Cantigas de Cruz y Luna.

Cervera del río Alhama, una pequeña villa castellana donde cristianos, judíos y musulmanes conviven en secular armonía, envía sus mejores gentes a la campaña de las Navas de Tolosa. Les acompaña la dulce Zahara, arrastrada contra su voluntad a una aventura donde, para sobrevivir, habrá de ser más fuerte que los más intrépidos cruzados.

Puedes adquirir la novela en las más importantes librerías on-line, o pedir que te la traiga la librería de tu barrio. También puedes comprarla en editorial Maluma, que te la hará llegar sin gastos de envío.

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La novela

La novela
Una historia de aventuras en Cervera del río Alhama, una perspectiva nunca vista de las Navas de Tolosa

viernes, 14 de septiembre de 2012

Como eran las tiendas y campamentos medievales



Los pobres dormían donde podían, cubiertos por una manta o su capote. En un campamento, se distriburán por donde puedan y los más afortunados tenderán una pieza de tela sobre una cuerda tendida entre dos estacas plantadas en la tierra para dormir a resguardo envueltos en su manto. Pero todo caballero que se precie hará que sus siervos carguen con una tienda y la riqueza de esta dependerá de los posibles del propietario.
Pasemos a detallar partes y composición de la tienda redonda, la tienda básica medieval:

La tienda se levanta plantando de manera firme el tendal, un poste grueso, normalmente clavado en el suelo, de cuyo extremo superior parten una serie de cuerdas que se fijarán al suelo mediante estacas. El número de cuerdas varía en función del tamaño, altura y perímetro de la tienda (en los documentos de la época, el número de cuerdas que sostiene una tienda dan idea de su tamaño e indican la categoría y poder de su propietario).  Sobre los tendales se extiende un cono de tela, la corona, que se cierra por la parte de arriba con una pieza de cuero que se llama cuenca. De la corona penden los álabes, lienzos de tela que forman las paredes de la tienda y remata la tienda por arriba la pella, la pieza maciza que corona el tendal. 

Alzando uno o dos álabes se accede al interior, y se pueden fijar estos lienzos a las cuerdas para mostrar el interior de la tienda o para que su inquilino admire el paisaje. En caso de mucho calor también se pueden alzar, parcial o totalmente, alguno o todos los tendales para que corra el aire.
Como hemos dicho, el tamaño de la tienda lo determinan el número de cuerdas y su riqueza los materiales de construcción. así, la pella puede ser de oro labrado con forma animal o vegetal, quizás con el símbolo del propietario de la tienda, o una simple pelota de cuero. Lo mismo ocurre con la cuenca, que puede ser de cuero o una gruesa lámina de plata repujada u oro labrado. Y con la corona y álabes, que podrían ser de humilde burel (paño basto y ordinario que viste la gente común y los esclavos (quizás apropiada -con el consiguiente escándalo de sus vecinos- para un simple jauntxo que prefiere gastarse el dinero en una buena espada o en comprar un carro de ballestas) o del más costoso brocado de seda y oro. También el tendal indicará la posición de su dueño. Muchas veces eran desmontables en piezas, para poder trasladarlas mejor y el rico utilizará tendales de roble, nogal o caoba, sin despreciar el palo santo y otras maderas exóticas, quizás con incrustaciones de marfil y amarres de oro y plata. El pobre se conformará con un robusto poste de roble de una o dos piezas. El suelo de la tienda se cubre totalmente con pieles, de oso o marta para el rey, de cuero o paja para el pobre. Un jauntxo quizás cubra el suelo con fustán y la embellezca con alfombras tejidas con la lana de sus rebaños. 


Pero el rey, o un noble realmente adinerado, podría alojarse en una tienda de dos tendales, el colmo del lujo en un camping medieval. Su escudo en las cenefas de tela que bordean la corona, brocados de seda entretejida con oro imitando columnas sobre los álabes, gallardetes con sus colores sobre las pellas... en fin, lujo asiático para los señores de la tierra. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

Sobre las Villas y la Tierra Llana


Casa Torre de Aranguren
Como hemos comentado en varias ocasiones a lo largo de este blog, las luchas banderizas fueron básicamente enfrentamientos entre los diferentes apellidos que se disputaban el poder y los recursos de la tierra. En la antigua Vizcaya,  existía un determinante añadido, los diferentes regímenes jurídicos existentes entre las villas y la tierra llana, que añadieron un componente particular a algunos de estos enfrentamientos.  La fundación de villas fue una herramienta en manos de los monarcas para mermar los recursos de los nobles que se le enfrentaban y debilitarles.
Aquí trataré de explicar, de manera sucinta, qué era la Tierra Llana y como le afectó la fundación de las Villas

