Cantigas de Cruz y Luna.

Cervera del río Alhama, una pequeña villa castellana donde cristianos, judíos y musulmanes conviven en secular armonía, envía sus mejores gentes a la campaña de las Navas de Tolosa. Les acompaña la dulce Zahara, arrastrada contra su voluntad a una aventura donde, para sobrevivir, habrá de ser más fuerte que los más intrépidos cruzados.

Puedes adquirir la novela en las más importantes librerías on-line, o pedir que te la traiga la librería de tu barrio. También puedes comprarla en editorial Maluma, que te la hará llegar sin gastos de envío.

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La novela

La novela
Una historia de aventuras en Cervera del río Alhama, una perspectiva nunca vista de las Navas de Tolosa

jueves, 25 de abril de 2013

La pólvora y las armas de fuego en la Edad Media


Es creencia común el pensar que fue Marco Polo quien, en su Libro de las Maravillas, escrito durante su cautiverio en Génova en 1298, hace por primera vez referencia a la pólvora, supuestamente inventada por los chinos.
No es verdad.
NI fue Marco Polo quien la mostró a Europa, ni –que se pueda demostrar- fueron los chinos quienes la utilizaron en la guerra.
La primera referencia fehaciente la escribió Roger Bacon en su obra “De secretis Operibus Artis et Naturae et de Nullitate Magie” mediado el siglo XIII, muy posiblemente transcrita de algún texto árabe. Cuando dice que:
Podemos, con salitre y otras sustancias, componer una luz artificial que se puede lanzar a grandes distancias… Utilizando solo una pequeña cantidad de esta luz,  mucho material se puede crear acompañado de un estrépito horrible, es posible que para destruir una ciudad o un ejército… Para producir esta luz artificial y el trueno es necesario tomar salitre, azufre y…. aquí escribe cinco palabras sin significado aparente para encubrir el polvo de carbón vegetal y sus proporciones.
Esto escrito entre 1240 y 1250, cuatro años antes de que naciera il milione, sobrenombre de Marco Polo entre sus conciudadanos del que se hizo acreedor gracias a sus exageraciones al hablar de sus riquezas, ganancias y descubrimientos.

Para descubrir un empleo práctico al polvo de luz hicieron falta casi cien años.
La primera referencia escrita al empleo de armas de fuego data de 1331, en el sitio de Orihuela. Más tarde, en 1340 en Tarifa y luego, con más detalle, en el sitio de Algeciras en 1342.
Sobre el uso de estos “truenos” empleados en Algeciras por los musulmanes sitiados dice la crónica de Alfonso XI:
…y también arrojaban muchas pellas de hierro que lanzaban con truenos que provocaban gran espanto entre los hombres y que, con simplemente tocar un miembro los arrancaban como si lo hubieran cortado con un cuchillo. Y cualquiera que fuera herido por ellas moría con total seguridad, sin que hubiera medicina ni cirugía que los pudiera salvar. En primer lugar porque llegaban incandescentes como si fueran de fuego y, además, porque los polvos con que las lanzaban eran de tal naturaleza que cualquier herido que hiciera era hombre muerto. Además venían con tal velocidad que atravesaban de lado a lado a un hombre con todas sus armas y corazas.  


De estos truenos nos habla, cien años más tarde, nuestro cronista en múltiples citas de sus bienandanzas. Como ejemplo baste un botón:
En el año del Señor de mil cuatrocientos veinticuatro, habiendo guerra entre Castilla y Navarra y siendo capitán de la frontera Diego Pérez Sarmiento, estaba Sancho de Gurendez con veinticinco hombres del linaje de Salazar en la frontera de conflicto cuando les atacaron los navarros. Se refugiaron en una iglesia cercana y se defendieron con un trueno del ataque. La mala fortuna –o la pólvora empleada- quiso que el trueno reventara por los sellos y prendiera el fuego en una caja de pólvora que tenían abierta. Tomó fuego la pólvora y con ella la iglesia entera ardiendo dentro de ella aquél Sancho de Guruendes, sus veinticinco hombres y cinco mozos que les acompañaban, que no escapó ninguno.

Son muy habituales en las crónicas los accidentes con la pólvora. Esto tiene una explicación muy sencilla. Nada había escrito y su empleo se basaba exclusivamente en la prueba y error. Además hemos de comprender el comportamiento de cada uno de sus componentes básicos. Carbón vegetal, salitre y azufre.
En esta mezcla, el salitre aumenta la potencia, el carbón acelera la combustión y el azufre incrementa la inflamabilidad de la mezcla.

