Cantigas de Cruz y Luna.

Cervera del río Alhama, una pequeña villa castellana donde cristianos, judíos y musulmanes conviven en secular armonía, envía sus mejores gentes a la campaña de las Navas de Tolosa. Les acompaña la dulce Zahara, arrastrada contra su voluntad a una aventura donde, para sobrevivir, habrá de ser más fuerte que los más intrépidos cruzados.

Puedes adquirir la novela en las más importantes librerías on-line, o pedir que te la traiga la librería de tu barrio. También puedes comprarla en editorial Maluma, que te la hará llegar sin gastos de envío.

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La novela

La novela
Una historia de aventuras en Cervera del río Alhama, una perspectiva nunca vista de las Navas de Tolosa

martes, 26 de enero de 2010

Tierra amarga se transforma en un sueño hecho realidad.

Este blog nació, como ya he dicho, por satisfacer una inquietud personal respecto a la edad media, y más exactamente sobre aquél período fronterizo donde ésta moría para dar paso a lo que dieron en llamar el Renacimiento. Años de cambios convulsos que favorecieron las luchas entre linajes, sociedades y agrupaciones comerciales por toda Europa.

Fue este interés por el medioevo y las luchas de bandos el que -de esto hace ya más de dos años- me llevó a pasar al papel las muchas notas tomadas durante mis lecturas. Todas estas anotaciones fueron poco a poco adquiriendo la forma, más o menos coherente, de la vida diaria del hombre medieval entremezclada con una serie convulsa de violentas acciones protagonizadas por las poderosas familias banderizas. En aquella época, las guerras de bandos impregnaban lo cotidiano y convertían la ya de por sí dura existencia de collazos y campesinos en un infierno donde la supervivencia resultaba en sí misma el mayor triunfo posible.

Tanto me cautivaron aquellas notas garrapateadas en folios y fichas que, casi sin pretenderlo, acabaron tomando forma de novela. Con la inconsciencia del novato envié mis escritos a una editorial. Ahora, ediciones Pàmies me ofrece la posibilidad de publicarla en su colección de novela histórica. Lógicamente he aceptado su ofrecimiento y en breve, espero que este mismo año, saldrá al mercado una novela negra, ambientada en tierras de banderizos, firmada por Iñaki Uriarte y titulada Tierra Amarga.

viernes, 8 de enero de 2010

Batallas medievales en la villa de Castro Urdiales y su pedanía de Sámano

Completando el anterior artículo, pasemos al relato de algunos sucesos protagonizados por Lope García de Salazar y acaecidos en la villa de Castro Urdiales y su pedanía de Sámano -hoy tierras cántabras-, que nos pueden dar una idea del potencial militar de que disfrutaban a finales de la edad media nuestros caballeros hijosdalgo.

Al transcribir, resumo las palabras del cronista:

En el año del señor de 1445 Juan de Arós solicitó la ayuda de Lope García de Salazar para enfrentarse a las familias Marroquín y Amorós, rivales de su familia y poderosos en Castro. A su pedido, Lope García le envió 50 hombres, que combatieron en la villa, casa por casa, durante dos meses. Al tiempo, ambos bandos se desafiaron a pelea sobre la lomba de Santullán. Para el desafío los Marroquines llamaron a sus parientes de Gules, Esqueras, Jebaja y Soba, a los Velascos de Mena, a los de Salcedo y Gordojuela (hoy Gordexola) hasta juntar más de mil hombres. Por su parte, Lope García llevó al enfrentamiento a sus parientes de Somorrostro, Portugalete, Baracaldo, Galdames y Sopuerta y a Pero Fernández de Salcedo, Pero Ferrández de Murga , Juan de Salcedo de la Cuadra y a Martín Sánchez de Palacio, a más de sus parientes de Aedo, Carranza y de Lezama, hasta juntar un total de 1.600 hombres bien armados. Todos allí acantonados, subieron un día los de Salazar a la citada loma de Santullán, y desde ella retaron a sus enemigos tirando truenos y haciendo sonar sus bocinas hasta la hora nona. Pero los Marroquines no acudieron al desafío. Por el contrario, atacaron con 500 hombres a los Amoroses en Castro ante lo que Lope García hubo de dejar en Santullán a los de Velasco y para marchar a toda prisa sobre la villa con 1.500 de los suyos. Pasando por el arenal, llegó hasta el barrio de los de Amorós y junto a ellos peleó muy reciamente contra sus enemigos recuperando no solo el barrio, sino también las torres de Vitoria y del castillo. Bajo la presión de las dos huestes coaligadas, se encerraron los Marroquines en la iglesia de Santa María, pero faltándoles de comer hubieron de solicitar pleitesía al de Salazar para que los dejara salir.