En su origen, tierra llana sería todo el territorio bajo la jurisdicción del Fuero de Vizcaya. Es decir, en la práctica la totalidad del señorío, compuesto de anteiglesias agrupadas en Merindades. Territorio controlado por la nobleza organizada en bandos, con sus parientes mayores, señores y jauntxos. En la tierra llana toda su población está sujeta al terreno, y este y quienes lo trabajan se encuentran sometidos al propietario de la tierra, su señor natural.
Pero en 1199 aparece una nueva ordenación jurídica en Vizcaya, Lope Sánchez de Mena funda la primera villa en territorio vizcaíno, Balmaseda, y le otorga el Fuero de Logroño.  En este fuero y en las cartas puebla de su fundación se reflejan los privilegios de quienes habiten en las villas. 
La villa, un nucleo poblacional, con un territorio determinado, asignado y garantizado por el señor del lugar, que goza de una serie de privilegios otorgados en su carta puebla. Según el fuero, la población que habita en las villas es, en primer lugar, franca y libre,  gozando de autoridad y jurisdicción independientes del señor. 
Limitada en su extensión, sin grandes espacios para destinar al sector primario (agricultura y ganadería), los villanos dedican sus esfuerzos al comercio y la producción de bienes lo que lo diferencia en forma de vida y mentalidad, del mundo rural que lo circunda. La villa depende del campo para alimentarse, pero genera rápidamente valor añadido sobre los productos que elabora y permite a los artesanos y comerciantes acumular una riqueza impensable para el campesino. 
Además, las villas se defienden con gruesas murallas que las rodean y quienes se refugian en su interior están a salvo de sus anteriores dueños. Estos privilegios atraen a las villas a campesinos que huyen de sus amos, a comerciantes que se beneficiaran de la centralización de los mercados locales en las villas a salvo de los bandidos y las tropelías de la nobleza campesina, a jauntxos dedicados al comercio, la construcción de naves o a la explotación del hierro, parientes mayores, artesanos, eruditos, intelectuales y extranjeros, lo que provoca un auge imparable de las villas. Al darse el fuero, cambia la condición de los labradores, que dejan de depender del señor y se convierten en hombres libres. Todo esto trabaja en detrimento de los intereses de los apellidos asentados en la Tierra Llana que tratarán de detener el florecimiento de las villas utilizando cuantos instrumentos jurídicos estén a su alcance y, en múltiples ocasiones, con la fuerza de sus armas.
También es de considerar la importancia de los linajes que se asientan en las villas. En unos casos es el medio de aumentar los ingresos de los apellidos menos favorecidos, en otros una posibilidad de medrar para los segundones y para los grandes linajes la forma de ampliar su fortuna y aumentar sus influencias controlando el concejo. Además, los vecinos de la villa son vasallos del señor del territorio, lo que supone su protección sin que en la práctica dependen de él para otra cosa que no sea abonarle su parte en los beneficios. Más tarde, cuando el rey de Castilla pasa a ser también señor de Vizcaya, las villas consiguen escapar definitivamente del poder señorial y alcanzar las más altas cotas de crecimiento y riqueza.


Para ilustrar los conflictos entre la tierra llana y las villas, un breve relato de cómo entraron en Vilvao Juan d’Avendaño e Juan López de Ganboa con él, e las peleas que ovieron con los Butrón:
En el año del señor de mil cuatrocientos once, Juan de Avendaño, hijo de Martín Ruiz, entró con sus hombres de armas en Bilbao y cercó a Ochoa Pérez de Arbolantxa en la torre que su apellido tenía en la plaza de la villa. Se sumaron al conflicto los hombres de Asúa, Susúnaga y Getxo, que lucharon a las puertas de la villa, cayendo numerosos hombres heridos y muertos por ambas partes. Durante el enfrentamiento, a Juan de Avendaño, una saeta le dio en la gorguera, pero por suerte para él no le alcanzó de pleno y solamente lo hirió de levedad en el cuello. 
Al no poder tomar la torre continuaron los disturbios por la villa y como Gonzalo Gómez de Butrón, pariente mayor del linaje, se encontraba en la corte, acudió doña María Alonso -su esposa- al mando de todo el solar de Butrón y tomó posiciones en la atalaya de Bilbao y en la rentería. También acudieron en su ayuda Ochoa de Salazar con sus gentes y Fortún García de Arteaga, yerno de la de Butrón. Para enfrentarse a semejante ejército,  llegó a la villa el abuelo de Juan de Avendaño, Juan López de Gamboa, pariente mayor del apellido.  Todos ellos lucharon y murieron, noches y días, por las calles de la villa y sus alrededores hasta que volvió de la corte el señor de Butrón que consiguió que el doctor Gonzalo Moro, corregidor del rey, que ofreciera treguas del rey a los contendientes y que así estos volvieran por fin a los solares de donde habían salido. 

martes, 7 de agosto de 2012

Por un puñado de castañas



Una anécdota que puede evidenciar tanto el sentimiento del honor y deber medievales como el ambiente de violencia y crispación que se vivía en aquellos tiempos, sería la ocurrida a las familias de Butrón y Zamudio en mil doscientos setenta y cinco. 


