Bienvenid@ este Blog, que pretende ser lugar de encuentro para todos los amantes de la edad media y sus gentes. Aquí hablaremos de cómo vivían, luchaban y morían aquellas gentes a las que toco vivir durante la edad media en esta Tierra Amarga.

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Tierra amarga, tierra de Banderizos

Este nuevo blog de Iñaki Uriarte -y de todos aquellos que quieran participar en él-, nace con el propósido de convertirse en un pequeño rincón donde exponer noticias, ideas y teorías sobre la edad media, los banderizos, sus luchas y su tiempo.
Un tablón donde colocar esos datos que los eruditos normalmente sobreentienden y que a mí personalmente, como simple aficionado, son los que realmente me interesan. Para mí, hablar de los Banderizos es conocer sus métodos de lucha, sus armas, la importancia que para aquellos hombres podía tener su cabalgadura. Es tratar de entender cómo vivían y qué comían, sus vestidos y sus casas, su tiempo y sus penurias.
Por eso trataremos de colgar anécdotas sobre las banderías, los nombres de los más violentos banderizos, sus peleas y las guerras en que participaron.

Sin miradas tendenciosas, con veracidad, pero también con la curiosidad de quien está vivo y con la ilusión de quien aún recuerda los cuentos escuchados en su niñez sobre guerreros armados de punta en blanco galopando hacia el enemigo sobre su caballo bridón.

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La novela

La novela
Una historia de aventuras, caballeros medievales y oscuros asesinos en serie

Y su trailer

martes, 31 de diciembre de 2013

Batallas medievales

Es una idea bastante generalizada el considerar  las batallas medievales  como dos masas de individuos enfrentados los unos a los otros sin orden ni concierto. Como también se da por aceptado el que las batallas en aquellos años se resolvían en una serie de combates individuales entre los diferentes individuos que formaban los contingentes enfrentados.
Según esta disparatada teoría, dos muchedumbres de hombres, a pie o a caballo, todos cargados de hierro y blandiendo hermosas espadas, cargaban lo más rápido que les permitían sus piernas o sus caballos contra el enemigo. Cuando se encontraban, se trababan en lucha singular con el contrario que les caía más cercano hasta derribarlo para cargar entonces contra otro hasta que uno de los contendientes era arrollado o huía.
Nada más lejano de la realidad. Resulta complicado el admitir que caballeros y reyes, expertos en sus ocupaciones y  veteranos de mil batallas, se enfrentaran de esta manera.
Infinidad de tratados militares medievales y anteriores (hay que leer a Vegecio) detallan la correcta disposición de las tropas para optimizar los resultados, en función de las gentes de que se disponga y sus equipamientos. Pero, además, alguno de los protagonistas de aquella historia nos ha dejado narraciones perfectamente detalladas de cómo resolvían estos conflictos.

Un experto en aprovechar al máximo el terrero y sus recursos, fue nuestro ya buen amigo Pero Niño. Y a él nos remitiremos para detallar la disposición de hombres y armas en una batalla medieval real.
Nos cuenta el cronista que, tras tomar tierra al mando de unos dos mil hombres, en la isla de “Jarsey” (supongo que se refiere a Jersey) dispone todas sus fuerzas a pie en dos haces, o batallas, (batalla o haz era como denominaban en aquellos años a las secciones del ejército en formación de combate) distribuidos de la siguiente manera:
Ordena la primera haz en dos alas de 60 paveses cada una, tras las que sitúa todos sus ballesteros y arqueros (frecheros) protegidos por lanceros (pillartes). A estos soldados les apoyan el resto de gente mal armada de la expedición,  que se encargarán de lanzar dardos, venablos y piedras (con onda o a mano) a los atacantes y entrar en el cuerpo a cuerpo si hubiera ocasión. Tras dejar un hombre de armas con la bandera de señales en esta primera batalla,  retrocedió Pero Niño como treinta o cuarenta pasos para formar su segunda haz, la formada por los hombres de armas. Estos, tanto caballeros como peones, y al contrario que la primera haz que estaba  formado por la infantería ligera, venían equipados con protecciones corporales, yelmos, petos, perpuntes, cotas y corazas, esgrimían  lanzas y portaban al cinto hachas, espadas y dagas. Constituían esta su segunda haz de infantería pesada unos mil hombres de armas, castellanos, bretones y normandos. Cada uno con sus estandartes y banderas de señales y tras ellos, la bandera de Pero Niño, que debía indicar los movimientos de las tropas y secciones.
Junto a su bandera, el capitán dispuso las bocinas de señales y esperó al enemigo.

