Cantigas de Cruz y Luna.

Cervera del río Alhama, una pequeña villa castellana donde cristianos, judíos y musulmanes conviven en secular armonía, envía sus mejores gentes a la campaña de las Navas de Tolosa. Les acompaña la dulce Zahara, arrastrada contra su voluntad a una aventura donde, para sobrevivir, habrá de ser más fuerte que los más intrépidos cruzados.

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La novela

La novela
Una historia de aventuras en Cervera del río Alhama, una perspectiva nunca vista de las Navas de Tolosa

viernes, 30 de noviembre de 2012

Maceros


Es muy posible que alguna vez, al ver una recepción en el ayuntamiento, o en alguna comitiva municipal, hayáis visto unos tipos con pelucones, vestidos de manera estrafalaria que llevan al hombro una especie de lámpara rococó dorada con mango.
Macero en la fachada del Ayuntamiento de Bilbao
Estos funcionarios son los maceros y lo que llevan al hombro es la representación, ya inútil y meramente decorativa, de una maza de guerra.  
A día de hoy no pasa de ser una figura que pretende simbolizar el prestigio y autoridad de las personas o instituciones a los que precede, perdida ya su función primera, la de alguacil o cuerpo de seguridad.

Por cierto, en las Bienandanzas se cuenta una batallita, muy acorde con la mentalidad de la época, donde se puede comprobar de manera muy evidente la función que estos oficiales –hoy tan pintorescos- cumplían en su origen.

Corría el año del señor de 1356 y era el conde don Tello señor de Vizcaya en aquellos días. El buen conde era un gran aficionado a la caza y las monterías y, con ocasión de una visita a la villa de Bilbao, se le ocurrió ofrecer espectáculo a sus gentes corriendo unos jabalíes en la plaza de la villa.
-Aquí un inciso. La plaza de Bilbao se encontraba por aquellos tiempos en la explanada que hoy ocupa el mercado de la Ribera, al que los viejos aún llamamos “la Plaza”, y que todo bilbaíno que se precie distingue de la Plaza Nueva, espacio reciente, edificado en 1849-.
"Espectáculo" taurino representado en las  Cantigas.
 El caso es que por aquellos banderizos años, los espectáculos eran ligeramente diferentes a los actuales. Un divertimento bastante habitual (entre los ricos, claro está) era el correr bestias, que podían ser toros o jabalíes como en este caso. Se trataba de forzar el ataque del animal y esquivarlo graciosamente con quiebros de la montura. A veces simplemente por estética, en otros casos para alancearlo (herirlo con una lanza o rejón) hasta la muerte.
El caso es que el señor de Vizcaya llevó a la villa doce puercos salvajes que tenía en una finca de Alviña y los soltó en un cercado dispuesto para tal fin en la plaza de Bilbao. Lógicamente, a tal evento se acercaron no solo los villanos y hombres buenos de la población, sino también los señores de la tierra llana y demás autoridades vizcaínas. Entre ellas se encontraba el ínclito don Juan de Avendaño, dueño y señor de tierras en Zamudio y la torre de Malpica, hombre aguerrido con merecida fama de pendenciero y poco partidario de don Tello como señor de Vizcaya (en otro momento hablaremos de los señores –y señoras- de Vizcaya). Con semejante público, montó su hermoso palafrén y trató de hacerlo corvetear entre los puercos. Lamentablemente, su caballo se asustó y no consintió en meterse entre los jabalíes por mucho que don Tello lo intentara.  
Cuando se excusaba del fiasco ante los presentes culpando al caballo de su fracaso, el señor de Avendaño le pidió:
- Señor, dejadme cabalgar vuestro caballo que, quiéralo o no, yo lo haré saltar por entre los puercos.
Cedió don Tello las riendas a Juan de Avendaño, convencido de que no podría vencer el miedo del rocín ante las bestias, pero no conocía bien al vizcaíno. Montó el hidalgo el corcel, ajustó el bocado y a golpe de espuela le hizo entrar al recinto de los  jabalíes. El pobre animal, despavorido, trató de evitar a los puercos y resbaló sobre el enlosado del suelo, yendo a dar con sus carnes y las del jinete por tierra. Pero no era hombre blando el endiablado hidalgo de Avendaño, sin perder las riendas, ni descabalgar del corcel caído, le hizo alzarse de nuevo y volvió a clavar los acicates en los ijares de su montura haciendo que esta vez, más temeroso el animal de su jinete que de los mismos jabalíes, saltara sobre estos de lado a lado ganándose así la admiración de cuantos contemplaban el espectáculo.
Entre aplausos, echó pie a tierra y devolvió el caballo a los palafreneros de don Tello mientras comentaba:
- ¡Menudo Señor de Vizcaya sería yo si no fuera capaz de hacer que un caballo me obedezca!
Es de imaginar como sentó aquél comentario al conde y qué le dijeron sus acólitos sobre el de Avendaño en cuanto se encontraron a solas.

