Cantigas de Cruz y Luna.

Cervera del río Alhama, una pequeña villa castellana donde cristianos, judíos y musulmanes conviven en secular armonía, envía sus mejores gentes a la campaña de las Navas de Tolosa. Les acompaña la dulce Zahara, arrastrada contra su voluntad a una aventura donde, para sobrevivir, habrá de ser más fuerte que los más intrépidos cruzados.

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La novela

La novela
Una historia de aventuras en Cervera del río Alhama, una perspectiva nunca vista de las Navas de Tolosa

lunes, 17 de junio de 2013

El origen del Linaje (y III) La gens romana, la familia y sus clientes

Ya hemos determinado anteriormente que el linaje era la agrupación de familias descendientes de un antepasado común. A estos individuos unidos por lazos familiares se les añadían los que entonces llamaban parientes, aunque no tenían porque tener vínculos de sangre entre sí, eran los encartados, criados, contratados, siervos, collazos y esclavos que trabajaban para la familia original y constituían todos juntos un linaje que llevaba el nombre de aquél primer antepasado. Estos linajes se unían entre sí por lazos de sangre o intereses comunes y formaban una superestructura a la que dieron en llamar bando.

Esto que a día de hoy nos puede parecer algo extraordinario y privativo de nuestros banderizos, algo que podría distinguir a nuestros antepasados del resto de la humanidad, resultaba simplemente el medio más eficaz para sobrevivir y medrar en una sociedad desestructurada como era la europea en la alta edad media, un medio que había probado su eficacia desde siglos atrás. Sus gentes, a la caída del imperio romano, sin un estado fuerte que organizara territorio e hiciera evolucionar su sociedad, se mantuvieron en las estructuras básicas romanas, aquellas vigentes en este territorio antes del crac social que supuso la llegada de las tribus bárbaras del norte.
Porque, nos guste o no, fue precisamente allí, en la península vecina, donde  se cimentaron las bases estructurales de la sociedad medieval peninsular, ordenadas sus gentes, atribuciones y fuerzas desde siglos atrás en linajes y bandos.
Aunque ellos los llamaron familia y gens.
La gens era la estructura social original de los romanos antes de que naciera un estado fuerte que aglutinara y protegiera a su población, en un período donde los individuos debían sobrevivir por sus propias fuerzas, sin una superestructura administrativa que les amparara. La formaban todos los descendientes de un mismo antepasado, propietario de tierras, que se distinguían por su cognomen o apellido. Estos a su vez componen familias diferenciadas, que se integran en la macroestructura de su gens aportando sus gentes, clientes y posesiones, tierras, bienes y esclavos. Los romanos llamaban clientes a aquellos hombres libres que aceptaban la protección de un ilustre -o noble- situado en una posición más alta en la escala socieconómica. Al ser aceptado como cliente, entraba a formar parte de de la familia de su patrón y aceptaba la autoridad del paterfamilias o superior de la gens a la que pertenecía su patrón. Esta disposición social permitía a los individuos con pocos recursos, formando parte de un grupo mucho más poderoso como era la gens, sobrevivir y crecer a salvo de sus vecinos hostiles más fuertes.
La forma de entrar a una gens podía ser el nacer dentro de su seno o ser aceptado como cliente por quienes ya formaban parte de ella.
Finalmente, la gens romana pierde su importancia vital ante la llegada de una estructura social superior como es el estado. Con el nacimiento de la república y luego con el imperio, la gens se incrusta en el nuevo orden social tratando de mantener sus recursos y poder, para ello se enfrenta a las otras gens por hacerse con los resortes económicos y políticos de la nueva sociedad hasta hacerse tan poderosas que llegan a hacer peligrar el estatus del propio ponen en peligro al propio monarca. Pero finalmente, este sistema básico de estructuración de la sociedad agraria prácticamente desaparece y se diluye en la nueva ordenación social más homogénea y eficaz.
La única diferencia real entre nuestro Pariente Mayor y aquél Paterfamilias, más allá de la propia nomenclatura, es el componente religioso que el romano incorporaba. Independientemente de cómo los nombremos, es evidente que los bandos, exponente último de los linajes y razón de ser de los banderizos, formaron parte del juego político romano y ambas perdieron su pujanza frente al poder absoluto de los nuevos monarcas.