Para tener una idea más exacta de lo que suponía esta disposición de tropas, tenemos que ser conscientes de que el hombre medieval medía –generalmente- entre 1’50 y 1’60 metros y de que un pavés medio alcanzaba 120 centímetros de altura por 60 de ancho.  Cualquier hombre quedaba entonces perfectamente cubierto por un solo pavés.
Por lo tanto, la disposición de dos alas de 60 paveses cada una, habría de enfrentar a los ingleses (unos tres mil a pie, incluyendo a sus famosos arqueros,  a los que se sumaron doscientos a caballo) una muralla de madera y cuero, insensible a cualquier proyectil que pudieran arrojarle. Tras ese muro infranqueable, los diferentes lanzadores se complementan para cubrir todo el campo. Los arqueros alcanzan más distancia y son más rápidos que los ballesteros, pero estos tienen un tiro recto mucho más potente, capaz de causar baja a través de armaduras y cotas, los mal armados lanzan piedras y venablos a los que consiguen sortear flechas y virotes y los armados con lanzas se encargan de quienes consigan acercarse.  
Tras esa pared de proyectiles, fuera del alcance de las flechas enemigas, los hombres de armas esperan que la primera haz desbarate los arqueros enemigos para entrar en batalla.
Como se puede comprobar, todo perfectamente previsto y calculado.


Y del resultado de la batalla, hablaremos en el siguiente artículo.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Guerra Justa

Para cerrar los comentarios sobre el sexo medieval (al menos de momento) me gustaría dejar indicado lo que para el Conde Buelna, señor de la guerra entre los siglos XIV y XV, deja escrito respecto a la violación en tiempos de guerra.
Pero Niño nos habla del concepto de guerra justa y, una vez más, nos encontramos con que la mentalidad medieval dista mucho de ser ni tan siquiera semejante a la de un occidental del siglo XXI. Aunque la imagen de despiadados guerreros, sedientos de sangre y violadores de doncellas, que las películas y series de televisión nos dibujan de los caballeros medievales, poco o nada tiene que ver con lo que realmente eran nuestros banderizos.
Ni eran caballeros buscadores del Grial, ni bestias sanguinarias. Eran, simplemente, hombres de negocios empeñados en  ejercer de la manera más eficaz su profesión.
Batalla de Worringen
En fin, como veo que me estoy enrollando sin atacar al meollo de la cuestión, paso a detallar lo que en El Victorial, dice el biógrafo de Pero Niño sobre lo que se considera Guerra Justa.

Deja escrito que, en guerra de cristianos, se debe hacer "guerra justa" e indica las cuatro condiciones que una guerra ha de tener para poder considerarla justa:
1- En ella no se debe matar al enemigo prisionero o ya vencido. Se le debe perdonar la vida, aunque si tiene algún valor se le puede tomar como rehén o esclavo.
2- Se deben respetar las Iglesias y sus pertenencias. Como se debe respetar a quienes se refugien en su interior. Solo, en caso de necesitarlo para poder continuar vivo, se puede tomar la comida y vituallas propiedad de la Iglesia que se necesiten, dejando el resto que no se ha de llevar de botín. Esta es una de las razones (a más de que la iglesia solía ser el edificio más resistente del pueblo) por la que, en caso de ataque, la gente se solía refugiar en las iglesias cercanas.
3- No quemar panes ni casas, que supondría el hambre y desolación para la gente humilde que vivía en las tierras atacadas. El propósito de la guerra es sacar beneficios, no destruir al enemigo. El arrasar los campos atacados solo se podría hacer en caso de que el enemigo lo hubiera hecho antes o hubiera asaltado iglesias en nuestras tierras.
4- Y por fin, e hilando con el post anterior, Pero Niño afirma que se han de respetar a las mujeres, y no tomarlas ni casadas ni solteras. Y que si alguno la tomara contra su voluntad, ordena don Pero que su propio compañero lo mate allí mismo, o que si cualquier otro lo supiera, le dé muerte allá donde lo halle.

Como se puede comprobar, el respeto a la voluntad y el derecho de la mujer, está perfectamente claro. No son objetos sexuales ni deben ser sujetas a violencia, ni tan siquiera en circunstancias tan brutales como puede ser una batalla. 