Bueno, ya empiezo a enrollarme, de manera que corto aquí y dejo la resolución del encuentro de don Tello con Juan de Abendaño y la función de los maceros para la próxima semana.

martes, 20 de noviembre de 2012

La revolución industrial en la Edad Media, la muerte de la caballería romántica.


Como decía anteriormente, la sociedad cristiana medieval era una sociedad básicamente agrícola, ganadera y guerrera que complementaba sus ingresos con el comercio y la industria. Y estos dos apartados fueron ganando poco a poco espacio a los anteriores, sin gran aparato, pero modificando la sociedad de una manera total y absoluta.
Las continuas guerras y las pestilencias (Llamaban así a todo tipo de epidemias, tanto de peste como de gripe, viruela, ántrax o cualquier otra enfermedad contagiosa), provocaron una falta de mano de obra que ya no podían cubrir las bestias domésticas y además, el mayor esfuerzo productivo de estos animales era absorbido por la guerra. Este desequilibrio solo pudo ser cubierto con la aparición de las grandes máquinas hidráulicas. Se fueron construyendo cada vez más molinos, cada vez más grandes y eficientes. 
Aparecieron los martillos de forja y ferrerías, las fábricas de papel y paños, inmensos molinos que represaban ríos hasta entonces navegables y forzaban a modificar las conductas y los esfuerzos económicos en busca de otros mercados. La navegación fluvial perdió fuerza y pujanza para mayor provecho de la marítima. Las armas y herramientas de hierro y acero se produjeron de manera más rápida y eficaz, a la vez que aumentaba su calidad. 
Se inició por primera vez una época de sobre producción, donde las potentes villas elaboradoras de paños o papel eran capaces de producir mucho más de los que eran capaces de consumir. Los reinos cada vez más amplios y con una monarquía cada vez más poderosa, menos sacudidos por las guerras, eran capaces de crear -quizás por primera vez desde la caída del imperio romano- un excedente de comida. 
Por otra parte, los avances en la conservación de alimentos (salazones, ahumados, etc.) hicieron posible el realizar  viajes cada vez más largos y los excedentes en la producción de materias primas y manufacturas hicieron que fuera rentable el recorrer mayores distancias para abastecer nuevos mercados. 

Así, se inició una carrera marítima que cambiaría el mundo sin que los cronistas de la época se dieran cuenta. Una hambruna o un peste, la muerte de un rey o una gran batalla si eran dignas de ser cantadas en las crónicas, pero ¿qué cronista se iba a molestar en escribir en sus crónicas la instalación de otra fragua en la rivera del río que bañaba su villa, o a la llegada de una nueva bataneadora hidráulica?

Así, silenciosamente, moría la edad media con sus caballeros y comenzaba, sin que nadie lo advirtiera, la edad moderna, la edad de los comerciantes y el arte considerado como expresión de riqueza y ocio de la élite civil.

viernes, 16 de noviembre de 2012

La economía medieval


Vale, lo prometido es deuda, de manera que aquí va otro artículo corto. Así hacemos dos en esta semana.