Cuenta don Lope de Salazar en sus Bienandanzas que, en aquellos años, se encontraban enfrentados Ochoa de Butrón e Iñigo Ortiz de Ibargoien, su primo. Habían comenzado esta pendencia años atrás sus padres, hermanos entre sí, al disputar sobre cuál valía más en la tierra.
Enfrentados los hermanos se enfrentaron sus gentes y trasmitieron la enemistad a sus hijos. Se sucedieron los enfrentamientos y era ya mucha la sangre derramada por ambas familias cuando Iñigo Ortiz de Ibargoien, a la vuelta de uno de sus frecuentes viajes a la corte, se halló obligado a pasar por Zamudio, población vecina a las tierras de su primo y enemigo, Ochoa de Butrón. 
Temeroso de que su familiar le atacara aprovechándose de las pocas gentes que le acompañaban, se acercó a casa de Fortún Sánchez de Zamudio, hombre de honor reconocido en toda la zona. Viejos aliados, contó Iñigo sus miedos a Fortún y le rogó que le escoltara hasta su casa, ya que siendo él hombre poderoso no tendría el de Butrón la osadía de atacarles si le acompañaba en el camino a su casa. No era ésta una idea muy del agrado del de Zamudio, que trataba de no enemistarse con ninguno de los dos pero, como el de Ibargoien solo le pedía que cabalgase a su lado y que una vez en su casa podría volverse llevando con él su eterna gratitud, no pudo sino aceptar, so pena de ser tenido por cobarde y mal amigo, lo que le avergonzaría –a él y a su linaje- por el resto de sus días. De manera que armó a ciento cincuenta hombre de a caballo y marchó con el de Ibargoien con la firme intención de volverse tan pronto lo dejara en campo seguro.  
Lamentablemente, una vez llegados la torre de Ibargoien, Iñigo Ortiz no consintió en dejar marchar a su protector antes de agasajarlo como merecía y le suplicó que se quedara cuando menos a comer. Fortún se negó en principio, pero Iñigo insistió diciéndole que consideraría una deshonra el que se marchara de su casa sin que le permitiera agradecerle el favor. Ante tamañas razones no pudo negarse el de Zamudio, de manera que acabaron entrando los hidalgos a la torre y sus hombres se dispersaron por los alrededores buscando matar el tiempo mientras sus señores disfrutaban de una bien merecida comida.

Entre tanto, Ochoa de Butrón, hombre soberbio y muy pagado de sí mismo, supo que el de Zamudio había llegado a tierras de su primo acompañado de un ejército armado. No podía saber la verdadera razón por la que las tropas de Zamudio se encontraban en la torre de Ibargoien, pero consideró como una ofensa personal el que alguien a quien tenía como aliado aportara gente armada a su enemigo jurado. Ofendido y furioso, organizó lo más rápido que pudo a cuanta gente tenía preparada dispuesto a exterminar a quienes consideraba le habían injuriado.
Por suerte, estaba de visita en su casa el caballero de Arzamendi, que había llegado acompañado de su mujer y un puñado de buenos escuderos, precisamente para tratar de poner paz entre los primos. Cuando el caballero vio que Ochoa disponía a sus gentes para la batalla, salió a su encuentro y le explicó que los zamudianos únicamente estaban de paso por la torre de Ibargoien. Consiguió así el de Arzamendi calmar al impetuoso hidalgo asegurándole que Fortún Sánchez no guardaba ninguna intención oculta y volvería a sus tierras tras la comida.

Mientras el de Butrón esperaba no muy convencido a que volviera la tranquilidad a sus fronteras, unos hombres de Zamudio, ociosos mientras su señor disfrutaba de las atenciones del de Ibargoien, paseaban por los alrededores cuando se toparon con una anciana que guardaba en su cabaña un saco de castañas. 
Por hambre o aburrimiento, se acercaron hasta ella y tomaron un puñado de aquellos frutos sin prestar atención a las protestas de la vieja. Para su desgracia, la mujer era sierva de los Butrón y comenzó a dar voces y tirarse de los pelos porque la robaban los de otro apellido, gritando que era una deshonra para Butrón el permitir que saquearan a sus vasallos en sus propias tierras. 
Tanto y tan fuerte chilló, que terminaron por oírla en el interior de la casa de los Ibargoien. Salieron los hidalgos al exterior para conocer la razón de tanto alboroto y se encontraron con la anciana que entre alaridos reclamaba castigo para quienes habían asaltado su casa. Antes sus quejas, trataron de calmarla con súplicas y regalos, pero solo conseguían que la mujer aumentara sus gritos exigiendo castigo para quienes le habían robado. Por el contrario, expresando las mayores muestras de duelo, marchó hacia Butrón para darle cuenta de la injuria a su señor.
Escamado al ver marchar a la vieja, Fortún Sánchez instó a su anfitrión para que terminaran con la comida lo antes posible y poder así volverse con sus hombres a Zamudio. Pero, conocedor de la arrogancia del de Butrón, también indicó a sus hombres que se apercibiesen y estuvieran dispuestos para entrar en combate en el momento menos esperado.

Por fin, la vieja había alcanzó la casa de Butrón para dar allí rienda suelta a su rabia. Ante su señor y sus gentes mostró los arañazos con los que ella misma había rasgado su cara y reclamó al mayor de los Butrón que vengase la afrenta a la que los de Zamudio habían sometido a un criado de su apellido. Ochoa, el pariente mayor de los Butrón, que ya estaba bastante escamado, ante la insinuación por parte de la vieja de que no era capaz de mantener a sus enemigos a raya, quiso salir de inmediato para dar un escarmiento a aquellos que se habían atrevido a entrar a sus tierras para afrentar su nombre vejando a uno de sus servidores, aunque fuera a el último y más infame de entre ellos. Una vez más, quienes le acompañaban consiguieron convencerle de que tampoco era para tanto la cosa y le aconsejaron que, en lugar de tomar las armas, diese a la vieja unas cuantas palabras de consuelo y un par de monedas y diera por terminado tan enojoso asunto sin más escándalos ni líos.