Años más tarde, ya en 1448, más que hartos los Marroquines del bueno de Salazar, que los acosaba por todas las tierras de Castro Urdiales, amenazaron a su señor, el conde de Haro, con desnaturalizarse de la casa de Velasco y pasarse al bando de Salazar si no les socorría contra éste.
Ante tamaña amenaza, el de Haro envió a Fernando de Velasco de Mena con 300 hombres de caballo y 5.000 de a pie, llegados de Trasmiera, Visio, Soba, Ruesga, Losa y Valdegovía. Se les añadieron otros 800 hombres de la casa de Ayala aportados por Pero Lopez de Ayala, Lope de Salcedo y los Aedo de Balmaseda. Ante semejante ejército, Lope García de Salazar solicitó ayuda a los Negrete, Oñez y Salazar, pero solo acudieron en su ayuda los de Asúa y Leguizamón, que enviaron 300 hombres fuertemente armados, que Lope añadió a los 2.000 hombres de que disponía en su propio solar. Con su ejército de 2.300 hombres, llegó hasta Avellaneda y se aposentó en el Carral, pero como supo que Ferrando de Velasco marchaba hacia Santullán, corrió hacia esta localidad. Los de Velasco asentaron su real en Lavaliega y durante días se estuvieron enfrentando ambos ejércitos en pequeñas escaramuzas de saetas. Pero no tardaron en llegar al de Salazar noticias de que Pero de Avendaño, Pero Velas de Guevara, Martín Ruiz de Arteaga y Martín Ruiz de Gamboa se acercaban a la villa de Portugalete con multitud de gentes de Bilbao. Temiendo que atacaran su torre de Somorrostro, abandonó el campo y marchó a defender la casa de su apellido. Al levantar Lope García de Salazar su campamento, Fernando de Velasco pasó por las Muñecas para entrar en Santullán y en Castro, donde tomó las casas de Salazar e hizo mucho daño en todas las posesiones que allí tenía.

jueves, 7 de enero de 2010

De la capacidad militar de aquellos caballeros medievales a los que luego dieron en llamar "banderizos"

Cuando hablamos de las luchas de bandos solemos obviar un dato que es por sí mismo extraordinario: La capacidad militar de que hacían gala los jauntxos en sus contiendas.

Si repasamos las Bienandanzas de Lope de Salazar –y en estos casos Don Lope es preciso como todo buen profesional– nos encontramos con algunos datos realmente escalofriantes: En Villatomín, en unas disputas por tierras en Castilla la Vieja, Ferrand Sánchez de Velasco se enfrentó con 300 caballeros apoyados por 5.000 peones, a los 200 hombres de a caballo y 3.500 de a pie que tenían los gamboinos de Guipúzcoa y de las Encartaciones, entre los que se encontraban Lope García de Salazar junto a 60 de sus hijos a caballo. (No, no es una errata, el tal Lope, antecesor del cronista de las Bienandanzas, “huvo 120 hijos e hijas bastardos, porque tenía gracia de preñar a toda mujer moza.” Sociable que era el mozo... (libro XXI pag. 116-17))

En otro escrito, nos encontramos con que en 1468, Juan de Avendaño reune en Elorrio 1.200 hombres junto a 150 de a caballo, a más de lombardas mayores y menores (libro XXII, pag. 219-35). En esa misma batalla, Lope García de Salazar –esta vez el cronista– enfrenta al de Avendaño 4.000 hombres y 80 de a caballo. Poco más adelante vemos que en ese mismo año Mujica y Butrón reunen contra el mismo Avendaño 4000 infantes y 150 jinetes con bombardas construidas en Santander (libro XXII pag. 220-1).