Dejamos al caballero medieval, propietario de tierras y hombres, dedicado a la agricultura, la ganadería y la guerra como principales actividades económicas. A estas tres generales y ampliamente difundidas por las amplias tierras castellanas, los caballeros norteños, restringidos por la orografía y el clima en sus pretensiones agrícolas, debieron de sumar el comercio. Ya decían los juglares que era don Lope el vizcaíno hombre rico en manzanas, pobre en pan e vino, indicando así las carencias agrícolas de las tierras vascas.
En todo caso. El noble medieval cristiano dividía el año económico en dos grandes períodos: el de cosecha que, simplificando mucho, podía discurrir de abril a junio. En este período se sembraban, regaban, cuidaban y cosechaban los campos. Al final de estos comenzaba el período propio de la segunda actividad económica medieval: La guerra.
El caballero medieval (repito, lo mismo moro que cristiano), una vez a buen recaudo su cosecha, atacaba a sus vecinos más débiles para capturar esclavos, rehenes, ganado y alimentos que completaran su propia cosecha. Esta actividad estaba generalizada y -mal que les pese a los historiadores tendenciosos- se dedicaban a ella con ahínco lo mismo moros que cristianos. De hecho, lógicamente, para un caballero castellano le resultaba más fácil atacar a un vecino aragonés (aunque cristiano como él) que a un murciano musulmán. Esto proporcionaba esclavos -mano de obra- y dinero procedente del rescate obtenido de los rehenes nobles, si se podía capturar alguno.
Nunca un rey o un señor cristiano tuvo reparo alguno en coaligarse con aliados de la otra religión en contra de un vecino molesto, aunque fuera correligionario suyo. 
Dos cuerpos de ejército, uno cristiano y el otro musulmán,
cabalgan juntos hacia la batalla.

Como curiosidad: entre los cristianos del siglo XIII y alrededores, en Castilla solo podían llevar barba aquellos que hubieran sido cautivos, y solo mientras no cumplieran las promesas hechas durante su prisión. Los musulmanes, por contra, llevaban el pelo largo y la barbas luengas, como manda su ley.

 Como en aquellos años muy pocos nobles podían permitirse un ejército puramente profesional, había de ser quien sembraba, cuidaba las ovejas y recogía el trigo el mismo que, maza en mano, acompañara a su señor en el ataque al reino vecino. Por eso la guerra tendría que realizarse a partir de mayo-junio, con la cosecha ya recogida. En caso contrario estaba asegurada la hambruna para el año siguiente. Así, era de suma importancia el realizar una buena previsión de siembra y cosecha, y rezar al Altísimo para que las condiciones atmosféricas fueran las adecuadas: Si se podía recoger pronto, se podría atacar al enemigo mientas este aún cosechaba y obtener así tres beneficios añadidos: Una victoria más fácil, quedarse con la cosecha a medio recoger del vecino y, privado éste de alimentos, debilitarle lo suficiente como para, quizás, poder apropiarse de sus tierras al año siguiente.  Además, ya lo indicaba Vegecio en su Compendio de Técnica Militar, el atacante debía tratar de avanzar por territorio enemigo, de esta manera no consumía sus recursos en el avance, a la vez que reducía los recursos del enemigo comiendo de lo que producían sus tierras y devastando la zona por la que pasaba.

Y lo dejamos aquí para continuar otro día.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La vida, la economía y la revolución industrial en la edad media.


Generalmente tendemos a suponer que la edad media fue una época oscura y atrasada tecnológicamente. Y obviamente, si la comparamos con el siglo XVIII, así resulta, pero no si la colocamos en su justo momento histórico.
La edad media comienza con el hundimiento del impero romano y este acontecimiento conlleva un elemento al que no se le ha dado la importancia que realmente tuvo. La caída del imperio supuso la práctica desaparición de la mano de obra esclava procedente de las guerras de conquista imperiales. Ante este problema, la Europa húmeda, favorecida por amplios campos forrajeros, se vio forzada a sustituir la fuerza humana por la animal. Floreció la cría de caballos y bueyes y estos animales se volvieron tan importantes que acabaron creando a su imagen una sociedad distinta a la existente hasta entonces. 

Los caballos servían para el trabajo, transporte y la guerra y animales tan versátiles se convirtieron en los más preciados entre todos. Comenzó a gran escala la cría de animales diseñados para trabajos específicos y nacieron nuevas razas de caballos de guerra, asnos de gran alzada, mulas resistentes y potentes bueyes. Los animales ya no solo debían producir carne, sino también fuerza motriz.
La fuerza animal cubrió a la perfección las necesidades de una sociedad diseminada y con escasos núcleos centralizados de población, cada vez más  aislada de sus vecinos. 
Así nació el germen del futuro caballero medieval, el caballero en su acepción de hombre con apellido. Es decir, alguien que forma parte de una familia lo suficientemente importante como para poder distinguirse de las demás, propietaria de una tierra de donde –casi con toda seguridad- tomará su apellido, con esclavos, animales y siervos a su servicio. Nace una nueva clase social que dará origen a lo que hoy conocemos como caballero medieval. 