Ya parecía todo más tranquilo cuando Ochoa de Butrón, su hijo mayor, se acercó  a su padre para recriminarle:
- Averguenzas al caballero de Arzamendi. Quedas ante él, que ha llegado a nuestra casa esperando encontrarse con un señor, como un pobre campesino sin honra ni valor.
Su padre, amo y señor de aquellas tierras y gentes, propietario y dueño de sus vidas y haciendas, se volvió hacia el joven:
- Hijo de tu madre tenías que ser... siendo hijo de ella no podía esperarse mucho más de ti.
  Al oír estas palabras, le respondió el hijo:
- Señor, pues vayamos allí y veremos quién merece en realidad la honra en esta familia.

 Sin esperar ninguna respuesta, tomó las armas, saltó sobre su caballo y salió a enfrentarse el solo con los zamudianos. Como era lógico,  no podían dejarle ir solo a la muerte, de manera que tras él salió el resto de hombres de la casa dirigidos por su padre. Así, no tardó en llegar el ejército de Butrón a Ibargoien y en el repentino asalto consiguieron abatir a dos hombres de los de Zamudio antes de que pudieran econtrar refugio en la casa de Ibargoien. El resto se refugió tras los muros de la casa para defenderse del ataque y el de Butrón se encontró con que no tenía medios de asaltar la torre. Enfurecido y ciego de soberbia,  sin parase a evaluar sus fuerzas, comenzó a dar voces a los encerrados tratando de herir su orgullo para conseguir así que salieran a campo descubierto:

- Salid, salid los de Zamudio si de verdad sois caballero.
   
Ante semejante provocación, los sitiados no podían mantenerse en silencio, de manera que al poco salieron todos de la casa perfectamente armados. 
Salió al campo Fortún Sánchez sobre su caballo de batalla, cabalgaba a su lado Iñigo Ortiz de Ibargoien y tras ellos, el resto de sus gentes a pie. Entre los contendientes se alzaba un pequeño cerro y todos pretendían gozar de la ventaja de atacar desde lo alto, de manera que corrieron para alcanzar la cima. Los de a caballo se movían -lógicamente- más rápido que los peones, de manera que se encontraron en la campa que había sobre el altozano los cinco caballeros: Fortún Sánchez e Iñigo de Ibargoien, con los dos de Butrón -padre e hijo- acompañados por el caballero de Arzamendi. 
Cargaron unos contra los otros y en el primer encontronazo, Fortún Sanchez alcanzó con su lanza en la gorguera al señor de Butrón arrancándolo de su caballo con el cuello destrozado.  Mientras el padre caía, el hijo alcanzó a Iñigo Ortiz de Ibargoien con la lanza en la boca arrebatándole la vida con el acero de la moharra. 
Tras el primer encuentro, revolvieron los caballos para encontrarse frente a frente Fortún Sánchez de Zamudio con el primogénito de los Butrón y el de Arzamendi. Solo frente a dos enemigos, el zamudiano hizo retroceder a su caballo para colocarse de espaldas a un grueso árbol y desde esta posición se enfretó cara a cara con sus enemigos. Le atacaron ambos caballeros, pero tan reciamente se defendía el de Zamudio que nadie podía alcanzarle. Aún peleaban cuando comenzaron a llegar al alto los peones de Butrón y ni tan siquiera estos podía acercarse al feroz caballero. Pero pese a su denodada resistencia, comenzaban a agotarse sus fuerzas a Fortún  de Zamudio cuando vio acercarse al campo a su sobrino Ochoa de Sondika, un joven de veintidós años, hijo de su hermana. Al verle con una ballesta ya armada en la mano, le gritó:
- Sobrino, socórreme.

  El mozo no dudó un momento, se echó el arma a la cara y disparó sobre el caballero que le quedaba más cercano. 
El virote golpeó a Ochoa de Butrón en el momento en que alzaba el brazo para herir a Fortún de Zamudio y, atravesando el perpunte, se hundió profundamente en su costado. Sintiéndose herido de muerte, giró el caballo para galopar hasta su casa seguido por Aranzamendi. Mientras, dirimían la batalla los peones cubriendo de sangre el prado. Los de Butrón, sin capitan que los dirigiera, fueron derrotados y cayeron trece de ellos antes de poder retirarse a sus cuarteles.
Fortún Sánchez tomó el cuerpo de su amigo Iñigo Ortiz y, con el máximo respeto y hondo pesar, lo transportó sobre su caballo hasta su casa de Ibargoien. No quiso perder más tiempo y sin esperar a las exequias tornó con su gente a Zamudio. Allí, descabalgó en el patio de palacio y entregó caballo y armas a los criados. 
Se estaba despojando de la ropa ensangrentada cuando se le acercó su sobrino Ordoño. El joven, aún exaltado por la victoria, señaló el carmesí que la sangre de los enemigos muertos habían dejado sobre el perpunte de su tío y comentó:

- Aita, vichía
Queriendo decir en su vascuence:
- Padre, que hermosas joyas traes.

A lo que el veterano soldado, sabiendo las consecuencias que las muertes de ese día atraerían a su familia, le contestó:
- Sobrino, si supieras las "vichias" que hemos ganado hoy para tu linaje, no te alegrarías tanto como lo haces.
  