En la España del siglo XVII, las proporciones de la pólvora de uso militar, ya estudiada con ánimo científico, fueron determinadas en un 70% de salitre, 16% de azufre y 14% de carbón. Consiguiendo la máxima eficacia del disparo a la vez que se reducía al mínimo el peligro de combustión accidental.
Como la pólvora medieval  era un 50% salitre, 25% carbón vegetal, 25% azufre, resulta una mezcla de poca potencia, que generaba mucho humo y altamente inflamable, lo que explica los abundantes accidentes que su elaboración y manipulación solían acarrear.

martes, 26 de marzo de 2013

Grotescos caballeros y sórdidas venganzas


Cuando imaginamos los enfrentamientos entre los caballeros medievales todos tendemos a imaginarnos escenas épicas de caballeros de punta en blanco entrecruzando sus bruñidos aceros en feraces campiñas bajo un cielo prístino de verano.

La realidad, como en tantas otras facetas de la vida, era normalmente mucho más sórdida, cuando no grotesca.
Un ejemplo poco glorioso de la muerte de un afamado caballero puede ser la narración que don Lope García de Salazar nos hace sobre  Cómo Diego Furtado, fijo de don Lope González de Mendoça, que llamaron Mantoluçea, mató a don Ínigo de Guebara, que avía muerto a don Lope González, su padre.

El caso es que siendo joven Iñigo de Guevara, asaltó la torre de los Mendoza y dio muerte a cuantos miembros de la familia encontró en ella, salvo a los criados y al Diego niño que pudo escapar escondido bajo las sayas de su niñera, que lo hurtó así de la furia asesina de los enemigos de su linaje. 
Por este hecho le llamaron al joven Diego “el hurtado”, porque lo habían hurtado de las garras de quienes tan mal le querían y así tomó este sobrenombre y quedó para su linaje el apellido de Hurtado.

Cuando este Diego Hurtadose hizo mozo resolvió vengar la muerte de su padre. De manera que juntó a toda su gente de armas y comenzó a buscar la mejor manera de devolver al de Guevara  el mal que le había hecho. 
Pero este Guevara, sabedor de que su persona no gozaba de muchas simpatías por la zona, era hombre precavido y cambiaba todas las noches de casa. Así que para poder localizarle el joven Diego sobornó a uno de los hombres del de Guevara que les indicó donde pensaba cenar su señor aquél día. Pero este, cauto donde los hubiera, jamás dormía donde había cenado, de manera que acordaron el traidor y el Hurtado que dejaría un rastro de granos de trigo hasta la casa donde fuera a dormir aquella noche.
Así se hizo y pudo Diego, en una noche clara de luna, rodear la casa donde dormía el felón. Una vez seguro de que no podría escapar a su cerco, atacaron con hachas y almádenas las puertas de la casa. 
Ante semejante escándalo se despertó el de Guevara. Entendiendo que atacaban su casa, tomó sus armas y preguntó a grandes voces:

- ¿Quién pretende entrar a mi casa?

Sobre el estrépito de sus hombres atacando los portones le contestó Diego:

- Soy yo, don Diego Hurtado, el hijo de aquél a quien asesinaste y, para su escarnio, llevaste su braguero a vender al mercado de Vitoria. Estoy aquí dispuesto a vengarle y a llevar tu cabeza al mismo mercado donde tú llevaste el braguero de mi padre.

Don Iñigo, caballero hidalgo al fin y al cabo, le contestó:

- Tienes razón. Yo le corté la cabeza a tu padre y tienes razones para tratar de cortarme a mí la mía, si es que puedes. Pero no trabajes tanto en romper las puertas, ya salgo a encontrarme contigo afuera, que no soy yo hombre de morir encerrado.

Dicho y hecho. Confiado en la palabra del de Guevara, Diego ordenó a sus hombres que dejaran de aporrear la puerta y esperó a que saliera su enemigo. Entretanto, Iñigo de Guevara se había armado de punta en blanco y montado en su caballo de batalla dispuesto a realizar la más brutal carga que jamás se hubiera realizado contra quienes le sitiaban. Dió orden a sus hombres para que abrieran las puertas de par en par y espoleó furioso a su bridón. Al ataque de las espuelas, el animal arrancó con furia hacia su objetivo y don Iñigo  aferró la lanza esperando el impacto contra los de Hurtado.