Este "protocaballero" es, como hemos dicho, propietario de un puñado de tierra que le permite mantener a su apellido. Pero esta tierra, aunque trabajada por las potentes yuntas de bueyes, es escasa en recursos y los centros de comercio se encuentra alejados de la casa de la familia. Además, entre la recogida de una cosecha y la plantación o siembra de la siguiente existe un período de inactividad improductiva, que los caballeros medievales (todos los caballeros medievales, hispanos y germanos, vascos y castellanos, gallegos y catalanes) empleaban en lo que era la segunda industria medieval más importante: la guerra.

Bueno, como me han dicho que me enrollo demasiado en mis entradas, corto aquí y seguiré con este asunto más adelante.
Nos vemos.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Como eran las tiendas y campamentos medievales



Los pobres dormían donde podían, cubiertos por una manta o su capote. En un campamento, se distriburán por donde puedan y los más afortunados tenderán una pieza de tela sobre una cuerda tendida entre dos estacas plantadas en la tierra para dormir a resguardo envueltos en su manto. Pero todo caballero que se precie hará que sus siervos carguen con una tienda y la riqueza de esta dependerá de los posibles del propietario.
Pasemos a detallar partes y composición de la tienda redonda, la tienda básica medieval:

La tienda se levanta plantando de manera firme el tendal, un poste grueso, normalmente clavado en el suelo, de cuyo extremo superior parten una serie de cuerdas que se fijarán al suelo mediante estacas. El número de cuerdas varía en función del tamaño, altura y perímetro de la tienda (en los documentos de la época, el número de cuerdas que sostiene una tienda dan idea de su tamaño e indican la categoría y poder de su propietario).  Sobre los tendales se extiende un cono de tela, la corona, que se cierra por la parte de arriba con una pieza de cuero que se llama cuenca. De la corona penden los álabes, lienzos de tela que forman las paredes de la tienda y remata la tienda por arriba la pella, la pieza maciza que corona el tendal. 

Alzando uno o dos álabes se accede al interior, y se pueden fijar estos lienzos a las cuerdas para mostrar el interior de la tienda o para que su inquilino admire el paisaje. En caso de mucho calor también se pueden alzar, parcial o totalmente, alguno o todos los tendales para que corra el aire.
Como hemos dicho, el tamaño de la tienda lo determinan el número de cuerdas y su riqueza los materiales de construcción. así, la pella puede ser de oro labrado con forma animal o vegetal, quizás con el símbolo del propietario de la tienda, o una simple pelota de cuero. Lo mismo ocurre con la cuenca, que puede ser de cuero o una gruesa lámina de plata repujada u oro labrado. Y con la corona y álabes, que podrían ser de humilde burel (paño basto y ordinario que viste la gente común y los esclavos (quizás apropiada -con el consiguiente escándalo de sus vecinos- para un simple jauntxo que prefiere gastarse el dinero en una buena espada o en comprar un carro de ballestas) o del más costoso brocado de seda y oro. También el tendal indicará la posición de su dueño. Muchas veces eran desmontables en piezas, para poder trasladarlas mejor y el rico utilizará tendales de roble, nogal o caoba, sin despreciar el palo santo y otras maderas exóticas, quizás con incrustaciones de marfil y amarres de oro y plata. El pobre se conformará con un robusto poste de roble de una o dos piezas. El suelo de la tienda se cubre totalmente con pieles, de oso o marta para el rey, de cuero o paja para el pobre. Un jauntxo quizás cubra el suelo con fustán y la embellezca con alfombras tejidas con la lana de sus rebaños. 


Pero el rey, o un noble realmente adinerado, podría alojarse en una tienda de dos tendales, el colmo del lujo en un camping medieval. Su escudo en las cenefas de tela que bordean la corona, brocados de seda entretejida con oro imitando columnas sobre los álabes, gallardetes con sus colores sobre las pellas... en fin, lujo asiático para los señores de la tierra. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

Sobre las Villas y la Tierra Llana


Casa Torre de Aranguren
Como hemos comentado en varias ocasiones a lo largo de este blog, las luchas banderizas fueron básicamente enfrentamientos entre los diferentes apellidos que se disputaban el poder y los recursos de la tierra. En la antigua Vizcaya,  existía un determinante añadido, los diferentes regímenes jurídicos existentes entre las villas y la tierra llana, que añadieron un componente particular a algunos de estos enfrentamientos.  La fundación de villas fue una herramienta en manos de los monarcas para mermar los recursos de los nobles que se le enfrentaban y debilitarles.
Aquí trataré de explicar, de manera sucinta, qué era la Tierra Llana y como le afectó la fundación de las Villas