Tristemente, tenía razón Fortún Sánchez. La muerte de Ochoa de Butrón y su primogénito, conllevó la enemistad de los Butrón con los zamudianos. Luchas, hostilidades y muertes en un longevo enfrentamiento que duraba aún en tiempos de nuestro narrador, dos siglos más tarde.

viernes, 13 de julio de 2012

Como vestía un caballero medieval

Al hilo de una conversación con un buen amigo y apasionado de esos años lejanos a los que llamaron medioevo, trataré de exponer unos trazos gruesos sobre la ropa masculina en la baja edad media (entre los siglos XV y XVI, más o menos) y si alguien se muestra  muy interesado en el tema, podríamos ampliarlo en otros artículos.

El caballero medieval siempre vestiría bragas y camisa o bragas y camisón, que era simplemente una camisa más larga (antes de continuar, una curiosidad: los hombres que vestían a la moda usaban unas bragas diminutas y muy ceñidas, mientras el resto de los mortales se cubrían las partes pudendas con  prendas algo más holgadas y largas que podían cubrir parcialmente el muslo).
Sobre estas prendas interiores, nuestro caballero vestiría jubón y calzas (en el siglo XVI, de un tipo en calzas y jubón  se decía que estaba desnudo, lo que hoy en día lleva a errores en la interpretación de algunos pasajes en las crónicas). Por aquél tiempo era de moda llevar estas prendas tan ajustadas que se decía de algunos que, por tratar de ser modernos, vestían tan apretados que no podían ni respirar si se sentaban. 
Sobre el jubón, un caballero podía vestir sayo largo si era hombre maduro o sayo corto que dejaba a la vista las calzas si era joven o iba armado. El sayo de cabalgar disponía de unos cortes en la falda para que no resultara incómodo al montar el caballo. De un caballero vestido con bragas, camisa, jubón, calzas y sayo, se decía que iba "a cuerpo", como hoy en día decimos de quien viste pantalón y camisa.
Si deseaba algo más formal, podía sustituir el sayo (que era una prenda más o menos ceñida) por una prenda más holgada, como la ropa o el ropón. Trajes  holgados, que se ajustaban al cuerpo con el cinturón y podían estar abiertos de arriba abajo.
Sobre el sayo o la ropa podría colocarse un zamarro (prenda de más abrigo que solía estar forrada de piel de cordero)  o llevar un colorido balandrán forrado de seda y brocados.
Sobre las prendas anteriores podría vestir un paletoque (una especie de poncho compuesto por dos piezas unidas en los hombros, una sobre la espalda y otra sobre el pecho) o, si marchaba armado, una jornea (un paletoque corto que permitía asir las armas sin impedimentos).
Y todavía podría cubrir todo esto con un capuz o un tabardo o loba para salir a la calle o asistir a una recepción formal, aunque para viajar solían preferir el gabán, el manto y la capa.

No debemos olvidar que los caballeros y damas  más modernas solían imitar las costumbres foráneas, incluidas las de sus vecinos del sur, y era habitual que vistieran "al estilo morisco". Entonces sustituían el sayo por un quizote (una prenda larga y suelta de lienzo u holanda, con la delantera y los bajos labrados) y colocaban sobre éste un sayo de brocado.  Cuentan que el rey Fernando, en su encuentro con la reina Isabel en Ilora, se presentó vistiendo un jubón de demesín a pelo y un quizote de seda rasa amarillo, y encima un sayo de brocado, y unas corazas de brocado vestidas y toca y sombrero. Es decir, iba "a cuerpo" y vestido a la moda morisca.

Para cubrir la cabeza disponían de innumerables prendas: cofias, gorras, bonetes, galotas, carmeñolas... sin olvidarnos de las tocas que, a modo de turbantes, se ponían los caballeros "a la moda" para acompañar los bonetes y sombreros. 
También utilizaban diferentes calzados. Los que podríamos llamar propiamente zapatos, que solo cubrían el pie. Los de caña alta, que cubrían parte de las piernas como botas y borceguíes. Y los que no llevaban talón y se solían calzar por encima de los zapatos o los borceguíes, como eran las galochas, pantufos, alcorques y chinelas.

Solo me queda recordar que por aquellas épocas no existían las mallas ni la licra y los caballeros se empeñaban en vestir y calzar lo más ajustado posible. Imaginad lo engorroso que había de resultar vestir unas calzas de lienzo, paño o estameña y, en muchos casos, forradas con tela o cañamazo para aumentar el volumen de las piernas y darles rigidez, porque, para estar a la moda, debían presentarse sin una sola arruga y ceñidas como mallas de bailarín. Lo mismo que debían sufrir para calzarse unos borceguíes, altos hasta las rodillas, fabricados de buen cuero (por flexible que este sea). En un pasaje del libro de la cámara del príncipe don Juan, cuentan que "al tiempo que el príncipe le calzaban los borceguíes, se hincaban de rodillas, a los lados de la silla en la que su alteza estaba sentado, dos mozos de cámara para que no cayera hacia atrás por el estibar del zapatero. 




viernes, 8 de junio de 2012

¿Euskadi tierra de banderizos? La Wikipedia miente.