Pero... todo esto solo sirve en guerras de cristianos, cuando se trata de combatir moros o similares, no existe limitación alguna al daño (ya lo demuestra él mismo en sus crónicas por tierras africanas). Solo los cristianos son personas y cuando el enemigo es de diferente color o religión, no tiene porque ser considerado humano y por lo tanto no está sujeto a las leyes que para con nuestros semejantes debemos respetar.
 ¿De verdad eran tan diferentes como afirmábamos al principio?

sábado, 9 de noviembre de 2013

Sexo medieval

Como tantas otras cosas, el sexo en la edad media se vivía de manera completamente diferente a como hoy lo entendemos. Y como es habitual, no era nada parecido a lo que comúnmente se cree.

De entrada, el famoso y tan socorrido en películas y novelas derecho de pernada, nunca existió.
Los señores tenían derechos fiscales sobre los siervos y el matrimonio podía suponer la desnaturalización de alguno de los contrayentes. Como esto podía suponer una pérdida de ingresos para su patrón, y como toda ocasión es buena para grabar con impuestos a los que no se pueden defender (¿de qué me suena a mí esto?), cuando un siervo libre se quería casar tenía que pagar cuatro sueldos a su señor.
¡Tenían que pagar impuestos para casarse! ¡Pobres campesinos medievales, como les explotaban!
Canecillo gótico.
Fotografía de José Luis Santos Fernández
El mito del traído derecho de pernada, bautizado inicialmente como lus primae noctis, o derecho a la primera noche, nace a principios del siglo XIII en el Estout de Goz. En este poema, escrito por un monje de Mont Sant Michel, en Francia, se describe lo terrible que sería para sus siervos el que prefirieran servir a un señor laico, capaz de los mayores excesos, incluso el obligarles a entregar la virginidad de sus novias. Aberración que, claro esta, los buenos monjes que les cobran sus impuestos no tienen intención de cometer para con sus fieles vasallos.
El bulo va creciendo hasta que en vísperas de la revolución francesa, Voltaire, para denigrar la imagen de la nobleza y exacerbar aún más el odio del pueblo hacia esta clase social, se inventa el término derecho de pernada.
Para aumentar aún más la confusión, en las Hispanias existía el derecho de cuarto, o derecho de pernil. El señor tenía derecho a una pata de cada cuadrúpedo de sus siervos y vasallos. De cada vaca, cerdo o cabra que se les muriera o mataran, una pata debía de ser entregada al señor. Más de un investigador insinúa que los ignorantes, o los mal interesados, mezclaron churras con merinas y acabaron confundiendo el derecho de pernil con el derecho de pernada.
En resumidas cuentas, el señor medieval, jamás tuvo derecho a violar ninguna novia. De hecho, durante el reinado de Alfonso X, se penaba con 500 sueldos de multa y, lo que resultaba mucho más gravoso al infractor, con la privación de todos sus cargos, a quien desflorara a una novia antes de su boda. 
Lo que realmente pasaba es que en aquellos tiempos el sexo no era algo tabú ni se escondía, ni era motivo de vergüenza. Era algo natural, cotidiano, que practicaban humanos y bestias con la misma espontaneidad y sencillez. Y su representación a parecí en iglesias, catedrales e incluso el mismo tapiz de Bayeux, ornamento de la catedral de Bayeux, muestra en sus márgenes algunas escenas de claro contenido erótico.

Una de las imágenes eróticas del
 tapiz de Bayeux
Lógicamente, los poderosos abusaban de su preeminencia, como en el resto de la vida y situaciones, y el sexo no era una excepción.
Pero, además, para la nobleza, el sexo era, o podía ser –como el resto de sus actos-  cuestión de honor. Ni más ni menos que los demás aspectos de su vida cotidiana. Era cuestión de honor el que no se pescara salmón en sus ríos, que no le robaran castañas los del apellido rival a una de sus campesinas, o que  el primogénito de los Capuletos se acostara con la niña de los Montescos. 
Al final, siempre resulta que el honor se limita a influencia, dinero y prestigio.

Ahora, pasamos a unas divertidas anécdotas, narradas por nuestro cronista preferido, sobre como vivían el sexo y las relaciones sentimentales nuestros banderizos.