En su origen, tierra llana sería todo el territorio bajo la jurisdicción del Fuero de Vizcaya. Es decir, en la práctica la totalidad del señorío, compuesto de anteiglesias agrupadas en Merindades. Territorio controlado por la nobleza organizada en bandos, con sus parientes mayores, señores y jauntxos. En la tierra llana toda su población está sujeta al terreno, y este y quienes lo trabajan se encuentran sometidos al propietario de la tierra, su señor natural.
Pero en 1199 aparece una nueva ordenación jurídica en Vizcaya, Lope Sánchez de Mena funda la primera villa en territorio vizcaíno, Balmaseda, y le otorga el Fuero de Logroño.  En este fuero y en las cartas puebla de su fundación se reflejan los privilegios de quienes habiten en las villas. 
La villa, un nucleo poblacional, con un territorio determinado, asignado y garantizado por el señor del lugar, que goza de una serie de privilegios otorgados en su carta puebla. Según el fuero, la población que habita en las villas es, en primer lugar, franca y libre,  gozando de autoridad y jurisdicción independientes del señor. 
Limitada en su extensión, sin grandes espacios para destinar al sector primario (agricultura y ganadería), los villanos dedican sus esfuerzos al comercio y la producción de bienes lo que lo diferencia en forma de vida y mentalidad, del mundo rural que lo circunda. La villa depende del campo para alimentarse, pero genera rápidamente valor añadido sobre los productos que elabora y permite a los artesanos y comerciantes acumular una riqueza impensable para el campesino. 
Además, las villas se defienden con gruesas murallas que las rodean y quienes se refugian en su interior están a salvo de sus anteriores dueños. Estos privilegios atraen a las villas a campesinos que huyen de sus amos, a comerciantes que se beneficiaran de la centralización de los mercados locales en las villas a salvo de los bandidos y las tropelías de la nobleza campesina, a jauntxos dedicados al comercio, la construcción de naves o a la explotación del hierro, parientes mayores, artesanos, eruditos, intelectuales y extranjeros, lo que provoca un auge imparable de las villas. Al darse el fuero, cambia la condición de los labradores, que dejan de depender del señor y se convierten en hombres libres. Todo esto trabaja en detrimento de los intereses de los apellidos asentados en la Tierra Llana que tratarán de detener el florecimiento de las villas utilizando cuantos instrumentos jurídicos estén a su alcance y, en múltiples ocasiones, con la fuerza de sus armas.
También es de considerar la importancia de los linajes que se asientan en las villas. En unos casos es el medio de aumentar los ingresos de los apellidos menos favorecidos, en otros una posibilidad de medrar para los segundones y para los grandes linajes la forma de ampliar su fortuna y aumentar sus influencias controlando el concejo. Además, los vecinos de la villa son vasallos del señor del territorio, lo que supone su protección sin que en la práctica dependen de él para otra cosa que no sea abonarle su parte en los beneficios. Más tarde, cuando el rey de Castilla pasa a ser también señor de Vizcaya, las villas consiguen escapar definitivamente del poder señorial y alcanzar las más altas cotas de crecimiento y riqueza.


Para ilustrar los conflictos entre la tierra llana y las villas, un breve relato de cómo entraron en Vilvao Juan d’Avendaño e Juan López de Ganboa con él, e las peleas que ovieron con los Butrón:
En el año del señor de mil cuatrocientos once, Juan de Avendaño, hijo de Martín Ruiz, entró con sus hombres de armas en Bilbao y cercó a Ochoa Pérez de Arbolantxa en la torre que su apellido tenía en la plaza de la villa. Se sumaron al conflicto los hombres de Asúa, Susúnaga y Getxo, que lucharon a las puertas de la villa, cayendo numerosos hombres heridos y muertos por ambas partes. Durante el enfrentamiento, a Juan de Avendaño, una saeta le dio en la gorguera, pero por suerte para él no le alcanzó de pleno y solamente lo hirió de levedad en el cuello. 
Al no poder tomar la torre continuaron los disturbios por la villa y como Gonzalo Gómez de Butrón, pariente mayor del linaje, se encontraba en la corte, acudió doña María Alonso -su esposa- al mando de todo el solar de Butrón y tomó posiciones en la atalaya de Bilbao y en la rentería. También acudieron en su ayuda Ochoa de Salazar con sus gentes y Fortún García de Arteaga, yerno de la de Butrón. Para enfrentarse a semejante ejército,  llegó a la villa el abuelo de Juan de Avendaño, Juan López de Gamboa, pariente mayor del apellido.  Todos ellos lucharon y murieron, noches y días, por las calles de la villa y sus alrededores hasta que volvió de la corte el señor de Butrón que consiguió que el doctor Gonzalo Moro, corregidor del rey, que ofreciera treguas del rey a los contendientes y que así estos volvieran por fin a los solares de donde habían salido. 