Un error que se repite (sospecho que en muy pocas ocasiones debido únicamente a la mala información o  la ignorancia) es el considerar al País Vasco como una tierra de banderizos,  para a renglón seguido  llegar a la conclusión de que los vascos tienen una extraña predisposición a matarse entre ellos por “ver quién más vale” o por cualquier otra tontería, mientras en el resto del mundo las gentes buscan medios pacíficos para resolver sus problemas. Se tiende a creer que los banderizos fueron exclusivos de estas tierras y las luchas de bandos solo ocurrieron aquí. Y para comprobar tan estúpido error  solo hace falta leer lo que en la Wikipedia se escribe sobre las guerras de bandos.
Quienes esto defienden parecen desconocer que en la edad media la guerra era una actividad empresarial perfectamente aceptada y asumida en la sociedad. De ella dependían poblaciones enteras y muchos nobles complementaban sus ingresos agrícolas y ganaderos con actividades militares más allá de sus tierras, tanto en propiedades cristianas como musulmanas. Por otra parte, la sociedad medieval (Toda la sociedad medieval occidental, no solo la sociedad medieval vasca) era una sociedad sustentada en el clientelismo y la familia. Por lo tanto, si aceptamos que un bando es una agrupación de linajes procedentes de un mismo tronco familiar al que se unos otros por lazos de parentesco o por intereses económicos, nos encontramos con que toda la sociedad hispana -y toda la occidental- entre los siglos XI al XVI, era una sociedad estructurada en bandos, una sociedad de banderizos.
A finales de la edad media, la pujanza de las villas y el aumento del poder de los reyes absolutistas restringieron los privilegios de los nobles, lo que exacerbó los enfrentamientos con que estos trataban de reducir el impacto de las normas reales y los fueros de las villas. Si a ello sumamos una sociedad más culta, donde comienzan a ser habituales los cronistas y bien aceptadas las crónicas (por otro lado la mayor parte de las veces escritas para agasajar y quedar bien con el rey) podemos a entender el porqué de las historias de banderizos que hoy conocemos.
¿De donde puede provenir esta falsa idea de que los bandos eran algo patrimonio de la sociedad vasca? Pues muy simple: cuando no proviene de la mala fe es simplemente una cuestión de falta de información o -peor aún- de una información parcial y sesgada. La verdad es que Vizcaya dispuso de un cronista atípico, un hidalgo aficionado a las letras que, muy a su pesar, se encontró con mucho tiempo libre. Éste, Lope García de Salazar, dejó para la posteridad una serie de escritos donde trató de reflejar la sociedad en la que vivía, su tiempo y su mundo. De los veinticinco libros de que constan sus Bienandanzas e Fortunas, los seis últimos están dedicados a contar las vicisitudes de las principales familias vizcaínas. Y de aquí deducen, los historiadores de medio pelo, los pseudo intelectuales malintencionados, los falsarios y tontos en general, que los vascos estaban todo el día matándose entre ellos por unas castañas mientras el resto de la cristiandad luchaba contra los enemigos de la cruz.

Solo haré constar unos pocos ejemplos de luchas banderizas medievales en España que -para quienes quieran comprobarlo- podrán evidenciar que las guerras de bandos fueron un fenómeno universal en el medioevo y no una particularidad de las tierras vascas. Que ni tan siquiera se dieron aquí con más virulencia que en otros lugares, sino que -simplemente- aquí hubo quien dejó constancia por escrito de los detalles particulares de estas y, como le sobraba el tiempo, se entretuvo en pasar a papel  sucesos comunes y enfrentamientos sin importancia que en realidad solo interesaban a sus protagonistas. Que ya se decía en Amadis de Gaula de los nobles hispanos que no siendo contentos con lo que Dios les dió, quieren usurpar y tomar de los más desfavorecidos.
Empezamos:
En Galicia, durante el siglo XII, los caballeros de Tui se llevaban bastante mal con los caballeros de Santiago y, además de matar a los siervos y campesinos, se robaban los unos a los otros los ganados e talaban los sembrados. Ya decía por entonces Alonso de Palencia que los gallegos eran gente hecha a la lucha sangrienta de encarnizados bandos.
En Palencia, en 1457, el asalto a la torre de Monzón por Rodrigo Enríquez siembra la ciudad de sangre e incendios. Duran siglos las disputas entre Osorios, Enríquez, el concejo y los Manrique.
En 1330, Herrera del Pisuerga sufre los desmanes y tropelías del hidalgo Fernán Núñez de Castañeda.
En 1401, los vecinos de Paredes de Nava solicitan al rey que impida que los dos bandos dominantes en el concejo se repartan entre sí los cargos. Exactamente lo mismo que ocurrió en Bilbao unos años más tarde.
En Orihuela, las familias de Rocafull, Miró, Rocamora, Masquefás, etc., vivían en casas fortificadas y dirimían sus diferencias con la fuerza de las armas colmando las tierras de viudas y huérfanos.
En 1396, los enfrentamientos entre bandos en Cocentina, obligaron a intervenir a la reina Violante para imponer la justicia.
En 1436, la ciudad de Sevilla escribía al rey que algunos sennores e poderosos de la ciudad se niegan a entregar a la justicia algunos malhechores suyos e de otros.

Y podríamos también hablar de Castros y Laras en Castilla; Benavides y Carbajales en tierras de Úbeda y Baeza; Agramonteses y Beamonteses en Navarra o Abencerrajes y Zegríes en tierras nazaríes. También más allá de los Pirineos podríamos encontrar a los Lancaster y York en tierras inglesas o los Medici y los Pazzi entre los apellidos florentinos y Güelfos y Gibelinos en los estados pontificios y la actual Alemania… ¿Alguien necesita más para aceptar que es simplemente mentira el que las guerras de bandos fueran algo particular de las tierras vascas?

martes, 5 de junio de 2012

Qué comían los caballeros medievales (y algunas recetas de su época).