Fue una lástima el que, al cambiar tan a menudo de casa, don Iñigo de Guevara no tuviera conciencia plena de las dimensiones de cada una de sus propiedades y no se hubiera percatado de que el dintel de la puerta era un poquito más bajo que la cresta de su morrión. 
Impulsado por la furia de su montura, golpeó el umbral de la entrada con la cabeza y murió en el acto sin llegar siquiera a salir de la casa. De hecho, quedó con medio cuerpo fuera y medio dentro, mientras don Diego Hurtado le cortaba la cabeza que luego exhibió -tal y como había jurado- en el mercado de Vitoria, en el mismo lugar donde años antes don Iñigo había expuesto el braguero de su padre.

jueves, 7 de febrero de 2013

La Casa Torre


Ya hemos comentado con anterioridad que el apellido, las más de las veces, está ligado a la casa origen del linaje. Es la casa la que da nombre al señor que la construye y a sus hijos. Origen y consumación de sus moradores, es la más completa imagen y  representación del banderizo.
Todas las que vemos hoy han sufrido infinidad de modificaciones que han desvirtuado por completo su esencia, la mayor y más conocida de ellas el desmochado que sufrieron durante el reinado del rey Fernando, que les arrancó por completo todo el adarve, almenas y cadalsos defensivos.

Casa Torre de Aranguren
Una casa torre típica se encontraba en muchas ocasiones rodeada por un murete, más o menos alto, que sirviera de primera defensa contra un posible atacante. En su centro se levantaría la casa sobre una primera planta de gruesos muros erigidos en mampuesto, calicanto o sillarejo, y en algunos casos con los ángulos reforzados con piedras labradas de sillería (solo los más ricos de entre ellos podrían disfrutar de una torre alzada totalmente en sillería). Sobre el primer piso, a ras de tierra y de amplio portal, se alzaba el segundo piso, destinado a cocina, dormitorios del servicio de confianza y comedor comunal. Sobre este el piso más importante de la casa, el piso principal, donde dormía el señor se tomaban las decisiones, formalizaban negocios y hacía su vida el cabeza de familia. 

(Aquí un inciso curioso. Aún en muchos edificios del siglo pasado se mantiene esta nomenclatura para los pisos: A ras de suelo, los bajos o locales comerciales, sobre estos el entresuelo y, en lo que hoy llamaríamos el segundo piso, podemos encontrar el Principal).

Por encima de esta planta noble aún podría alzarse algún piso más destinado a servidumbre y familia, sobre los que se encontraría la buhardilla, que servía de almacén y despensa, coronada por el adarve defensivo propio de todo castillo, almenas y matacanes. 
La torre disponía de dos entradas. Una, amplia, se abría en la primera planta para dar acceso a las caballerizas, cuadras y habitaciones de los criados encargados de su mantenimiento. Desde esta planta baja no existía acceso posible al resto de la casa. Para acceder al resto de estancias había que subir hasta el primer piso a través de un patín o escalera exterior que alcanzaba una puerta angosta de entrada al interior. Este patín se protegía con cadalso y troneras a través de los cuales poder hostigar a quien pretendiera visitar la casa sin ser invitado. El cercado, cuya puerta nunca se encontraba alineada con la de la casa, balcones con ladroneras y aspilleras bien repartidas por los muros habían de demostrar a los intrusos que pretendieran acceder a ella con malas intenciones que no eran bien recibidos.
Pero una torre no solo es torre porque alberga al señor, sino que lo es porque defiende a sus gentes. 
Las torres se alzaban en puntos sensibles o vulnerables del patrimonio. Podemos encontrarlas junto a puentes, molinos o ferrerías y junto a ellas es habitual el levantar, casa llana –la que no tiene elemento defensivo y solo sirve como residencia y lugar de trabajo, lo que hoy, en estas tierras, llamamos caserío-  la herrería, almacenes, cuadras y porquerizas, las casas de los criados comunes demás construcciones civiles. 
La casa torre resultaba así la principal fuerza defensiva de las propiedades del banderizo y el eje militar, económico y geográfico sobre el que se estructuraba el apellido y su descendencia.