martes, 7 de agosto de 2012

Por un puñado de castañas



Una anécdota que puede evidenciar tanto el sentimiento del honor y deber medievales como el ambiente de violencia y crispación que se vivía en aquellos tiempos, sería la ocurrida a las familias de Butrón y Zamudio en mil doscientos setenta y cinco. 


Cuenta don Lope de Salazar en sus Bienandanzas que, en aquellos años, se encontraban enfrentados Ochoa de Butrón e Iñigo Ortiz de Ibargoien, su primo. Habían comenzado esta pendencia años atrás sus padres, hermanos entre sí, al disputar sobre cuál valía más en la tierra.
Enfrentados los hermanos se enfrentaron sus gentes y trasmitieron la enemistad a sus hijos. Se sucedieron los enfrentamientos y era ya mucha la sangre derramada por ambas familias cuando Iñigo Ortiz de Ibargoien, a la vuelta de uno de sus frecuentes viajes a la corte, se halló obligado a pasar por Zamudio, población vecina a las tierras de su primo y enemigo, Ochoa de Butrón. 
Temeroso de que su familiar le atacara aprovechándose de las pocas gentes que le acompañaban, se acercó a casa de Fortún Sánchez de Zamudio, hombre de honor reconocido en toda la zona. Viejos aliados, contó Iñigo sus miedos a Fortún y le rogó que le escoltara hasta su casa, ya que siendo él hombre poderoso no tendría el de Butrón la osadía de atacarles si le acompañaba en el camino a su casa. No era ésta una idea muy del agrado del de Zamudio, que trataba de no enemistarse con ninguno de los dos pero, como el de Ibargoien solo le pedía que cabalgase a su lado y que una vez en su casa podría volverse llevando con él su eterna gratitud, no pudo sino aceptar, so pena de ser tenido por cobarde y mal amigo, lo que le avergonzaría –a él y a su linaje- por el resto de sus días. De manera que armó a ciento cincuenta hombre de a caballo y marchó con el de Ibargoien con la firme intención de volverse tan pronto lo dejara en campo seguro.  
Lamentablemente, una vez llegados la torre de Ibargoien, Iñigo Ortiz no consintió en dejar marchar a su protector antes de agasajarlo como merecía y le suplicó que se quedara cuando menos a comer. Fortún se negó en principio, pero Iñigo insistió diciéndole que consideraría una deshonra el que se marchara de su casa sin que le permitiera agradecerle el favor. Ante tamañas razones no pudo negarse el de Zamudio, de manera que acabaron entrando los hidalgos a la torre y sus hombres se dispersaron por los alrededores buscando matar el tiempo mientras sus señores disfrutaban de una bien merecida comida.

Entre tanto, Ochoa de Butrón, hombre soberbio y muy pagado de sí mismo, supo que el de Zamudio había llegado a tierras de su primo acompañado de un ejército armado. No podía saber la verdadera razón por la que las tropas de Zamudio se encontraban en la torre de Ibargoien, pero consideró como una ofensa personal el que alguien a quien tenía como aliado aportara gente armada a su enemigo jurado. Ofendido y furioso, organizó lo más rápido que pudo a cuanta gente tenía preparada dispuesto a exterminar a quienes consideraba le habían injuriado.
Por suerte, estaba de visita en su casa el caballero de Arzamendi, que había llegado acompañado de su mujer y un puñado de buenos escuderos, precisamente para tratar de poner paz entre los primos. Cuando el caballero vio que Ochoa disponía a sus gentes para la batalla, salió a su encuentro y le explicó que los zamudianos únicamente estaban de paso por la torre de Ibargoien. Consiguió así el de Arzamendi calmar al impetuoso hidalgo asegurándole que Fortún Sánchez no guardaba ninguna intención oculta y volvería a sus tierras tras la comida.