Para poder hacernos una idea de lo que un ejército de estas proporciones suponía en la época, podemos buscar referencias en otros ejércitos mejor considerados por la historia oficial. Por poner un ejemplo:

El Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, inició la conquista de Nápoles en 1495 (es decir, apenas 27 años más tarde) con 6.000 infantes y 700 jinetes ligeros, y para la toma de Ostia –el puerto de Roma– le bastaron 1.500 infantes, 300 jinetes ligeros y unas pocas piezas de artillería. Incluso más adelante, ya en 1529, un ejército de 400 caballos, 1.500 infantes y 4 piezas de artillería, le bastaron al de Orange para sitiar la ciudad de Florencia.

Nos encontramos pues con que las grandes familias banderizas, en sus enfrentamientos, eran capaces de alzar en un tiempo sorprendentemente corto un verdadero ejército de hombres perfectamente equipados y curtidos en múltiples batallas y escaramuzas. Y no olvidemos que el de Córdoba llevó a Nápoles únicamente caballería ligera, mucho más económica y fácil de equipar que la caballería pesada, mientras que en la batalla de Elorrio se encontraban al menos varios de los hijos de Salazar y algunos otros hidalgos de ambos bandos equipados de punta en blanco, es decir, con armadura pesada, la unidad militar por excelencia en la edad media. Un ejercito de 5.000 infantes equipados, 300 jinetes pesados y ligeros, más sus piezas de artillería, a finales de la edad media, era un ejército considerable, capaz de sitiar grandes ciudades o enfrentarse con posibilidades a cualquier rey de la época. Razón más que suficiente para que los reyes castellanos tuvieran tanto “amor” como cuidado para con sus “fieles” caballeros vizcaínos. (Aquí, para no herir susceptibilidades, recordar que en la época, era habitual llamar vizcaínos tanto a los habitantes de los actuales territorios de Vizcaya como a los de Guipúzcoa y buena parte de Álava)

Por no hacer demasiado extensa esta nota, en otro post aparte resumiré un par de ejemplos ocurridos en la villa de Castro Urdiales, de la que nuestro insigne cronista era merino, y que nos narra en su libro XXIV.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La caballería ligera medieval

De siempre se ha dicho que la mejor caballería del mundo fue la francesa, cuya carga no podía resistir ejército alguno, y se dice de ella que solo desapareció al generalizarse el uso de las armas de fuego. Sin entrar en comentarios sobre Crécy, Agincourt o tantas otras “hazañas” de la caballería pesada francesa, en tierras ibéricas llevaban siglos enfrentándose a esta caballería de grandes caballos y movimientos lentos los jinetes árabes, que montaban caballos más pequeños y rápidos que los europeos y empleaban con tremenda efectividad un sistema de lucha que enfrentaba la agilidad a la fuerza bruta.

Los rígidos caballeros cristianos se enfrentaron durante siglos a la caballería ligera de los ejércitos almohades, formados muy frecuentemente por guerreros zenetes o jenetes como les solían nombrar en tierras castellanas–, hábiles caballistas bereberes, que cedieron el nombre a su sistema de monta: La monta ligera o a la jineta. Gracias a ellos, hoy en día se denomina jinete a quien domina la práctica de la equitación.

El equipamiento de estos caballeros resultaba mucho más económico que el anterior y más eficaz para la lucha en tierras de banderizos: suelos agrestes y con pocos espacios para una carga eficaz de caballería pesada. Así, pronto los cristianos peninsulares adaptaron las mejoras africanas a su sistema de combate y nació la monta a la jineta, precursora de la caballería ligera y raíz de la monta “a la española”.

Los hacendados cristianos, apoyados por los reyes castellanos, cruzaron sus pesados caballos de guerra con los ejemplares rápidos y menudos de los sarracenos para conseguir un tipo de caballo fuerte, pero más ligero e impetuoso que los macizos caballos norteños y con él equiparon a sus huestes.

A un caballo más vivo, había de corresponder un caballero menos pesado. El jinete, se acomodó en una silla más liviana, con un fuste trasero reducido y equipada con unos estribos cortos en forma de media luna que le obligaban a montar con las piernas ligeramente flexionadas. En esta postura, dirigía el caballo mediante leves indicaciones de las rodillas, sin utilizar apenas bridas o espuelas y quedaba con ambas manos libres para golpear o defenderse. Se cubría con media armadura y celada y mostraba las calzas rojas que revelaban su condición de noble –“que Lope García dixo a los fijos e criados que matasen a los de calças vermexas, que eran fijos dalgo, que los otros eran omes comunes”– Igualmente se armaban de lanza y arma de mano, aunque su lanza era menos robusta que la de los caballeros de punta en blanco ya su función no era derribar a un coloso blindado, sino atravesar una brigantina o a un infante sin apenas protección.