lunes, 21 de enero de 2013

Las calzas medievales


Las calzas fueron una de las prendas de vestir más características de la edad media, y quizás una de las que menos nos hemos detenido a pensar.
Las vemos en las representaciones de la época como unos pantalones ceñidos que vestían los hombres de la época, pero no nos hemos parado a pensar que en aquellos años no existía la lycra ni las mallas de ballet.
Pensemos un poco entonces en lo que debía ser embutirse en unos pantalones no elásticos y que una vez puestos tenían que adaptarse perfectamente a las piernas de su propietario. Para más dificultad, podemos leer las ordenanzas de calceteros (los sastres especializados en confeccionar las calzas) de Córdoba y Sevilla que estas prendas se realizaban con estameña, lienzo naval (tela media de algodón o lino), paño o cordellaje, forrado y reforzado con cañamazo o paño. Podían incluso decorarse con hilo de oro o plata. Esto nos puede dar una idea de la resistencia y rigidez de las calzas así confeccionadas.
Llevados por el snobismo, se llegaron a confeccionar calzas que incluían el calzado, las calzas de soleta, de las que podemos imaginar el suplicio que habría de ser el embutirse en ellas si querían que quedara bien ceñido.
Los ricos y nobles confeccionaban sus calzas con paño florentino o estameña teñida de rojo. Nunca se empleaba la seda para confeccionar calzas, debido a que este tejido no es en absoluto elástico, lo que imposibilitaba su empleo en prendas que debía quedar adheridas a las piernas. Los pajes y criados de rango se compraban las prendas confeccionadas con grana de Londres, que era un paño fino muy apreciado en la época, el resto, la gente común, se las hacía de cordellate, un tejido basto de lana con trama de cordoncillo.
Hasta tal punto se mantenían estas normas en el vestir, que nuestro cronista preferido cuenta en una de sus anécdotas:

Que estando los de Velasco en Villatomín y los suyos (los de Salazar) en la Cerca, vió Lope García a Ferran Pérez de Ayala y a Sancho Martinez de Leiba, dos tipos a los que tenía ganas desde hacía ya tiempo. Se las arregló Lope para que entre algunos de sus hijos, ayudados por un buen criado, Regexe de Gamboa, trabaran pelea con los citados. Hubieron de caer muchos muertos y heridos antes de que los Velasco se dieran por vencidos y se replegaran a la villa de Medina.
 1440. Del libro de las Horas
de Catalina de Cleves
Tomaron preso los de Salazar a Ferran Pérez,  pero se les escapaba Ferránd Sánchez de Velasco, de manera que Lope de Valpuesta, hijo bastardo del de Salazar, montado en su caballo Palomo, cabalgó tras él hasta alcanzarle, cruzaron sus lanzas y consiguió derribar al de Velasco. Viendo el lance uno de los escuderos de Velasco llamado Perejón de Lezama,  cuando el de Salazar se disponía a travesar al de Velasco, le lanzó semejante pedrada que dando en la cabeza al caballo blanco de Valpuesta, le hizo hincar las rodillas en tierra. Aprovechando el momento, montó al de Velasco en su propio caballo y le permitió ponerse a salvo a costa de su propia vida. Porque se recuperó el buen Palomo del golpe y montando de nuevo en él el de Salazar cargó contra Perejón y le arrancó la vida de un lanzazo.
Luego, de nuevo caballo y caballero recuperados del golpe, corrieron tras el de Velasco que se alejaba. 
Le tenía ganas el de Salazar al de Velasco por que sabía que un judío de Medina le había ofrecido mil reales de plata si le entregara su caballo Palomo, pero cuando llegó montado en él a las puertas de la villa nadie se atrevió a intentar arrebatárselo.
Escapó el de Velasco, pero dejó en el campo su estandarte y las sobrevestas de su bridón. Murieron allí Perejón y muchos otros más de su linaje y muchos más aún hubieran muerto si no fuera porque Lope García dijo a sus hombres y criados que solo mataran a los que vestían calzas bermejas,  que eran hidalgos, que los otros eran hombres comunes de la zona sin ninguna importancia.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Concurso de relato corto

Esta entrada nada tiene que ver con la edad media ni con los banderizos, pero sí con la literatura y sus amantes. 
Junto con mis amigos de la asociación literaria Plaza Nueva Idasleak, hemos puesto en marcha un concurso de relato corto de tema libre. La única exigencia es que la acción del relato ha de transcurrir en la Aste 
Nagusia bilbaína. 