Mientras el de Butrón esperaba no muy convencido a que volviera la tranquilidad a sus fronteras, unos hombres de Zamudio, ociosos mientras su señor disfrutaba de las atenciones del de Ibargoien, paseaban por los alrededores cuando se toparon con una anciana que guardaba en su cabaña un saco de castañas. 
Por hambre o aburrimiento, se acercaron hasta ella y tomaron un puñado de aquellos frutos sin prestar atención a las protestas de la vieja. Para su desgracia, la mujer era sierva de los Butrón y comenzó a dar voces y tirarse de los pelos porque la robaban los de otro apellido, gritando que era una deshonra para Butrón el permitir que saquearan a sus vasallos en sus propias tierras. 
Tanto y tan fuerte chilló, que terminaron por oírla en el interior de la casa de los Ibargoien. Salieron los hidalgos al exterior para conocer la razón de tanto alboroto y se encontraron con la anciana que entre alaridos reclamaba castigo para quienes habían asaltado su casa. Antes sus quejas, trataron de calmarla con súplicas y regalos, pero solo conseguían que la mujer aumentara sus gritos exigiendo castigo para quienes le habían robado. Por el contrario, expresando las mayores muestras de duelo, marchó hacia Butrón para darle cuenta de la injuria a su señor.
Escamado al ver marchar a la vieja, Fortún Sánchez instó a su anfitrión para que terminaran con la comida lo antes posible y poder así volverse con sus hombres a Zamudio. Pero, conocedor de la arrogancia del de Butrón, también indicó a sus hombres que se apercibiesen y estuvieran dispuestos para entrar en combate en el momento menos esperado.

Por fin, la vieja había alcanzó la casa de Butrón para dar allí rienda suelta a su rabia. Ante su señor y sus gentes mostró los arañazos con los que ella misma había rasgado su cara y reclamó al mayor de los Butrón que vengase la afrenta a la que los de Zamudio habían sometido a un criado de su apellido. Ochoa, el pariente mayor de los Butrón, que ya estaba bastante escamado, ante la insinuación por parte de la vieja de que no era capaz de mantener a sus enemigos a raya, quiso salir de inmediato para dar un escarmiento a aquellos que se habían atrevido a entrar a sus tierras para afrentar su nombre vejando a uno de sus servidores, aunque fuera a el último y más infame de entre ellos. Una vez más, quienes le acompañaban consiguieron convencerle de que tampoco era para tanto la cosa y le aconsejaron que, en lugar de tomar las armas, diese a la vieja unas cuantas palabras de consuelo y un par de monedas y diera por terminado tan enojoso asunto sin más escándalos ni líos.

Ya parecía todo más tranquilo cuando Ochoa de Butrón, su hijo mayor, se acercó  a su padre para recriminarle:
- Averguenzas al caballero de Arzamendi. Quedas ante él, que ha llegado a nuestra casa esperando encontrarse con un señor, como un pobre campesino sin honra ni valor.
Su padre, amo y señor de aquellas tierras y gentes, propietario y dueño de sus vidas y haciendas, se volvió hacia el joven:
- Hijo de tu madre tenías que ser... siendo hijo de ella no podía esperarse mucho más de ti.
  Al oír estas palabras, le respondió el hijo:
- Señor, pues vayamos allí y veremos quién merece en realidad la honra en esta familia.

 Sin esperar ninguna respuesta, tomó las armas, saltó sobre su caballo y salió a enfrentarse el solo con los zamudianos. Como era lógico,  no podían dejarle ir solo a la muerte, de manera que tras él salió el resto de hombres de la casa dirigidos por su padre. Así, no tardó en llegar el ejército de Butrón a Ibargoien y en el repentino asalto consiguieron abatir a dos hombres de los de Zamudio antes de que pudieran econtrar refugio en la casa de Ibargoien. El resto se refugió tras los muros de la casa para defenderse del ataque y el de Butrón se encontró con que no tenía medios de asaltar la torre. Enfurecido y ciego de soberbia,  sin parase a evaluar sus fuerzas, comenzó a dar voces a los encerrados tratando de herir su orgullo para conseguir así que salieran a campo descubierto:

- Salid, salid los de Zamudio si de verdad sois caballero.
   