Porque si cambiamos las palabras gens por bando, familia por linaje, ilustre por hidalgo, cliente por pariente y paterfamilias por pariente mayor ¿encontraríamos alguna otra diferencia sustancial entre una estructura social y otra?


lunes, 10 de junio de 2013

El origen del linaje (II) linajes y bandos

Como decíamos en el anterior artículo sobre el nacimiento de los linajes, en los primeros años, unas pocas familias, más poderosas que sus vecinos que disponían de la fuerza militar suficiente como para poder mantener por sí mismas sus haciendas, y generalmente con privilegios reales, comienzan a ceder a sus descendientes -mediante el mayorazgo- cada vez mayores extensiones de tierras junto a los collazos, labradores y esclavos que las habitaban. Para evitar que esta potencia económica y militar se disgregue y mantener cohesionada la herencia comienzan a formarse alianzas entre los descendientes de esta familias y dan forma así a los primeros linajes, los iniciales, que aglutinarán en torno a si a todos los demás que vayan surgiendo.
Porque a principios del siglo XIII vemos aparecer otros linajes nuevos que no descienden directamente de los nobles o sus tenentes. Son bastardos de los poderosos que cuentan con la parte de herencia que les adjudica su progenitor  u otros hombres libres, propietarios campesinos, que adquieren la fuerza suficiente como para mantener el nuevo estatus alcanzado, resguardarlo de sus vecinos y dejarlo en herencia a sus descendientes.
Así, surge un nuevo linaje cada vez que un individuo se nuestra capaz de defender de manera efectiva  sus propiedades, trasmitirlas indemnes a sus descendientes e identificar el conjunto de tierras y propiedades con su nombre, generalmente el toponímico del lugar donde levanta su primera casa (Basurto, Zabala, Oñate…) aunque otras muchas veces empleen el sobrenombre por el que se les conocía (Borte, Marroquín, Hurtado...). Una vez asentado este nuevo linaje, comienza a reunir a su alrededor a parientes cada vez más lejanos y más dependientes económicos, además de empleados a sueldo, sean artesanos, menestrales u hombres de armas, lo mismo da, todos juntos formarán la nueva parentela que le permitirá a este nuevo hidalgo fazer torre e solar.
Porque con este nuevo poder en sus manos, el nuevo jauna necesita un lugar seguro desde donde dirigir sus posesiones. Allí donde comenzó su carrera como hidalgo levantará la casa fuerte del apellido, la torre que constituye el corazón del linaje y epicentro de su solar. Un lugar que física y espiritualmente dará consistencia y permitirá perpetuarse en el tiempo a la nueva familia.
Ejemplo arquetípico del hombre común fundador de un poderoso linaje son los poderosos Zurbaran, originarios de unas caserías que son cerca de Bilbao, que eran pecheros del señor. De allí poblaron Bilbao e ganaron como mercaderes e multiplicaron e ganaron hacienda e ficieron linaje mucho poderoso.
Cuando estos nuevos linajes adquirían la suficiente importancia y conseguían perdurar en el tiempo, el señor aceptaba de hecho su nueva condición de hidalgo a cambio de ciertos derechos económicos, como diezmos, caloñas, derechos de paso, vasallaje y servicio militar Una vez podríamos decir que institucionalizados, se vinculaban de forma natural con otros nuevos linajes vecinos mediante cartas. Así surgen de manera natural los bandos.
Ya asentados, y simultáneamente a su crecimiento, estos linajes emergentes reestablecen sus relaciones con las comunidades de las aldeas y adquieren derechos eclesiásticos levantando ermitas que les conceden un ascendiente natural sobre el resto de la población vecina muy similar al existente entre los hombres libres y los señores.
Con el transcurso de tiempo también los nuevos apellidos crean nuevos linajes secundarios al casar a sus hijos e hijas -bastardos o legítimos- con labradores ricos, que aportaban más propiedades y fuerzas al linaje reciente.
En este marco socio económico estalla la crisis bajo medieval que fuerza a los linajes a competir por unos bienes cada vez más escasos. Los bandos formados por los diferentes linajes sirven en este contexto para defenderse de los vecinos más poderosos y contener sus pretensiones.
Simultáneamente aparecen las villas como defensa de las aldeas frente a la violencia que impera en la tierra llana por las luchas entre los diferentes linajes por hacerse con los recursos económicos cada vez más escasos y acogen entre sus murallas a los más expertos artesanos y técnicos concentrando tras sus murallas las nuevas ciencias y tecnologías, mientras se multiplican los nuevos linajes que merman el poder de los todopoderosos primeros señores y complican hasta el extremo la composición de los bandos.