Si la función de los caballeros de armadura blanca era romper con un choque directo las líneas del enemigo y aplastar sus defensas, en batalla la caballería ligera había de cubrir los flancos del ejército y hostigar al enemigo, envolviéndolo si era posible; Para, tras la victoria, perseguir luego a quienes se retiraban impidiéndoles reorganizarse, aumentar los daños causados y tratar de conseguir un botín lo más sustancioso posible.

En combate –y a fe que durante las guerras de bandos los hubo–, un jinete jamás entraría en contacto directo con un caballero de punta en blanco. Se limitaría a esquivar su acometida y a tratar de destriparle el caballo de un lanzazo. Porque no olvidemos que eso de no atacar al caballo solo era válido en los torneos, cuando parte de la ganancia del vencedor era la cabalgadura del vencido. En la guerra, todo valía –y vale– si te facilita la victoria.

También el equipo del caballo se atenuó, y se sustituyó su armadura pesada por una protección más liviana en cuero o tela acolchada.

El rey Fernando acabaría por imponer este tipo de caballería en Europa. Explotando la devastadora eficacia de la combinación de cuadros de infantes bien entrenados, picas y armas de fuego, la caballería dejó de ser el eje central del ejército y pasó a ser el cuerpo auxiliar encargado de explotar la victoria o minimizar la derrota.

viernes, 27 de noviembre de 2009

La caballería en la edad media. I - Caballería pesada

Al hilo de la última entrada, me gustaría reflejar, aunque solo sea ligeramente, las diferencias existentes entre la caballería pesada, tan en boga en los ejércitos europeos de la edad media, y la ligera, proveniente de los árabes. Empezaré por la caballería pesada, esa que de manera instintiva asociamos a la edad media y nuestros banderizos.
Durante siglos, el sistema de lucha de un caballero cristiano fue el impacto directo. En combate, se trataba de utilizar la enorme masa de sus caballos de batalla para derribar al enemigo o romper sus filas. No se buscaba evitar la lanza del enemigo, sino enfrentarse a ella y quebrarla. Esta caballería pesada medieval montaba a la brida: El caballero, armado de punta en blanco, es decir: con armadura completa de placas, se instalaba sobre un potente caballo, de gran peso y musculatura, que aportaba al conjunto su velocidad y enorme masa.
Para que el caballero pudiera aguantar el brutal impacto que suponía encontrarse con un adversario igualmente equipado necesitaba – lógicamente – una estructura sólida que le soportara. Para conseguirlo, empleaban una gran silla de montar armada sobre un pesado fuste reforzado en cuero y metal con un borrén trasero – el respaldo, podríamos decir – que se alzaba hasta por encima de los riñones para servir de apoyo en el momento del encontronazo, y un arzón delantero que le defendía por completo el vientre y las ingles, e incluso a veces buena parte de las piernas. Se equipaba al conjunto con estribos largos, terminados en pesadas cazoletas de metal, donde encajaba con firmeza un escarpe puntiagudo armado con unas espuelas desmesuradas. Tanto la montura como los estribos estaban concebidos para cabalgar con las piernas extendidas y enfrentarse así con más rigidez y estabilidad al choque.
La silla se fijaba al cuerpo del caballo con tres cinchas: una ventral, que la sujetaba al cuerpo del caballo; una pectoral que abrazaba la parte delantera del animal e impedía que silla y caballero retrocedieran sobre los lomos del caballo; y una posterior que envolvía las ancas del bruto y aumentaba la estabilidad del conjunto, a la vez que impedía que el caballo se lanzara a un galope desbocado con su rígido jinete encima.
Esos formidables bridones (caballos que se montan a la brida, o que se dirigen con las bridas) eran animales admirados y deseados. Y muy costosos. Cuenta nuestro cronista preferido que, en Medina, un judío ofreció mil reales de plata por el caballo “Palomo” que montaba Lope de Valpuesta, hijo bastardo de Lope García. (Recordemos que el sueldo de un profesional bien valorado en la época podía rondar los 10 reales de plata al año)
Cuando se entraba en batalla, se lanzaban en primer lugar unas flechas pesadas en tiro curvo (para que cayeran luego en vertical sobre el enemigo), armadas con grandes puntas arponadas, cuya función primordial era inutilizar los caballos. Estaban diseñadas para penetrar en las grupas y cuello del caballo, de donde no podrían extraerse sin causar graves heridas e incrustadas en los músculos impedirles moverse con libertad. Para preservar la enorme inversión que suponía uno de estos caballos, se les protegía de estas y otras armas con la barda: una armadura de hierro o cuero curtido de vaca que, en diferentes piezas, cubría ancas, cuello y testuz del animal.
Con la sobrevesta para cubrir y vestir la armadura del hombre y la gualdrapa para el animal, y mostrando ambas las armas del caballero, completamos el cuadro que habría de formar este conjunto, poderoso y lento (relativamente hablando claro), que era la unidad de caballería pesada.