No repetiré aquí los diferentes productos que comían los hidalgos y caballeros -ya indicados en el anterior artículo- sino que trataré de abrir una pequeña rendija en el tiempo a través de la cual pudiera el lector entender cómo comían nuestros antepasados.

Antes de comenzar, una curiosidad: la expresión poner la mesa que aún se usa en nuestros días, proviene de la edad media, cuando la comida se servía en la habitación principal de la casa que debía de estar utilizable para los diferentes menesteres a los que estaba destinada. Al llegar la hora del condumio, se colocaban unos caballetes en el centro y sobre ellos una o varias tablas sobre las que se servían las viandas y que se recogían una vez terminada la comida. De ahí viene eso de poner y recoger la mesa
El menaje era bien sencillo: una fuente en el centro con la comida y una escudilla por comensal. Cada uno disponía de su cuchillo y una cuchara como únicos cubiertos, por que se comía con las manos,. Pero no a dos manos y grandes bocados como aparecen el las películas de Hollywood, sino únicamente con los tres primeros dedos de la mano derecha.  
En las mesas de los ricos se lavaban las manos antes de la comida en la misma mesa  con un aguamanil que portaban los criados, se bendecían los alimentos y comenzaba el banquete. Al terminar, volvían los  criados con  las jofainas y paños para limpiarse manos y boca. Durante la comida, si eran pudientes, se limpiaban las manos  en la parte de mantel que tenían frente a sí. 
En la mesa de los pobres no existían ni aguamaniles ni manteles, de manera que para esos menesteres habían de servirles sus propias ropas.

Pasando a la comida, como ya comentamos, los alimentos básicos en el medioevo fueron el pan y el vino, que era considerado también un alimento más.  Pan de trigo para los nobles y pudientes, de centeno para el resto, cuando no de cebada, mijo, arroz, bellotas, habas, guisantes o hayucos. Imaginad el pan que podían sacar de estos ingredientes cuando las únicas harinas realmente panificables, tal y como entendemos hoy el pan, son las de trigo y centeno.
La harina (de cualquier grano seco) se hervía o cocía mezclada con agua, leche de almendras (quien la tuviera), unto o sebo  y se comía en papilla, como gachas o en algo parecido al cus-cus.
Receta de gachas:
Se cuece cualquiera de las harinas mencionadas antes con agua. Si se dispone de él, se puede sustituir el agua por un caldo de carne, verduras, o cualquier otro líquido (menos leche, que se consideraba con exceso de humedad y perjudicial para la salud), incluyendo el vino. 
Esta es la receta básica. Ahora podemos engordarla añadiendo al puchero algo de unto o  ilustrarla con unos trozos pequeños de tocino o carne. Si la comemos sola podemos endulzarla con miel (azucar, si somos gentes de posibles) o añadirle tomillo u orégano y una pizca de sal si es de nuestro gusto.

Respecto a los alimentos líquidos, era el vino el más valorado, aunque en las zonas pobres del norte también se consideraba alimento básico la sidra. El vino se consumía normalmente aromatizado con especias (clavo, canela, etc.), miel o resinas y en muchos casos tras hervirlo con ellas. La otra gran bebida  medieval fue el hidromiel, elaborado con agua y miel aromatizadas con canela, clavo y otras hierbas y  fermentado para conseguir un cierto grado alcohólico.
Receta de hipocrás:
Tres partes de vino, una de agua, varios clavos de olor, canela, jengibre rallado y abundante miel. Se hierve solo un momento y se deja reposar unos minutos, se cuela y listo para beber.
Receta de sopa de vino:
Los dos alimentos básicos también se consumían juntos, se hervía el vino con pan seco y se añadía al guiso miel o leche cuajada. No sé si sería agradable al paladar, pero energético si que debía serlo.

En las comidas de los ricos nunca faltaba carne, tanto de caza como de animales domésticos y se comían de la vaca y el cerdo desde su grasa y sus pezuñas hasta el tuétano de sus huesos. Se hacían embutidos con su carne y se asaba, cocía o freía cada una de sus partes.
Receta de cerdo asado:
Se vacía el cerdo de sus vísceras, se pican bien todas ellas desde el corazón al hígado (riñones y pulmones incluidos) desechándo únicamente los intestinos. Se mecla este picadillo con huevos, queso viejo, sal, comino, ajos y cebollas. Se rellena el animal, se unta bien en manteca y se mete al horno hasta que quede la piel bien crujiente.

Como hemos comentado también abundaban los pescados, tanto secos –ahumados y salados- como frescos.
Receta de guisado de congrio:
Se cuece el congrio con algo de sal y un chorrito de vinagre, aparte se majan almendras y piñones y se mezclan con pan seco y ajo. Se deslíe el majado con una cucharada de vinagre y algo del caldo de la cocción y se le añade menta, clavo y pimienta. Se cuece bien la salsa y se vierte sobre el congrio cocido.

Las verduras (comida de pobres) se comían normalmente cocidas y solo quienes disponían de algún dinero se permitían incorporar al caldo sebo, caracoles, anguilas o cualquier otro ingrediente que pudiera añadir algo de sustancia a la sopa.
Receta de col:
Se cuecen las coles troceadas junto a unas cebollas y puerros. Cuando está ya cocida, se le añade mantequilla o manteca, se aromatiza con hierbas (al gusto de cada cual) y a la escudilla.