Pero esta falta generalizada de recursos económicos, no solo exacerba la violencia de las luchas de  bandos, también obliga a los nuevos hidalgos a diversificar sus fuentes de ingresos. Así se esfuerzan  en penetrar en la administración pública de las villas para participar como alcaldes y prebostes y poder beneficiarse de sus mercados y talleres, asumen patronazgos de iglesias y conventos recibiendo parte de los beneficios que estos atraen, impulsan  la construcción naval y participan como constructores y armadores en el desarrollo de la marina mercante, explotan la riqueza mineral de la tierra monopolizando la extracción de hierro y encuentran en el comercio una nueva forma de incrementar su riqueza que, de manera tangencial les pone en contacto con otras culturas, aumenta sus conocimientos y enriquece en tal modo su sociedad hasta entonces rural que, de una manera natural, permite el arribo del vecino renacimiento.

Para ilustrar el nacimiento de un nuevo linaje y su inclusión en el bando respectivo, transcribo las palabras de Lope García de Salazar sobre el linaje de los Valda:
Dice de este linaje -el más poderoso tras los Olaso del bando Gamboíno- que tiene su origen en un tal Ochoa López originario de las tierras de Valda, vecinas a la villa de Azcoitia. Su nieto primogénito, Ladrón de Valda, al que le correspondía el mayorazgo, murió sin descendencia pero su hermano menor tenía una hija que heredó todos los bienes de la familia y esposó con el doctor de Ondarroa, hombre muy rico poderoso. Este doctor compró Santa María de Valda a un privado del rey don Enrique  y casó a su hijo con la hija de Martín Ruiz de Ganboa. 
A la muerte de su padre el doctor, este hijo quedó heredero de aquél lugar de Valda.
Tierra, casa, monasterio y buenos parientes. Ya tenemos un nuevo linaje asentado y con garantía de pervivencia. 

lunes, 3 de junio de 2013

La lanza (II) una pequeña anécdota con la lanza como protagonista

Me comentan sobre la falta, en el anterior post sobre la lanza, de alguna anécdota ilustrativa del uso y empleo de esta arma, de largo la más empleada en la edad media.
Como no me gusta desairar a los aficionados a este período histórico, paso a relatar una anécdota narrada por Lope García de Salazar y ocurrida en tiempos del rey Alfonso VIII de Castilla.

Escribe nuestro cronista que, acuciado Alfonso por los enormes gastos que las guerras con los reinos vecinos le ocasionaban, decidió crear un nuevo impuesto de ocho maravedís para gravar a los hidalgos de su reino "E d'estos maravedís era moneda gruesa, que valía la dobla castellana siete maravedís"