Ante semejante provocación, los sitiados no podían mantenerse en silencio, de manera que al poco salieron todos de la casa perfectamente armados. 
Salió al campo Fortún Sánchez sobre su caballo de batalla, cabalgaba a su lado Iñigo Ortiz de Ibargoien y tras ellos, el resto de sus gentes a pie. Entre los contendientes se alzaba un pequeño cerro y todos pretendían gozar de la ventaja de atacar desde lo alto, de manera que corrieron para alcanzar la cima. Los de a caballo se movían -lógicamente- más rápido que los peones, de manera que se encontraron en la campa que había sobre el altozano los cinco caballeros: Fortún Sánchez e Iñigo de Ibargoien, con los dos de Butrón -padre e hijo- acompañados por el caballero de Arzamendi. 
Cargaron unos contra los otros y en el primer encontronazo, Fortún Sanchez alcanzó con su lanza en la gorguera al señor de Butrón arrancándolo de su caballo con el cuello destrozado.  Mientras el padre caía, el hijo alcanzó a Iñigo Ortiz de Ibargoien con la lanza en la boca arrebatándole la vida con el acero de la moharra. 
Tras el primer encuentro, revolvieron los caballos para encontrarse frente a frente Fortún Sánchez de Zamudio con el primogénito de los Butrón y el de Arzamendi. Solo frente a dos enemigos, el zamudiano hizo retroceder a su caballo para colocarse de espaldas a un grueso árbol y desde esta posición se enfretó cara a cara con sus enemigos. Le atacaron ambos caballeros, pero tan reciamente se defendía el de Zamudio que nadie podía alcanzarle. Aún peleaban cuando comenzaron a llegar al alto los peones de Butrón y ni tan siquiera estos podía acercarse al feroz caballero. Pero pese a su denodada resistencia, comenzaban a agotarse sus fuerzas a Fortún  de Zamudio cuando vio acercarse al campo a su sobrino Ochoa de Sondika, un joven de veintidós años, hijo de su hermana. Al verle con una ballesta ya armada en la mano, le gritó:
- Sobrino, socórreme.

  El mozo no dudó un momento, se echó el arma a la cara y disparó sobre el caballero que le quedaba más cercano. 
El virote golpeó a Ochoa de Butrón en el momento en que alzaba el brazo para herir a Fortún de Zamudio y, atravesando el perpunte, se hundió profundamente en su costado. Sintiéndose herido de muerte, giró el caballo para galopar hasta su casa seguido por Aranzamendi. Mientras, dirimían la batalla los peones cubriendo de sangre el prado. Los de Butrón, sin capitan que los dirigiera, fueron derrotados y cayeron trece de ellos antes de poder retirarse a sus cuarteles.
Fortún Sánchez tomó el cuerpo de su amigo Iñigo Ortiz y, con el máximo respeto y hondo pesar, lo transportó sobre su caballo hasta su casa de Ibargoien. No quiso perder más tiempo y sin esperar a las exequias tornó con su gente a Zamudio. Allí, descabalgó en el patio de palacio y entregó caballo y armas a los criados. 
Se estaba despojando de la ropa ensangrentada cuando se le acercó su sobrino Ordoño. El joven, aún exaltado por la victoria, señaló el carmesí que la sangre de los enemigos muertos habían dejado sobre el perpunte de su tío y comentó:

- Aita, vichía
Queriendo decir en su vascuence:
- Padre, que hermosas joyas traes.

A lo que el veterano soldado, sabiendo las consecuencias que las muertes de ese día atraerían a su familia, le contestó:
- Sobrino, si supieras las "vichias" que hemos ganado hoy para tu linaje, no te alegrarías tanto como lo haces.
  
Tristemente, tenía razón Fortún Sánchez. La muerte de Ochoa de Butrón y su primogénito, conllevó la enemistad de los Butrón con los zamudianos. Luchas, hostilidades y muertes en un longevo enfrentamiento que duraba aún en tiempos de nuestro narrador, dos siglos más tarde.

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476
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Bilbao en el siglo XV

Bilbao en el siglo XV
Así se supone que podía ser Bilbao a finales de la Edad Media

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)
La casa, origen del linaje, razón de ser de los bandos

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416
Armas de lujo para los privilegiados de la tierra

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