Como ejemplo preclaro de la relación entre señor y siervo, valga los comentarios de Lope García de Salazar sobre su antepasado del mismo nombre, que tuvo ciento veinte hijos e hijas bastardos porque tenía gracia de preñar a toda mujer moza (recordemos aquí que moza se entendía entonces como virgen) de sus tierras.
Pero esto, que podría resultar una monstruosa aberración a los ojos de una personal normal del siglo XXI, no suponía especial deshonra para nadie. Ni para el señor, la moza ni el bastardo. Los hijos, reconocidos por su padre, toman el nombre de Salazar o de su madre, según prefieran, y adquieren derechos, tierras y posición. De igual modo, las hijas desposan con escuderos o hidalgos y ambos, varones o hembras,  pueden dar lugar a linajes propios.

Aunque los celos y violencias por el honor tampoco eran ajenas en aquellas fechas.
Cuentan que, muerto don Pero de Agüero en la Coruña, quedó huérfano su hijo Pero de dos años, como tutora su joven madre, doña María de Velasco y como gobernador del solar a su hermano García de Agüero. Este buen don García era hombre de fuerte temperamento no se sabe si porque pretendía mantener intacto la influencia y poder de la familia, porque le gustaría conseguir de su cuñada viuda algo más que el reconocimiento fraternal de sus esfuerzos o porque era hombre celoso del honor de su hermano muerto, el caso es que cada vez que la desconsolada viuda encontraba un hombro amable donde descargar sus penas, el bueno de García montaba en cólera.
Un inciso para recordar que en la edad media desposaban las mujeres apenas eran fértiles, en torno a los 14 o 15 años. Por lo tanto, una viuda con hijo de dos años es de suponer que tuviera entre 18 y 20 años.
Así que cuando en una visita a su cuñada se encontró que ésta estaba encamada con Pero González de Cornizo de Santander lo mató en el propio palacio de Agüero, y por la misma razón degolló a Diego de Ralas.
La buena de María debía de ser mujer bonita y ardiente, porque no tardó mucho en encontrar consuelo entre los brazos de Juan Sánchez de Alvarado, anciano de ochenta años. Pero no debía de ser muy discreta, porque su cuñado les encontró una noche a ambos en la misma cama. Nuevamente sacó su genio a relucir don García y, tras cortarle las turmas al pobre anciano, lo montó en su mula y lo devolvió a su casa en Laredo, donde murió al cabo de treinta días.
Se sabe que la pobre viuda acabó más  que harta de su cuñado, porque aliándose con algunos otros apellidos que también le tenían ganas al tal don García, lo prendieron una noche en casa de su madre, donde dormía, y lo decapitaron con la aquiescencia del Conde y el corregidor.
Es de suponer que a partir de ese momento la joven viuda pudo dedicarse con más tranquilidad a llevar su hacienda y a las laboras propias de su condición. 


miércoles, 30 de octubre de 2013

Vizcaínos en las Navas de Tolosa

Los banderizos no solo peleaban entre ellos. Gentes entrenadas, aguerridas y bien equipadas, eran soldados apreciados por sus señores y reyes.
Ejemplo preclaro y representativo de la mentalidad de aquellos bizarros caballeros, es la participación de los vizcaínos en la más grande batalla medieval jamás disputada en tierras hispanas, la batalla de las Navas de Tolosa, en la que participó, dirigiendo la vanguardia cristiana, el señor de Vizcaya don Diego López de Haro, al que llamaron el Malo, por ceder Alarcos a los musulmanes.

Dirigía las tropas cristianas el rey de Castilla don Alfonso, que colocó a su derecha al rey de Navarra, reforzadas sus fuerzas por ricos hombres y gentes de los concejos castellanos, y a su izquierda al rey de Aragón.
El rey castellano formó con sus más allegados la retaguardia del haz central. La medianera correspondió a las órdenes militares junto a diferentes concejos castellanos y la vanguardia, como hemos dicho, la adjudicó al señor de Vizcaya y sus gentes, acompañado por sus hijos Lope y Pero y los señores de los Cameros.

Cuando estaban formadas las haces, dispuestas frente al enemigo, un temor cruzó el rostro del joven Lope. Equivocando la actitud de su padre en Alarcos, temió que en tamaña situación no supiera hacer frente al mayor ejército reunido hasta la fecha por los almohades, de manera que acercó su bridón al de su padre, descabalgó, y de rodillas ante su padre y señor, le dijo:
- Señor, os pido por merced que no repitáis los hechos de Alarcos, que mantengáis la cara al enemigo y que nadie, después de hoy, me pueda llamar hijo de traidor.
Don Diego, miró de arriba abajo a su hijo y, con media sonrisa en el rostro le respondió:
- Hijo mío. A ti, te podrán llamar hijo de puta, pero jamás hijo de traidor. Ahora bien, la demostración la tendremos ahí abajo -Le señaló las tropas musulmanas-. En este mismo lugar veremos si eres capaz de seguirme y como me guardas.
Lope Díaz besó las manos de su padre y le respondió:
- Señor, os guardaré como un hijo debe guardar a su padre y como un vasallo sirve a su señor.