El caso es que el buen rey pidió consejo a su  alférez Diego López de Haro, el fundador de la villa de Bilbao. Cuando le expuso sus pretensiones, don Diego comentó a su monarca:
   -Señor, los fijosdalgo malos son para pecheros.
  Pero el rey, espoleado por la necesidad, no prestó oídos a su consejero y tanto le apremió que este finalmente le contestó:
      -Señor, como quier que sea, pues vos tanto lo queredes e avedes menester, yo pagaré los ocho primeros.
   Satisfecho de su gestión, el rey convocó a cortes a todos sus nobles en  Burgos y, una vez todos reunidos, les expuso sus exigencias.
Cuando el rey terminó de hablar, don Diego se levantó y colocó frente al monarca sus ocho maravedís, pero su acción no consiguió el efecto que Alfonso esperaba. En lugar de imitar al de Haro, se alzó don Nuño de Lara para decir:
     -Señor, donde yo vengo los cavalleros e fijosdalgo nunca fueron pecheros.
   Y, alzándose, invitó a cuantos de los allí presentes les disgustara el pagar los impuestos que el rey pretendía a que le siguieran. A su requerimiento se alzaron todos los caballeros, salvo el dicho López de Haro y otros cuatro que quedaron en compañía del rey. 
Todos los demás marcharon al palacio de el de Lara y una vez reunidos se equiparon con todas sus armas para volver al campo de Santa María de Gamonal. 
Allí dispuestos los tres mil hombres de a caballo sobre el campo, enviaron a dos de ellos a decir a su señor natural que estaban dispuestos a pagar los ocho maravedís que les quería cobrar de pecho, tal y como los habían pagado hasta entonces sus antepasados. 
Que los tenían cada uno de ellos en una bolsa colgada en la punta de su lanza y que solo tenía que mandar a alguien a recoger el pecho que pretendía cobrarles, pero que les hiciera el favor de no ir él en persona  porque lo "querían guardar como a su rey e soverano señor".
Sobra decir que el buen rey decidió eximirles del nuevo impuesto, echó las culpas de la ocurrencia a su consejero  "E mandólos venir a su palaçio e dioles previllejos de livertad e desterró a don Diego López e quitóle la tierra".

Pero claro, estas son cosas que solo podrían suceder en el medioevo. 
A ningún gobernante actual se le ocurriría gravar con nuevos impuestos a sus gobernados para que pagaran ellos sus decisiones equivocadas y echar luego la culpa a sus consejeros y a los reinos vecinos si su política no daba el resultado que él esperaba.


viernes, 17 de mayo de 2013

El origen del Linaje (I) señores y tenentes.


En la primitiva sociedad feudal no importaba si quien trabajaba la tierra y allí vivía era hombre libre o no, si había nacido en esa tierra o si, capturado en la última razzia, lo habían colocado allí para que la trabajara. El señor de aquellas tierras, rey, iglesia o noble, había de recibir sus impuestos, controlar la paz y hacer cumplir la ley.

(No nos escandalicemos por esto que es algo no muy diferente de lo que ahora ocurre. Hoy en día, más de mil años después, todos debemos pagar, no diezmos -una parte de cada 10 de lo que se produzca- sino 2’1 partes de cada 10 de todo aquello que producimos, es el dichoso I.V.A., un 21%)

Bueno, los encargados de velar por el bien público, proteger las tierras y a quienes las habitaban, mantener la paz, hacer cumplir las leyes, recaudar los impuestos, sancionar las faltas, poner multas y cobrar o embargar a quien no las pagara (siento como un deja-vu extraño) eran los señores o sus tenentes. Estos tenentes eran administradores -que no propietarios- y ejercían los poderes públicos en nombre del señor, que podía ser el rey o un noble, el dueño del territorio.
En pago a sus servicios, estos tenentes recibían ciertas rentas por parte del propietario, a más de cobrar las multas por las faltas y las indemnizaciones o embargos.

(Como dato curioso, que por estos lares tendemos a considerar a los eunucos como seres exclusivos de los países árabes: comentar que hacia el 1040 era tenente en la cuenca del Agüera, en la actual Cantabria, entonces tierras del reino de Navarra, un esclavo eunuco llamado García Cíclave).

