planta de gruesos muros erigidos en mampuesto, calicanto o sillarejo, y en algunos casos con los ángulos reforzados con piedras labradas de sillería (solo los más ricos de entre ellos podrían disfrutar de una torre alzada totalmente en sillería). Sobre el primer piso, a ras de tierra y de amplio portal, se alzaba el segundo piso, destinado a cocina, dormitorios del servicio de confianza y comedor comunal. Sobre este el piso más importante de la casa, el piso principal, donde dormía el señor se tomaban las decisiones, formalizaban negocios y hacía su vida el cabeza de familia. 

(Aquí un inciso curioso. Aún en muchos edificios del siglo pasado se mantiene esta nomenclatura para los pisos: A ras de suelo, los bajos o locales comerciales, sobre estos el entresuelo y, en lo que hoy llamaríamos el segundo piso, podemos encontrar el Principal).

Por encima de esta planta noble aún podría alzarse algún piso más destinado a servidumbre y familia, sobre los que se encontraría la buhardilla, que servía de almacén y despensa, coronada por el adarve defensivo propio de todo castillo, almenas y matacanes. 
La torre disponía de dos entradas. Una, amplia, se abría en la primera planta para dar acceso a las caballerizas, cuadras y habitaciones de los criados encargados de su mantenimiento. Desde esta planta baja no existía acceso posible al resto de la casa. Para acceder al resto de estancias había que subir hasta el primer piso a través de un patín o escalera exterior que alcanzaba una puerta angosta de entrada al interior. Este patín se protegía con cadalso y troneras a través de los cuales poder hostigar a quien pretendiera visitar la casa sin ser invitado. El cercado, cuya puerta nunca se encontraba alineada con la de la casa, balcones con ladroneras y aspilleras bien repartidas por los muros habían de demostrar a los intrusos que pretendieran acceder a ella con malas intenciones que no eran bien recibidos.
Pero una torre no solo es torre porque alberga al señor, sino que lo es porque defiende a sus gentes. 
Las torres se alzaban en puntos sensibles o vulnerables del patrimonio. Podemos encontrarlas junto a puentes, molinos o ferrerías y junto a ellas es habitual el levantar, casa llana –la que no tiene elemento defensivo y solo sirve como residencia y lugar de trabajo, lo que hoy, en estas tierras, llamamos caserío-  la herrería, almacenes, cuadras y porquerizas, las casas de los criados comunes demás construcciones civiles. 
La casa torre resultaba así la principal fuerza defensiva de las propiedades del banderizo y el eje militar, económico y geográfico sobre el que se estructuraba el apellido y su descendencia.

lunes, 21 de enero de 2013

Las calzas medievales


Las calzas fueron una de las prendas de vestir más características de la edad media, y quizás una de las que menos nos hemos detenido a pensar.
Las vemos en las representaciones de la época como unos pantalones ceñidos que vestían los hombres de la época, pero no nos hemos parado a pensar que en aquellos años no existía la lycra ni las mallas de ballet.
Pensemos un poco entonces en lo que debía ser embutirse en unos pantalones no elásticos y que una vez puestos tenían que adaptarse perfectamente a las piernas de su propietario. Para más dificultad, podemos leer las ordenanzas de calceteros (los sastres especializados en confeccionar las calzas) de Córdoba y Sevilla que estas prendas se realizaban con estameña, lienzo naval (tela media de algodón o lino), paño o cordellaje, forrado y reforzado con cañamazo o paño. Podían incluso decorarse con hilo de oro o plata. Esto nos puede dar una idea de la resistencia y rigidez de las calzas así confeccionadas.
Llevados por el snobismo, se llegaron a confeccionar calzas que incluían el calzado, las calzas de soleta, de las que podemos imaginar el suplicio que habría de ser el embutirse en ellas si querían que quedara bien ceñido.
Los ricos y nobles confeccionaban sus calzas con paño florentino o estameña teñida de rojo. Nunca se empleaba la seda para confeccionar calzas, debido a que este tejido no es en absoluto elástico, lo que imposibilitaba su empleo en prendas que debía quedar adheridas a las piernas. Los pajes y criados de rango se compraban las prendas confeccionadas con grana de Londres, que era un paño fino muy apreciado en la época, el resto, la gente común, se las hacía de cordellate, un tejido basto de lana con trama de cordoncillo.
Hasta tal punto se mantenían estas normas en el vestir, que nuestro cronista preferido cuenta en una de sus anécdotas:

Que estando los de Velasco en Villatomín y los suyos (los de Salazar) en la Cerca, vió Lope García a Ferran Pérez de Ayala y a Sancho Martinez de Leiba, dos tipos a los que tenía ganas desde hacía ya tiempo. Se las arregló Lope para que entre algunos de sus hijos, ayudados por un buen criado, Regexe de Gamboa, trabaran pelea con los citados. Hubieron de caer muchos muertos y heridos antes de que los Velasco se dieran por vencidos y se replegaran a la villa de Medina.
 1440. Del libro de las Horas
de Catalina de Cleves
Tomaron preso los de Salazar a Ferran Pérez,  pero se les escapaba Ferránd Sánchez de Velasco, de manera que Lope de Valpuesta, hijo bastardo del de Salazar, montado en su caballo Palomo, cabalgó tras él hasta alcanzarle, cruzaron sus lanzas y consiguió derribar al de Velasco. Viendo el lance uno de los escuderos de Velasco llamado Perejón de Lezama,  cuando el de Salazar se disponía a travesar al de Velasco, le lanzó semejante pedrada que dando en la cabeza al caballo blanco de Valpuesta, le hizo hincar las rodillas en tierra. Aprovechando el momento, montó al de Velasco en su propio caballo y le permitió ponerse a salvo a costa de su propia vida. Porque se recuperó el buen Palomo del golpe y montando de nuevo en él el de Salazar cargó contra Perejón y le arrancó la vida de un lanzazo.
Luego, de nuevo caballo y caballero recuperados del golpe, corrieron tras el de Velasco que se alejaba. 
Le tenía ganas el de Salazar al de Velasco por que sabía que un judío de Medina le había ofrecido mil reales de plata si le entregara su caballo Palomo, pero cuando llegó montado en él a las puertas de la villa nadie se atrevió a intentar arrebatárselo.
Escapó el de Velasco, pero dejó en el campo su estandarte y las sobrevestas de su bridón. Murieron allí Perejón y muchos otros más de su linaje y muchos más aún hubieran muerto si no fuera porque Lope García dijo a sus hombres y criados que solo mataran a los que vestían calzas bermejas,  que eran hidalgos, que los otros eran hombres comunes de la zona sin ninguna importancia.

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476
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Bilbao en el siglo XV

Bilbao en el siglo XV
Así se supone que podía ser Bilbao a finales de la Edad Media

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)
La casa, origen del linaje, razón de ser de los bandos

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416
Armas de lujo para los privilegiados de la tierra

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