Sin más palabras, cargaron al frente de las tropas cristianas alcanzando don Diego la primera sangre y realizó tales proezas aquél día que a partir de entonces le llamaron don Diego el Bueno.
Y fueron en esta batalla buenos caballeros sus hijos Lope y Pero Días, y don Ferrand Sánchez de Salcedo, Señor de Ayala y don Rodrigo Sánchez de Salcedo, su hermano y otros caballeros noveles a los que los sarracenos habían matado a sus padres en Alarcos.


lunes, 9 de septiembre de 2013

La guerra en la edad media

Una de las grandes fuentes de información sobre la vida y la milicia en la baja edad media, son las crónicas de Pero Niño, también llamadas el Victorial.
En este libro, se nos cuentas las hazañas de don Pero Niño, Conde de Buelna y Señor de Cigales y de Valverde. Fue escrita en el año 1436 por Gutiérrez Díez de Games, alférez que fue de Pero Niño.
Torre de Pero Niño en San Felices de Buelna.
Fotografía de PB Obregón
Extraordinaria fuente de información, con su lectura comprenderemos mejor la mentalidad medieval. Y para empezar, tomaremos un breve texto en el que el cronista nos relata, con meridiana claridad, y sin ninguno de los pudores con que la civilización actual nos condiciona, cuales eran las verdaderas razones por las que los hombres del medioevo partían a la guerra y lo que su señor esperaba de ellos: no la devoción a la corona, ni el valor, ni tan siquiera la victoria heroica sobre el enemigo, lo que se busca es, simplemente, la obtención de unos recursos que justifiquen el desembolso que ha supuesto para su patrono el equipar el ejército del que forman parte.  

En el Victorial se nos cuenta, entre otras muchas de sus hazañas, como teniendo Pero Niño cumplidos ya los veinticinco años, el rey de Castilla, Enrique III, le concede el mando de unas galeras equipadas por la corona con el encargo principal de dar caza a unos corsarios castellanos que robaban y saqueaban las costas del mar de Levante. Harto de sus tropelías, el rey mandó aparejar en Sevilla las galeras y ordenó que se escogiesen para tripularlas a los mejores marineros y comitres, que fueran equipadas con los más fornidos y animosos remeros y que eligieran a los que fueran experimentados ya en la mar de levante. También  dispuso el reclutamiento de los mejores ballesteros mareantes, duchos y probados en armar sus ballestas al cinto. Equipó luego con las mejores armas las galeras y a sus tripulantes, a los que pagó por anticipado las pagas acordadas y entregó además a Pero Niño buenas monedas de oro y plata para que dispusiera de capital que gastar en las ciudades y reinos extraños que visitara.
Ballestero cargando "al cinto"
Arriba a la izquierda, la avancuerda que,
sujeta al cinto, permitía tensar la cuerda
haciendo fuerza con la pierna sobre
el estribo.
Presta la expedición, parte el señor de Cigales perfectamente equipado en busca de los corsarios. Pero, tras varias jornadas de navegación y como las galeras no conseguían localizar a los corsarios por entre las islas mediterráneas donde esperaban encontrarlos, deciden posponer para mejor ocasión su castigo y decide acercarse a las tierras vecinas en busca de algún otro medio con que rentabilizar la partida que se le ha encomendado. No tardan en descubrir un aduar dedicado a la agricultura vecino a la costa. Buen militar y eficiente estratega, Pero Niño organiza una avanzada que evalúe la capacidad militar del nuevo objetivo y la configuración geoestratégica del lugar. A sus hombres les ordena que evalúen la cantidad y calidad de los ganados y demás riquezas del poblado, así como los mejores caminos de aproximación y retirada. Una vez en posesión de cuantos datos necesita un buen general para asegurarse el buen término de su campaña, Pero Niño reúne a sus hombres en las galeras. 
Todos esperan las palabras de su capitán, saben de su valía y están dispuestos a obedecer sus órdenes fueran cuales fueren. La espera aumenta la tensión entre los hombres y el señor de Cigales juega con ella hasta que considera llegado el momento adecuado para comenzar su exhorto. Les recuerda entonces que están allí por gracia de su majestad el rey Enrique, que les ha pagado sus buenos dineros para que cumplan con el trabajo que se les  encomienda y que ha gastado una fortuna en equiparlos y pertrecharlos con el mejor armamento.
Por todo ello, les dice: siendo como son hombres enteros y bien nacidos, deben agradecer su generosidad volviendo a Sevilla con muchas mercancías y las mayores ganancias posibles.
Convencidos todos por las razones del capitán, desembarcan en tierra firme perfectamente armados para atacar la aldea. Determina entonces don Pero donde debe colocarse la bandera y las trompetas de señales, quienes han de realizar la avanzada y quienes controlar las entradas y salidas del lugar,  indica qué gentes deben quedarse junto a la bandera y quienes habrán de asaltar el pueblo y ordena a sus hombres cautivar y matar y poner a fuego el aduar. Además, en vista de que la retirada podría complicarse si los soldados cargaran con un botín demasiado pesado, ordenó también que no tomasen cosa alguna que los estorbara en su retirada, salvo hombres y mujeres y criaturas. Y que a los que no pudiesen traer, que los pusiesen a espada y que los matasen.