El caso es que tanto los señores como los tenentes vivían y se enriquecían con estos ingresos, por lo que les resultaba fácil excederse en la aplicación de multas y confiscaciones, es decir, cometían malos actos, hacían mal, o como se decía entonces: mal facían, eran mal fechores. Y es que la palabra malhechor deriva directamente de esta expresión aplicada por el pueblo a aquellos señores y caballeros que no cumplían con sus deberes para con la plebe y se enriquecían de manera impropia a costa de los bienes comunes (huy, otro deja-vu).
En fin, volvamos al origen primero de los linajes.
El la tenencia vivían esclavos, pecheros (los que estaban obligados a pagar impuestos o pechos al señor) collazos (labriegos que no podían abandonar la tierra que trabajaban) campesinos libres que cultivaban sus propias tierras y censuarios que eran lo artesanos (menestrales), villanos (los que vivían en las villas), comerciantes y demás omes comunes. Todos ellos vivían en tierras propiedad del señor o cedidas por el rey a este, eran pues sus vasallos que, a cambio de protección y parte del usufructo de la tierra pagaban sus impuestos al señor en metálico, en especies y realizando ciertos trabajos en la casa del señor o en sus tierras.
Entre los habitantes de la tenencia también existían comunidades aldeanas libres –de la tierra llana- y hombres libres, propietarios de sus tierras e inmunes jurídicamente a la autoridad de los tenentes, eran los hidalgos.
Estas comunidades y los hidalgos pactaban con el señor mediante cartas o acuerdos, por eso se llamaban encartados y a estas zonas Encartaciones. En estos acuerdos se comprometían a prestar servicio militar en las filas del señor y a entregarle una parte pactada de sus excedentes (cosechas, caza, madera, etc), a cambio habían de recibir de este protección militar y jurídica frente a quienes les agredieran y evitar así a los malfechores y sus mal fehechorías,
Estos hidalgos eran “franqueados, libre e quitos de todos los pedidos e serviçios e monedas e alcabalas e demás tributos cuales quiera”, y mediante estas cartas o encomiendas, se integraban en lo que entonces se llamaba familia del señor, y se les conocía como parientes de este, lo que en la Roma clásica se conocía como clientes.
Son estos hidalgos quienes estructuran, allá por 1200, la sociedad medieval en linajes. 
Podríamos decir que un linaje es la línea sucesoria de una familia, que no tienen porque ser sus primogénitos,  ya que Lope García de Salazar nos ofrece múltiples casos de mujeres o hijos bastardos que forman o dan sucesión a un linaje. Aquí se incluyen todos los descendientes directos de este antepasado común origen del linaje, tanto por línea paterna como materna a los que se añaden los parientes de los que hemos hablado unas líneas antes. Entonces, los descendientes, sus encomendados, los vasallos, aquellos que dependen económicamente de la familia, sus esclavos y empleados a sueldo, todos unidos y cada uno en sus posibilidades y actividades, forman el origen y definen la estructura del linaje que es dirigido por la persona que ostenta el mayorazgo del la familia, el pariente mayor del apellido.

Como esto se va alargando, de cómo se crean y acaban adquiriendo su forma definitiva los linajes, hablaremos en el siguiente artículo.

viernes, 10 de mayo de 2013

La lanza, un arma que no se lanza.


Punta de lanza.
Del inventario del
Lázaro Galdiano
Una lanza es, en esencia, un palo largo armado con una punta de hierro. Se diferencia de otras armas de asta, como alabardas o archas, en que su función era siempre y exclusivamente el herir en estocada, como arma punzante.

Pero dentro de esta definición entran tres tipos armas perfectamente diferenciados y con un manejo y función también diferentes.
En primer lugar la lanza que -paradójicamente- es la única de estas tres armas que no se puede lanzar y solo se puede utilizar a modo de estoque.
Se trata de una vara de fresno, roble o maderas similares, de grano fino y resistente, con una medida muy variable, pero siempre más larga que quien la maneja, de entre 2’5 a 3’5 metros las de mano y jinetas a 4 o 4'50 las de caballería pesada y que podía crecer hasta los 6 metros de las picas.
En el extremo ofensivo se mostraba armada de una punta, hoja o moharra, de muy diferentes formas y tamaños, de dos, tres o cuatro filos, cortante o cónica, de una o hasta cinco puntas, en incluso roma como las lanzas galantes. La moharra se encajaba sólidamente en la madera, prolongándose el hierro  muchas veces para reforzar el extremo de la lanza más expuesto a los golpes del enemigo.  En su otro extremo se encontraba el regatón o contera. Un refuerzo metálico que cumplía una doble función: por una parte permitía apuntalar ese extremo en la tierra sin que se dañara, aumentando así la duración del arma y ,además, y más importante, equilibraba el peso del arma para que a quien la empuñara le resultara más cómodo el manejo y alcanzara mayor precisión en al herir.