Pueden ser unos guerreros medievales transportados a nuestra era por un oscuro nigromante o un siniestro asesino de perros que recorre las calles de Bilbao durante las fiestas. Todo vale, solo pedimos cariño en la escritura y respeto para con los demás.

Podéis consultar las bases y registrar vuestros relatos en mundopalabras. La presentación oficial del concurso será el próximo día 15 de enero a las 13 horas, en el hotel Abando de Bilbao. 


Por cierto, todos los que vengáis estáis invitados a una copita de cava.
¡Os esperamos!

miércoles, 5 de diciembre de 2012

De cómo mató el conde don Tello a este Juan de Avendaño en Vilvao e la causa d'ello


Retomemos el asunto donde lo habíamos dejado la semana anterior.

Juan de Abendaño había dejado en evidencia en público al conde don Tello, señor de Vizcaya por aquél entonces, al conseguir que el caballo del conde saltara por encima de unos jabalíes que habían soltado en la plaza de Bilbao. Además, había realizado algunos comentarios no muy afortunados en referencia a la autoridad que pudiera ostentar para gobernar el señorío alguien que no era capaz ni de hacer que le obedeciera su propio caballo.

El caso es que, una vez terminados los festejos con los puercos y un tanto avergonzado por el espectáculo que había dado a sus súbditos, marchó don Tello a comer acompañado de todos los asistentes al festejo.  Mientras comían y comentaban los acontecimientos del día, algunos de los presentes comenzaron a señalar que no eran de recibo las palabras del hidalgo y que ningún señor que se preciara podría aceptar que uno de sus súbditos dijera eso de él, y menos aún en presencia de otras gentes.  Entre los que aseguraban al conde “que no era para en el mundo si tales cosas soportaba”, uno de los más empecinados era Pero Ruiz de Lezama, vecino del de Avendaño. 
Realmente que no queda muy claro si Pero Ruiz insistía tanto en asegurarlo porque realmente consideraba que las palabras pronunciadas en la plaza de Bilbao ofendían la dignidad de su señor, o porque su vecino cortejaba demasiado descaradamente a su señora doña Elvira (señora del de Lezama, claro está), que era muy hermosa y lozana -tanto, que aseguraban los de su tiempo que no la había igual de bella en toda Vizcaya- y el pobre don Pero la tenía encerrada en su torre de Lezama rodeada de criados  para que no la enamorara el don Juan de Avendaño.

Tanta cizaña sembraron entre unos y otros en el alma del señor de Vizcaya, que al final consiguieron su objetivo: que el conde don Tello considerara un grave atentado contra su autoridad y honor las palabras de don Juan.
Imagen de las Cantigas (siglo XIII) donde un  justicia, armado con su maza, persigue a unos  peregrinos falsamente acusados de robo.
Así, apenas terminada la comida, dio orden a sus maceros que se encargaran de que Juan de Avendaño no volviera a dejarle en evidencia delante de sus caballeros, ni volviera a cuestionar la capacidad del conde para gobernar el señorío. De manera que, en cuanto terminaron todos de comer, se acercaron disimuladamente al orgulloso hidalgo y de unos cuantos mazazos acabaron con él. Luego, como público escarmiento, arrojaron su cadáver por la ventana de palacio -que daba a la misma plaza donde le avergonzó- para que sus criados se hicieran cargo de los despojos y los llevaran a su tierra para darle cristiana sepultura.
Lictores con sus fasces al hombro.

La imagen de Las Cantigas que ilustra este artículo nos muestra como, ya hacia 1280,  la maza era un arma habitual para los encargados de ejecutar la justicia en tierras hispanas. 
Podemos concluir que nuestros maceros realizaban una función similar a la encargada a los lictores  con sus fasces en la época romana, preceder al poderoso como seña de dignidad, protegerle y ejecutar la justicia más inmediata. 

viernes, 30 de noviembre de 2012

Maceros


Es muy posible que alguna vez, al ver una recepción en el ayuntamiento, o en alguna comitiva municipal, hayáis visto unos tipos con pelucones, vestidos de manera estrafalaria que llevan al hombro una especie de lámpara rococó dorada con mango.
Macero en la fachada del Ayuntamiento de Bilbao
Estos funcionarios son los maceros y lo que llevan al hombro es la representación, ya inútil y meramente decorativa, de una maza de guerra.  
A día de hoy no pasa de ser una figura que pretende simbolizar el prestigio y autoridad de las personas o instituciones a los que precede, perdida ya su función primera, la de alguacil o cuerpo de seguridad.