Más claro, imposible. Las palabras del cronista, en un libro escrito por encargo de quien a de ser su protagonista exclusivo, consagrado a ensalzar las proezas y bien hacer de don Pero Niño, señor natural del autor, son más que reveladoras de la mentalidad medieval. 
La moral moderna es incapaz de comprender los principios por que se regían aquellos hombres y siempre que intentemos juzgarlos desde una perspectiva actual habremos de caer en los errores maniqueístas que ya hemos comentado otras veces.



viernes, 19 de julio de 2013

Lanza mareante

Ya hablamos en un artículo anterior sobre la lanza como unidad militar medieval, indicando que era la unidad básica de caballería, formada por caballería pesada, ligera y  hombres de a pie.
Veíamos como se denominaba así, no solo al arma por antonomasia del caballero (pues era este arma la que identificaba al caballero, que no la espada como se suele suponer), sino a un grupo de soldados bien entrenado, completamente equipado y perfectamente estructurado.

Pero también se daba el nombre de lanza a otra pequeña unidad  militar, esta vez en el cuerpo de marina. Se trataba de la lanza mareante, pagada a perpetuidad y en buenos maravedíes (en torno a los 2000 por unidad) por el monarca de turno a los jauntxos que se las alquilaban.
En muchos de los casos, acompañaban a estas lanzas ballesteros, también mareantes, todos ellos soldados especializados en el combate en la mar.
Es muy difícil llegar a determinar la composición de estas lanzas mareantes, ya que ciertos autores mantienen que se trata de un simple lancero entrenado en el combate sobre las embarcaciones, aunque me resulta tremendamente difícil de creer que el rey que fuera pagase semejante dineral por un solo hombre armado. Es más creíble que se tratara, como en la lanza de caballería, del equivalente medieval de una escuadra militar actual, unos cuatro o cinco hombres, equipados con armas de mano, dirigidos por un cabo y a los que habitualmente acompañarían un cierto número de ballesteros que les ofrecerían cobertura a distancia.

Para terminar, e ilustrar mi afirmación anterior respecto a que el arma que identificaba a un caballero medieval era la lanza y no la espada, nada mejor que transcribir dos ejemplos de nuestro insigne cronista. Don Lope de Salazar nos cuenta que:

Don Sant García, al que llamaban el cabezudo –no se sabe si porque la tenía muy grande, o por que la tenía muy buena, que ambas cosas de él se decían- era señor de las Urcavuscas y las aldeas del valle de Orduña, que se las ganó por lanza a don Lope de Mendoza, su cuñado.

Y abundando en esta apreciación, me parece definitivo el que cuando los San Pedro llamaron a Pero López para que les ayudara en los conflictos que tenían con los Ezpeleta, que ya habían decapitado a su suegro, vino a buscarlo Velche de Ezpeleta para decirle:
- Pero López, como bien sabes, yo soy aquí tenido por el hombre más esforzado y experto en hechos de armas de esta tierra y creo que a vos os han traído para vengar la muerte de vuestro suegro diciendo que sois la mejor lanza de toda Guipúzcoa. Maté a vuestro suegro en buena pelea, cuando él trataba de matarme a mí. De manera que, si os parece, peleemos nosotros dos hasta que uno de los dos, o ambos si hiciera falta, muramos.
Aceptó Pero López y Pero López vengó a su suegro matando a su asesino en combate singular.