Diferentes puntas de dardos
En segundo lugar nos encontramos con las astas arrojadizas, o dardos. Más cortas y ligeras que la lanza, que se arrojaban directamente o ayudados por una correa (amiento).  A este arma se les dieron muchos nombres en función de su uso venatorio o militar, de las zonas donde se emplearan o la longitud de su asta. Podían ser angus, azconas, dardos, azagayas, jabalinas, venablos, etc.
La punta de todas ellas era normalmente más pequeña, fina y de cabeza estrecha, con el objeto de hacer facilitar la penetración, y podían o no estar dotadas de arpones para complicar su extracción cuando hacían blanco (tanto en el cuerpo del contrario como en su escudo, que podía inutilizar)

Punta de chuzo
del siglo XVI
El tercer grupo de estas armas de asta con punta simple claramente diferenciada del resto sería el chuzo. Básicamente un palo, más o menos recio, con un extremo puntiagudo de hierro y reforzado con el mismo material por el otro extremo. Aparentemente sería como una lanza corta, pero en este caso la contera es más pesada que en la lanza, ya que su función no era equilibrar, sino el duplicar el potencial ofensivo del arma: chuzo propiamente dicho por un extremo y garrote por el otro.  El chuzo, las más de las veces construido por su propietario,  tenía diversas aplicaciones. Servía como eficaz arma defensiva y ofensiva, como bastón en el camino y como arma contundente dado que como hemos comentado solía ser un asta gruesa y ferrada.
Era la única arma permitida a los judíos en el  medioevo, que en sus viajes estaban obligados a vestir hábitos grises y solo podían portar un chuzo para defenderse en el camino.
También empleado por pastores y cazadores hasta bien entrada la edad contemporánea, su último uso fue distintivo de los serenos, que con golpes de su contera metálica respondían a los vecinos cuando requerían sus servicios.

Para terminar, algunas variedades de lanza:
Álabe o flamígera: que tiene la moharra plana con los filos ondulados, como una llama.
Bordona: lanza ranurada y hueca que se usaba en los torneos.
Cortesana o Cortés: Para torneo,  tenía como punta un anillo de hierro
De armas: la lanza de guerra para caballería pesada. Compuesta de hierro o Moharra; Flecha, la parte que va aumentando de grosor desde la punta a las alas; las Alas, el engrosamiento de la madera que protegía la mano; empuñadura o Mano, por donde se asía; Pie, la parte de la lanza que pasaba bajo el brazo después de la empuñadura.
De hisopo: Muy larga con hierro afilado y agudo
De ristre: La que se sujetaba sobre el ristre. Servia para justas y la guerra cambiando los hierros.
La de torneo, con una estructura básica igual a la lanza de armas, se diferenciaba de esta por estar diseñada para romper al contacto directo.
Galante o Bota: sin punta. El hierro estaba provisto de tres o cuatro dientes gruesos para adherirse a la armadura y desarzonar al oponente.
Gineta o Jineta: Lanza ligera, de unos tres metros de largo, bien ferrada en punta y contera. Servía para estoquear a los hombres equipados a la ligera o jineta.
Vaquera: lanza con hierro corto de cuatro filos.





jueves, 25 de abril de 2013

La pólvora y las armas de fuego en la Edad Media


Es creencia común el pensar que fue Marco Polo quien, en su Libro de las Maravillas, escrito durante su cautiverio en Génova en 1298, hace por primera vez referencia a la pólvora, supuestamente inventada por los chinos.
No es verdad.
NI fue Marco Polo quien la mostró a Europa, ni –que se pueda demostrar- fueron los chinos quienes la utilizaron en la guerra.
La primera referencia fehaciente la escribió Roger Bacon en su obra “De secretis Operibus Artis et Naturae et de Nullitate Magie” mediado el siglo XIII, muy posiblemente transcrita de algún texto árabe. Cuando dice que:
Podemos, con salitre y otras sustancias, componer una luz artificial que se puede lanzar a grandes distancias… Utilizando solo una pequeña cantidad de esta luz,  mucho material se puede crear acompañado de un estrépito horrible, es posible que para destruir una ciudad o un ejército… Para producir esta luz artificial y el trueno es necesario tomar salitre, azufre y…. aquí escribe cinco palabras sin significado aparente para encubrir el polvo de carbón vegetal y sus proporciones.
Esto escrito entre 1240 y 1250, cuatro años antes de que naciera il milione, sobrenombre de Marco Polo entre sus conciudadanos del que se hizo acreedor gracias a sus exageraciones al hablar de sus riquezas, ganancias y descubrimientos.