viernes, 6 de noviembre de 2009

La Lanza como unidad militar medieval

En la época en la que transcurren nuestras guerras banderizas, era de uso común el que los reyes exigieran a sus nobles el aporte de hombres para sus guerras, del mismo modo que era práctica habitual el que, quien tenía capacidad para ello, alquilara los servicios de sus guerreros al rey por una cierta cantidad de dineros. Y siempre, cuando se hablaba de estas cuestiones, aparece una equívoca medida básica: La Lanza.

En multitud de crónicas encontramos referencias a la Lanza como unidad de combate en los ejércitos banderizos y medievales, sin que den más explicaciones a algo que obviamente ya conocían aquellos a los que se dirigían los escritos, pero que hoy nos puede resulta difícil comprender. Sí sabemos por asientos de la época, que a mediados del siglo XIV hidalgos guipuzcoanos rentaban sus lanzas por 1.500 maravedís anuales pero... ¿en qué consistía exactamente una Lanza?

En primer lugar, decir que una Lanza no era una cantidad exacta de soldados, sino un grupo operativo de combate, sin que se determinara de forma precisa el número de hombres que la habían de conformar.

La unidad militar por excelencia en la edad media era la caballería pesada. Es decir: un hombre montado sobre un potente caballo de guerra, vestido con armadura blanca y equipado de lanza, espada y arma de arzón (aquella que solía portar sujeta a los arreos de su caballo, las más habituales solían ser la espada bastarda, el hacha o el martillo de guerra) Ahora bien, un hombre así armado no es operativo sin una serie de ayudantes y colaboradores, del mismo modo que hoy un carro de combate no marcha nunca solo a la batalla, sino protegido y escoltado por sus servidores y escuadra de apoyo. Pues bien, lo mismo ocurría con un caballero armado. Por norma, iría acompañado de un escudero igual de armado que él, más dos o tres jinetes equipados a la ligera que se encargarían de los caballos de repuesto, palafrenes e impedimenta, a más de cubrirles en los enfrentamientos.

Bueno, a estas alturas ya tenemos que una Lanza habría de consistir en uno o dos caballeros pesados y dos o tres equipados a la jineta (otro día hablaremos sobre la caballería ligera y pesada y sus diferencias). Ahora bien, caballero sin apoyo de infantes es caballero perdido. Así, en varias notas militares de viaje nos encontramos con que todo caballero que marchaba a la guerra llevaba consigo un pequeño contingente de peones a los que asignaban diferentes funciones. En la época de las guerras de bandos solían ser aproximadamente unos once hombres de armas de los que seis se equipaban con lanzas y el resto de ballestas. A estos habría que añadir los criados personales y pajes de los hidalgos que en caso de necesidad supongo también podrían empuñar un arma.

Por lo tanto, podemos aventurarnos a conjeturar que lo que tan generosamente pagaban los reyes castellanos o navarros era una unidad de combate totalmente equipada y bien entrenada, de entre 14 a 20 hombres, compuesta de caballería pesada apoyada por la caballería ligera e infantería, más su propio equipo de logística.

En resumen: un diminuto ejército al completo .

viernes, 18 de septiembre de 2009

El carácter del hidalgo banderizo

Hay muchos aspectos que damos por supuesto sobre quienes habitaban estas “nuestras” tierras hace apenas 500 años. Y la mayor parte de las veces erróneamente. Uno de estos errores comunes es el pensar que su personalidad y escala de valores eran similares, si no idénticos a los nuestros o podríamos asimilarlos en nuestra sociedad actual.
Tendemos a aceptar – o tratan de hacernos creer – que Europa, gracias en parte a su tradición cultural cristiana, siempre ha disfrutado de una sociedad basada en los principios de justicia y equidad tal y como hoy los entendemos.