Por cierto, en las Bienandanzas se cuenta una batallita, muy acorde con la mentalidad de la época, donde se puede comprobar de manera muy evidente la función que estos oficiales –hoy tan pintorescos- cumplían en su origen.

Corría el año del señor de 1356 y era el conde don Tello señor de Vizcaya en aquellos días. El buen conde era un gran aficionado a la caza y las monterías y, con ocasión de una visita a la villa de Bilbao, se le ocurrió ofrecer espectáculo a sus gentes corriendo unos jabalíes en la plaza de la villa.
-Aquí un inciso. La plaza de Bilbao se encontraba por aquellos tiempos en la explanada que hoy ocupa el mercado de la Ribera, al que los viejos aún llamamos “la Plaza”, y que todo bilbaíno que se precie distingue de la Plaza Nueva, espacio reciente, edificado en 1849-.
"Espectáculo" taurino representado en las  Cantigas.
 El caso es que por aquellos banderizos años, los espectáculos eran ligeramente diferentes a los actuales. Un divertimento bastante habitual (entre los ricos, claro está) era el correr bestias, que podían ser toros o jabalíes como en este caso. Se trataba de forzar el ataque del animal y esquivarlo graciosamente con quiebros de la montura. A veces simplemente por estética, en otros casos para alancearlo (herirlo con una lanza o rejón) hasta la muerte.
El caso es que el señor de Vizcaya llevó a la villa doce puercos salvajes que tenía en una finca de Alviña y los soltó en un cercado dispuesto para tal fin en la plaza de Bilbao. Lógicamente, a tal evento se acercaron no solo los villanos y hombres buenos de la población, sino también los señores de la tierra llana y demás autoridades vizcaínas. Entre ellas se encontraba el ínclito don Juan de Avendaño, dueño y señor de tierras en Zamudio y la torre de Malpica, hombre aguerrido con merecida fama de pendenciero y poco partidario de don Tello como señor de Vizcaya (en otro momento hablaremos de los señores –y señoras- de Vizcaya). Con semejante público, montó su hermoso palafrén y trató de hacerlo corvetear entre los puercos. Lamentablemente, su caballo se asustó y no consintió en meterse entre los jabalíes por mucho que don Tello lo intentara.  
Cuando se excusaba del fiasco ante los presentes culpando al caballo de su fracaso, el señor de Avendaño le pidió:
- Señor, dejadme cabalgar vuestro caballo que, quiéralo o no, yo lo haré saltar por entre los puercos.
Cedió don Tello las riendas a Juan de Avendaño, convencido de que no podría vencer el miedo del rocín ante las bestias, pero no conocía bien al vizcaíno. Montó el hidalgo el corcel, ajustó el bocado y a golpe de espuela le hizo entrar al recinto de los  jabalíes. El pobre animal, despavorido, trató de evitar a los puercos y resbaló sobre el enlosado del suelo, yendo a dar con sus carnes y las del jinete por tierra. Pero no era hombre blando el endiablado hidalgo de Avendaño, sin perder las riendas, ni descabalgar del corcel caído, le hizo alzarse de nuevo y volvió a clavar los acicates en los ijares de su montura haciendo que esta vez, más temeroso el animal de su jinete que de los mismos jabalíes, saltara sobre estos de lado a lado ganándose así la admiración de cuantos contemplaban el espectáculo.
Entre aplausos, echó pie a tierra y devolvió el caballo a los palafreneros de don Tello mientras comentaba:
- ¡Menudo Señor de Vizcaya sería yo si no fuera capaz de hacer que un caballo me obedezca!
Es de imaginar como sentó aquél comentario al conde y qué le dijeron sus acólitos sobre el de Avendaño en cuanto se encontraron a solas.

Bueno, ya empiezo a enrollarme, de manera que corto aquí y dejo la resolución del encuentro de don Tello con Juan de Abendaño y la función de los maceros para la próxima semana.

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476
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Bilbao en el siglo XV

Bilbao en el siglo XV
Así se supone que podía ser Bilbao a finales de la Edad Media

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)
La casa, origen del linaje, razón de ser de los bandos

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416
Armas de lujo para los privilegiados de la tierra

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