Para descubrir un empleo práctico al polvo de luz hicieron falta casi cien años.
La primera referencia escrita al empleo de armas de fuego data de 1331, en el sitio de Orihuela. Más tarde, en 1340 en Tarifa y luego, con más detalle, en el sitio de Algeciras en 1342.
Sobre el uso de estos “truenos” empleados en Algeciras por los musulmanes sitiados dice la crónica de Alfonso XI:
…y también arrojaban muchas pellas de hierro que lanzaban con truenos que provocaban gran espanto entre los hombres y que, con simplemente tocar un miembro los arrancaban como si lo hubieran cortado con un cuchillo. Y cualquiera que fuera herido por ellas moría con total seguridad, sin que hubiera medicina ni cirugía que los pudiera salvar. En primer lugar porque llegaban incandescentes como si fueran de fuego y, además, porque los polvos con que las lanzaban eran de tal naturaleza que cualquier herido que hiciera era hombre muerto. Además venían con tal velocidad que atravesaban de lado a lado a un hombre con todas sus armas y corazas.  


De estos truenos nos habla, cien años más tarde, nuestro cronista en múltiples citas de sus bienandanzas. Como ejemplo baste un botón:
En el año del Señor de mil cuatrocientos veinticuatro, habiendo guerra entre Castilla y Navarra y siendo capitán de la frontera Diego Pérez Sarmiento, estaba Sancho de Gurendez con veinticinco hombres del linaje de Salazar en la frontera de conflicto cuando les atacaron los navarros. Se refugiaron en una iglesia cercana y se defendieron con un trueno del ataque. La mala fortuna –o la pólvora empleada- quiso que el trueno reventara por los sellos y prendiera el fuego en una caja de pólvora que tenían abierta. Tomó fuego la pólvora y con ella la iglesia entera ardiendo dentro de ella aquél Sancho de Guruendes, sus veinticinco hombres y cinco mozos que les acompañaban, que no escapó ninguno.

Son muy habituales en las crónicas los accidentes con la pólvora. Esto tiene una explicación muy sencilla. Nada había escrito y su empleo se basaba exclusivamente en la prueba y error. Además hemos de comprender el comportamiento de cada uno de sus componentes básicos. Carbón vegetal, salitre y azufre.
En esta mezcla, el salitre aumenta la potencia, el carbón acelera la combustión y el azufre incrementa la inflamabilidad de la mezcla.

En la España del siglo XVII, las proporciones de la pólvora de uso militar, ya estudiada con ánimo científico, fueron determinadas en un 70% de salitre, 16% de azufre y 14% de carbón. Consiguiendo la máxima eficacia del disparo a la vez que se reducía al mínimo el peligro de combustión accidental.
Como la pólvora medieval  era un 50% salitre, 25% carbón vegetal, 25% azufre, resulta una mezcla de poca potencia, que generaba mucho humo y altamente inflamable, lo que explica los abundantes accidentes que su elaboración y manipulación solían acarrear.

martes, 26 de marzo de 2013

Grotescos caballeros y sórdidas venganzas


Cuando imaginamos los enfrentamientos entre los caballeros medievales todos tendemos a imaginarnos escenas épicas de caballeros de punta en blanco entrecruzando sus bruñidos aceros en feraces campiñas bajo un cielo prístino de verano.

La realidad, como en tantas otras facetas de la vida, era normalmente mucho más sórdida, cuando no grotesca.
Un ejemplo poco glorioso de la muerte de un afamado caballero puede ser la narración que don Lope García de Salazar nos hace sobre  Cómo Diego Furtado, fijo de don Lope González de Mendoça, que llamaron Mantoluçea, mató a don Ínigo de Guebara, que avía muerto a don Lope González, su padre.