Tremendo error! En la realidad, su mentalidad resulta tan diferente a la actual como nos resultaría la de una hipotética raza extraterrestre.

Tomemos como ejemplo tipo de banderizo a Lope García de Salazar.

Pronto nos daremos cuenta que realmente no fue nadie excepcional en su tiempo, a no ser por su estatura (2’10 metros, en una época en la que la media de altura rondaba el 1’55). Fue por huir de su forzada inactividad durante los años en que permaneció preso en su propia torre por lo que escribió su historia universal o "bienandanzas", y de esta pretendida enciclopedia histórica, son sus últimos libros -los dedicados a las familias que conocía, las vizcaínas y castellanas con las que trataba - los únicos singulares y los que le han dado una fama que de otro modo no hubiera merecido.
De sí mismo, tras alardear falsamente de no haber sido vencido nunca, escribe que nunca luchó contra nadie por soberbia, solamente mató por su honor y por mantener sus razones o las de su linaje; nunca rompió una tregua que no tuviera derecho a quebrantar (habría que preguntarse quién adjudicaba el derecho a romper una tregua) ni mató ni hizo matar a nadie que no se lo mereciera si lo pudo evitar, que ya les decía él eso de: “guárdate, que ya me guardaré yo”. Eso sí, despreció a los ladrones y dijo la verdad siempre que pudo.

Declaración de principios de un noble medieval, señor de sus siervos, enemigo de sus enemigos y amigo de sus amigos siempre y cuando no hubiera intereses por en medio. La vida de un hombre solo tiene valor si tiene tras él dinero o familia que la soporten.
Existen en las bienandanzas y demás crónicas medievales, numerosas referencias a muertes cuyo castigo quedó impune o solamente supuso el destierro por una corta temporada del asesino. Pero eso sí, siempre que el matador y la víctima fueran hidalgos, porque la persona de un siervo, labrador o esclavo ni tan siquiera valía la tinta que habría de emplearse para transcribir su nombre al papel. No encontraremos el nombre de un campesino mutilado por su señor, el de un niño degollado en el camino, ni el de una moza violada. Solo se pierde el tiempo en escribir que murieron cuando desaparecen en cantidades tan alarmantes, a causa de guerra, hambre o peste, que pueden poner en peligro los ingresos de su señor.

Por cierto, en realidad, la inmensa mayoría de la población medieval pertenecía a estas clases oprimidas. Gentes que también llevaban el nombre de su señor como marca de pertenencia. Un Lope de Salazar podía ser el señor de la casa de Salazar, o el esclavo Lope que le pertenecía. De ahí podemos deducir que la mayoría de los actuales habitantes de estas tierras somos descendientes, no de los nobles hidalgos que las explotaban -aunque llevemos su apellido -, sino de los miserables siervos y esclavos que fueron capaces de sobrevivir a las hambrunas, a las pestilencias y a sus señores.

Para quien le interese, estas son las palabras textuales de Don Lope, extraídas de sus bienandanzas. Habla de sí mismo en tercera persona. Tomo IV, libro XXIV, pag. 345. :

“porque él sienpre fue vençedor en todos logares, segund dicho es, e aun en otras cosas nunca fue vençido ni retraído, que entiende que fue por graçia del Señor Dios, que le fizo para ello, porqu'él nunca cometió guerra contra persona del mundo, a su entender e creer, por sovervia contra razón, sino por guardar onor e razón suya e de su linaje, ni quebrantó treguas non devidamente a sus adversarios ni mató ni fizo matar a persona del mundo ni fue en consejo d'ello a traiçión ni a mala verdad, sino "aguárdate, aguardarme he" e a no lo poder escusar, segund susodicho tiene, e que sienpre puso justiçia en su tierra en lo que pudo e desdeñó ladrones e rovadores e que sienpre guardó verdad a todas personas en quanto pudo.”

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476
Pinchando el cuadro puedes acceder a la galería de fotografías de Tierra Amarga

Bilbao en el siglo XV

Bilbao en el siglo XV
Así se supone que podía ser Bilbao a finales de la Edad Media

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)
La casa, origen del linaje, razón de ser de los bandos

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416
Armas de lujo para los privilegiados de la tierra

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