Como podemos ver, el cabezón ganó sus tierras por la lanza, que no por la espada, y don Pero era la mejor lanza de toda Gipuzkoa, no la mejor espada. Porque era la lanza y no la espada el arma que definía a un guerrero medieval, como el revolver lo hacía con el pistolero del Far West.
Digan lo que digan Hollywood y los pseudo-intelectuales de turno.

martes, 9 de julio de 2013

La Torre, símbolo y esencia del banderizo

En los anteriores artículos hemos comentado como se constituía un nuevo linaje.
Tras ampliar la familia con los nuevos parientes, acumulado suficientes fuentes de beneficios como para mantener el nuevo estatus conseguido y ayudar a sus dependientes a medrar, y reunido en torno al núcleo familiar un grupo de hombres de armas lo suficientemente fuerte como para poder defenderse, al nuevo Jauna le llegaba el momento de realizar el acto definitivo del linaje, levantar una casa fuerte. Debía ser una construcción fácilmente defendible y bien situada, donde protegerse ellos y sus bienes, a más de constituir un lugar de referencia para sus gentes desde donde dirigir el conglomerado de tierras, bienes y personas que conforman el nuevo linaje.
El linaje de Arançivia es de buenos fijosdalgo e el primero que lo fundó fue Pero Ortiz de Arançivia, fijo vastardo de Furcán Garçía de Arteaga, el Viejo, que lo ovo vastardo, e fizo la torre de Aranavia e ayuntó muchos parientes e fizo solar.
E  hizo solar, en su primera acepción de la r.a.e.: casa, descendencia, linaje. Por fin la casa de Arancibia se constituyó como un apellido a respetar. Creó la base desde la que prolongarse en el tiempo y trasmitir su sangre y sus valores.
Esta torre o casa fuerte, habitualmente se nombrará por el topónimo (el nombre por el que se conoce el lugar) donde se alza y da valor de institución al nuevo solar o linaje, que tomará su nombre como apellido a partir de ese momento renunciando al que hasta entonces había llevado.
Esta nueva torre ha de cumplir tres funciones básicas: ha de ser fortaleza, símbolo del nuevos estatus alcanzado y hogar del señor.
La más básica sería de madera –elemento barato, abundante y que permite una construcción rápida si es necesario- contrita sobre base cuadrada, de dos alturas y tejado a dos aguas. Pero esta solo podía cumplir una función defensiva, carecía de las otras dos premisas necesarias para poderla considerar cuna del apellido.
Importante también era su ubicación para poder controlar y defender los puntos estratégicos para los intereses del linaje y estos lugares se elegían en función de cual fuera la base de la riqueza del apellido. Si este era el comercio, la torre había de controlar los pasos y caminos obligados de personas y mercancías. Así tendría controlada a la competencia y se facilitaría a su vez el propio comercio y la distribución de los bienes producidos. Si la riqueza de la familia provenía la producción de energía (las aceñas o molinos), de ferrerías o ermitas, la torre se situaría en sus cercanías para protegerlas.
Torre de Etxaburu. Fotografía de Txemi Ciria
En más de un caso el nuevo linaje provenía de comerciantes o agricultores con posibles, que habían alcanzado la suficiente fortuna como para levantar en sus tierras o su villa un palacio o caserío. Solo cuando se consideraron seguros de su poder y convencidos de poder preservarlo, le decidieron a reconvertirlos en torres para poder fundar solar. Así, a su casa solariega, le añadirían adarves defensivos, ladroneras, aspilleras, cercas y fosos para indicar a sus vecinos su nuevo estatus, que estaban dispuestos a defenderse y que disponían de los medios adecuados para hacerlo.
Bien sobre el caserío ya levantado, bien de nueva construcción, el nuevo linaje marcaba su nueva posición social con una torre de piedra que demostrara a quien la viera su éxito y poder, demostrando a sus vecinos que podía construirla y estaba dispuesto a defenderla.