El caso es que siendo joven Iñigo de Guevara, asaltó la torre de los Mendoza y dio muerte a cuantos miembros de la familia encontró en ella, salvo a los criados y al Diego niño que pudo escapar escondido bajo las sayas de su niñera, que lo hurtó así de la furia asesina de los enemigos de su linaje. 
Por este hecho le llamaron al joven Diego “el hurtado”, porque lo habían hurtado de las garras de quienes tan mal le querían y así tomó este sobrenombre y quedó para su linaje el apellido de Hurtado.

Cuando este Diego Hurtadose hizo mozo resolvió vengar la muerte de su padre. De manera que juntó a toda su gente de armas y comenzó a buscar la mejor manera de devolver al de Guevara  el mal que le había hecho. 
Pero este Guevara, sabedor de que su persona no gozaba de muchas simpatías por la zona, era hombre precavido y cambiaba todas las noches de casa. Así que para poder localizarle el joven Diego sobornó a uno de los hombres del de Guevara que les indicó donde pensaba cenar su señor aquél día. Pero este, cauto donde los hubiera, jamás dormía donde había cenado, de manera que acordaron el traidor y el Hurtado que dejaría un rastro de granos de trigo hasta la casa donde fuera a dormir aquella noche.
Así se hizo y pudo Diego, en una noche clara de luna, rodear la casa donde dormía el felón. Una vez seguro de que no podría escapar a su cerco, atacaron con hachas y almádenas las puertas de la casa. 
Ante semejante escándalo se despertó el de Guevara. Entendiendo que atacaban su casa, tomó sus armas y preguntó a grandes voces:

- ¿Quién pretende entrar a mi casa?

Sobre el estrépito de sus hombres atacando los portones le contestó Diego:

- Soy yo, don Diego Hurtado, el hijo de aquél a quien asesinaste y, para su escarnio, llevaste su braguero a vender al mercado de Vitoria. Estoy aquí dispuesto a vengarle y a llevar tu cabeza al mismo mercado donde tú llevaste el braguero de mi padre.

Don Iñigo, caballero hidalgo al fin y al cabo, le contestó:

- Tienes razón. Yo le corté la cabeza a tu padre y tienes razones para tratar de cortarme a mí la mía, si es que puedes. Pero no trabajes tanto en romper las puertas, ya salgo a encontrarme contigo afuera, que no soy yo hombre de morir encerrado.

Dicho y hecho. Confiado en la palabra del de Guevara, Diego ordenó a sus hombres que dejaran de aporrear la puerta y esperó a que saliera su enemigo. Entretanto, Iñigo de Guevara se había armado de punta en blanco y montado en su caballo de batalla dispuesto a realizar la más brutal carga que jamás se hubiera realizado contra quienes le sitiaban. Dió orden a sus hombres para que abrieran las puertas de par en par y espoleó furioso a su bridón. Al ataque de las espuelas, el animal arrancó con furia hacia su objetivo y don Iñigo  aferró la lanza esperando el impacto contra los de Hurtado.

Fue una lástima el que, al cambiar tan a menudo de casa, don Iñigo de Guevara no tuviera conciencia plena de las dimensiones de cada una de sus propiedades y no se hubiera percatado de que el dintel de la puerta era un poquito más bajo que la cresta de su morrión. 
Impulsado por la furia de su montura, golpeó el umbral de la entrada con la cabeza y murió en el acto sin llegar siquiera a salir de la casa. De hecho, quedó con medio cuerpo fuera y medio dentro, mientras don Diego Hurtado le cortaba la cabeza que luego exhibió -tal y como había jurado- en el mercado de Vitoria, en el mismo lugar donde años antes don Iñigo había expuesto el braguero de su padre.

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476
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Bilbao en el siglo XV

Bilbao en el siglo XV
Así se supone que podía ser Bilbao a finales de la Edad Media

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)
La casa, origen del linaje, razón de ser de los bandos

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416
Armas de lujo para los privilegiados de la tierra

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