Bienvenid@ este Blog, que pretende ser lugar de encuentro para todos los amantes de la edad media y sus gentes. Aquí hablaremos de cómo vivían, luchaban y morían aquellas gentes a las que toco vivir durante la edad media en esta Tierra Amarga.

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Tierra amarga, tierra de Banderizos

Este nuevo blog de Iñaki Uriarte -y de todos aquellos que quieran participar en él-, nace con el propósido de convertirse en un pequeño rincón donde exponer noticias, ideas y teorías sobre la edad media, los banderizos, sus luchas y su tiempo.
Un tablón donde colocar esos datos que los eruditos normalmente sobreentienden y que a mí personalmente, como simple aficionado, son los que realmente me interesan. Para mí, hablar de los Banderizos es conocer sus métodos de lucha, sus armas, la importancia que para aquellos hombres podía tener su cabalgadura. Es tratar de entender cómo vivían y qué comían, sus vestidos y sus casas, su tiempo y sus penurias.
Por eso trataremos de colgar anécdotas sobre las banderías, los nombres de los más violentos banderizos, sus peleas y las guerras en que participaron.

Sin miradas tendenciosas, con veracidad, pero también con la curiosidad de quien está vivo y con la ilusión de quien aún recuerda los cuentos escuchados en su niñez sobre guerreros armados de punta en blanco galopando hacia el enemigo sobre su caballo bridón.

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La novela

La novela
Una historia de aventuras, caballeros medievales y oscuros asesinos en serie

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martes, 17 de mayo de 2011

Medidas medievales y III. Las horas y el paso del tiempo en la edad media

En las dos entradas anteriores hemos enumerado las medidas medievales de longitud, volumen y superficie. Ahora trataré de explicar como se medía el tiempo en el medioevo europeo.

En la edad media, el medir el tiempo, como tantas otras cosas, era algo mucho menos necesario –y por lo tanto mucho menos exacto- de lo que lo es para el hombre moderno.

Para aquella gente, el día comenzaba con el sol y moría con este. Pero, pese a todo, de alguna manera tenían que ponerse de acuerdo para concretar las citas, así que fragmentaron el transcurrir del sol según las ocho horas canónicas.

Dividieron el día en cuatro horas y la noche en otras cuatro, divididas a su vez cada una de estas horas principales en tres fracciones. Las horas diurnas comenzaban con el alba y las nocturnas –obviamente- con el ocaso. Esta división, simple pero eficaz, suponía que el tiempo “legal” variaba en función de las estaciones, ajustándose a los período de luz y oscuridad, es decir, a los momentos de actividad o reposo de la gente. El sistema tenía como inconveniente el que las horas solo tenían la misma duración durante los equinoccios (los días de paso de invierno a primavera y de verano a otoño, cuando en la tierra el tiempo de luz dura lo mismo que la noche), pero esto poco importaba a efectos prácticos.

Las horas las marcaban las iglesias y monasterios a toque de campana, sin que se señalaran las últimas horas nocturnas a fin de respetar el descanso de los campesinos.

De esta manera, para las gentes de la edad media, el día comenzaba con una solitaria campanada que señalaba la hora prima, la que marcaba el amanecer, hora de empezar sus tareas. Tres horas más tarde, los buenos frailes indicaban con dos campanadas que había llegado la hora tercia y al llegar el mediodía, con el sol en su cénit, hacían sonar tres veces la campana para indicar que había llegado la hora sexta, tres horas después de la tercia. Seguía a esta (pasadas otras tres horas) la última hora diurna, la hora nona, nombrada con dos toques de campana. Se esperaba entonces la caída del sol para, con el crepúsculo, avisar a los lugareños con tres campanadas que llegaba la hora de vísperas, la primera hora nocturna medieval y el momento de cesar con sus actividades diarias. La seguía la hora de completas, con las últimas cuatro campanadas del día, que indicaban a la congregación religiosa y a la ciudadanía que ya era hora de acostarse. Las siguientes horas eran de silencio y ninguna campana sonaba para marcarlas. Solamente en el interior de los monasterios se alzaban los religiosos al quedo aviso de sus superiores a la medianoche, para rezar las oraciones de maitines en los primeros segundos del nuevo día, para volver a levantarse a orar, siempre tras tres períodos de una hora, con la última hora nocturna, la hora de laudes.

Guiados por el afán moderno de la precisión (ajeno totalmente a la mentalidad medieval) y para mejor entendernos, podríamos decir que, durante los equinoccios:

los Maitines eran a las 0 horas,

Laudes a las 3 de la madrugada

Prima a las 6 (la primera hora del día)

Tercia a las 9 (la tercera)

Sexta al mediodía, las 12. (la sexta)

Nona a las 3 de la tarde (la novena y última hora diurna)

Vísperas a las 6 de la tarde

Completas a las 9 de la noche.

Durante el resto del año… pues qué más daba, si las horas eran o no igual de largas. En realidad, para un villano en su terruño medieval, nuestra obsesión por medir horas y segundos no podía tener el menor sentido.

2 comentarios:

Joselondinium dijo...

Como siempre, Iñaki, iluminas con tu sabidura nuestras oscuridades medievales. Saludos. Jose.

Iñaki dijo...

Como siempre, al servicio de vuesa merced... y al de todos aquellos, siervos, fijosdalgo o villanos, que se dignen visitarnos.

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476

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Bilbao en el siglo XV

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Así se supone que podía ser Bilbao a finales de la Edad Media

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)

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La casa, origen del linaje, razón de ser de los bandos

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416

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Armas de lujo para los privilegiados de la tierra

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