¡Buen apetito!

jueves, 24 de mayo de 2012

Que comían los banderizos


Obviamente -como sucede también hoy en día- no comían lo mismo las gentes del pueblo que los hidalgos y caballeros medievales. Es cierto que la alimentación de ambos se basaba principalmente en los productos que la propia tierra podía suministrar –incluyendo algunos que hoy nos pueden resultar chocantes- pero los más pudientes se hacían traer viandas y especias desde los más lejanos confines del globo.
La jornada laboral era de sol a sol y a ella se ajustaban los ciclos de la vida. y, por lo tanto, también la alimentación de los siervos, esclavos y collazos. Un bocado de pan (para el pueblo casi nunca de trigo, sino de otros cereales más asequibles) acompañado de cebolla al levantarse, otro bocado a los mismos manjares a media jornada y la comida propiamente dicha al volver a casa: un caldo de verdura engordado en el mejor de los casos por las diferentes harinas que más adelante apuntaremos, donde el único aporte animal era, cuando se disponía de él, un pedazo de unto.
Pero esto no ocurría en las casas de los señores que, enriquecidos por el hierro, el comercio o la guerra, disponían de buenos dineros para adquirir todo tipo de manjares y alimentarse de manera más abundante y repetida.
Todos comían pan y gachas, elaborados ambos con trigo (poco en Vizcaya, donde era escaso y caro), cebada, centeno y mijo. También se elaboraba harina de la bellota, la castaña y las habas para luego hacer tortas y pasteles o añadirla a las sopas y cocidos.
En Vizcaya, tierra marinera, era habitual encontrar en los mercados una gran variedad de pescados de sus costas. Existen referencias de la venta de merluza, atún, congrio, mero, lijas, bacalao, sardinas y arenques (que se traían de Flandes, Irlanda y Galicia), además de ostras, salmón (importado en muchos casos), aunque también se consumían pescados de aguas dulces o salobres como trucha, carpa, anguila o lamprea.
Muchos de estos pescados se consumían tanto en fresco como secos, ahumados o conservados en sal o miel.
Lógicamente, cualquier animal que se moviera sobre la tierra era también un alimento potencial, aunque alguno de ellos nos choque hoy. Se cazaban para comer -y se comercializaba su carne- tanto las perdices como chimbos, codornices, patos, gaviotas, palomas y casi cualquier bicho que tuviera plumas, incluyendo las garzas, cisnes, cigüeñas y grullas. Lo mismo les ocurría a los que corrían la tierra. Conejo, liebre, corzo, ciervo, jabalí, erizo o ardilla… todo lo que se podía cazar era comida.
Otra fuente importante de alimentos la suministraba el bosque y la campiña. Todo tipo de bayas y frutas, tanto silvestres como cultivadas eran alimentos preciados en la edad media. Se disfrutaba de las bellotas con el mismo placer que las castañas, las nueces, los piñones, las avellanas, e incluso los hayucos, que eran consumidos con placer tanto en fruto como en harina. También se comían higos pasos, dátiles y pasas.
La huerta era la otra base de la alimentación medieval (aunque no contaban con los productos que luego aportarían a nuestros campos las tierras americanas, como los pimientos o la patata) y se cultivaban y vendían habas, lentejas, arvejas, calabazas, nabos, cebollas, coles,  ajos y toda la variedad  de productos que las huertas suministraban. 
La caza era privilegio de los señores que comían en abundancia jabalí, gamos y palomas, pero los campesinos y esclavos no solían disponer de más carne en su olla que la que podían cazar a escondidas o la de sus animales de granja cuando morían de enfermedad o vejez, de manera que su alimento animal más habitual era el unto (manteca), junto a la mantequilla y el queso. Pero no faltaban en la mesa del caballero medieval la gallina y el capón, el cerdo, la cabra, buey y carnero, cualquier animal a su alcance era comida apreciada, menos los equinos (caballo, burro y mula, demasiados valiosos como para comérselos) y el perro, que era considerado animal impuro.

En una época donde no existían los frigoríficos, eran muy apreciadas las especias que ocultaban el olor y el sabor demasiado fuertes de algunos alimentos. Trataban de cubrir esta demanda las potentes flotas de las especias que desembarcaban en Flandes y Portugal especias de los más exóticos orígenes.  Desde estos puertos se importaba pimienta, canela, nuez moscada y jengibre que se encontraban en el mostrador del especiero junto al azafrán, el anís, el ajo y el comino, sin que faltaran en los mercados la miel, la sal o el azúcar valenciano, traído de la refinería real de Gandía.
Para terminar este artículo, recordar que las bebidas más habituales eran el vino y la sidra, aunque algunos sibaritas, copiando costumbres moriscas, gustaban de beber en verano nieve aromatizada con zumos de frutas. Para ello se guardaba la nieve invernal en las neveras de montaña, donde podía conservarse hasta bien entrado el estío para deleite de caballeros y princesas refinadas.


Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476

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Bilbao en el siglo XV

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Así se supone que podía ser Bilbao a finales de la Edad Media

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)

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La casa, origen del linaje, razón de ser de los bandos

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416

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Armas de lujo para los privilegiados de la tierra

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