Ejemplo de cómo el buen dinero permite fundar linaje y alcanzar alianzas con las familias más fuertes puede ser el linaje de Iraeta:
la mar. Ehijos e dos hijas. E el hijo mayor fue Juan Beltrán, que casó en el solar de Achoga e hizo el solar por los muchos dineros que le dio su padre, e Martín Sanz de Iraeta, el hijo menor, casó en Zaráuz; y tuvo el solar de Iraeta una hija que casó en Olaso e la otra en Loyola.
Para cumplir con su función militar, las torres se construían normalmente con gruesos muros (de más de metro y medio de espesor) con su parte baja ciega o, a lo más, con unas pocas aspilleras. También se dotaban de aspilleras y saeteras al resto de pisos, almenas en su parte más alta, voladizos y patines que defendieran su entrada, cadalsos, castillejos y cuantos otros elementos defensivos pudieran añadírsele. Elevadas sobre el terrero circundante y con su perímetro bien defendido, normalmente por un foso más o menos profundo que se puede complementar con un barreado (empalizada), una mota (amontonamiento de tierra) o con una muralla de poca altura construida de piedra o mampuesto.
Solían ser cuadradas o cuadrangulares, de unos diez metros de lado y entre doce y veinte metros de altura, con tres o cuatro pisos unidos entre sí por el interior mediante escaleras de madera. Como de las técnicas constructivas no eran especialmente depuradas, para conseguir esa altura se sobredimensionaba el espesor de las paredes de los pisos inferiores, sobrepasando en muchos casos los dos metros de ancho, mientras las paredes último piso podían ser de madera y yeso con apenas 30 o 40 centímetros de espesor.
La planta baja, con suelo de tierra apisonada y de hasta seis metros de altura, era utilizada como cuadra, almacén o caballeriza y por razones higiénicas y defensivas no solía tener conexión directa con el resto de la casa.
A la primera planta se accedía habitualmente por una escalera exterior dotada de patín. Era normalmente la planta de más altura de la casa, con suelo de tablazón –muchas veces con ranuras desde donde deshacerse de los desperdicios arrojándolos al piso inferior,  y era donde se disponía la cocina, la sala común y los dormitorios de los criados.
La segunda plana o principal, era la residencia del señor, lejos de las humedades y ruidos del primer piso, con más luz y mayores ventanas y lujosamente amueblada con alfombras y tapices, y  desde donde -solo en algunos casos- se tenía acceso a una cuarta planta, también residencial.
La distribución interna se lograba separando los ambientes mediante cortinas o maderamen y se remataban por tejados a cuatro aguas o terrazas. Siempre de gruesos maderos que resistieran tanto las inclemencias del tiempo como los bolaños que les pudieran arrojar sus posibles agresores.
Normalmente, solían construirse orientadas al sur, para aprovechar al máximo el calor del sol, con muros dobles de mampuesto que se rellenaban con mortero, escoria o grava y a los que dotaban de esquinales de sillería que les dotaban de mayor robustez. Quien disponía de más posibles, empleaba el sillarejo, y solo unos pocos se podían permitir el levantar su torre enteramente de sillería.
Si aumentaba la familia y creía el poder del apellido y sus sirvientes, al cuerpo principal se podían adosar los que llamaban palacios, otras estructuras -esta vez de madera en su totalidad- dende habitaban el servicio y criados.
Eso sí, es la fachada principal de la nueva torre, siempre habría de lucir, orgulloso y desafiante, el escudo policromado del apellido.


lunes, 17 de junio de 2013

El origen del Linaje (y III) La gens romana, la familia y sus clientes

Ya hemos determinado anteriormente que el linaje era la agrupación de familias descendientes de un antepasado común. A estos individuos unidos por lazos familiares se les añadían los que entonces llamaban parientes, aunque no tenían porque tener vínculos de sangre entre sí, eran los encartados, criados, contratados, siervos, collazos y esclavos que trabajaban para la familia original y constituían todos juntos un linaje que llevaba el nombre de aquél primer antepasado. Estos linajes se unían entre sí por lazos de sangre o intereses comunes y formaban una superestructura a la que dieron en llamar bando.

Esto que a día de hoy nos puede parecer algo extraordinario y privativo de nuestros banderizos, algo que podría distinguir a nuestros antepasados del resto de la humanidad, resultaba simplemente el medio más eficaz para sobrevivir y medrar en una sociedad desestructurada como era la europea en la alta edad media, un medio que había probado su eficacia desde siglos atrás. Sus gentes, a la caída del imperio romano, sin un estado fuerte que organizara territorio e hiciera evolucionar su sociedad, se mantuvieron en las estructuras básicas romanas, aquellas vigentes en este territorio antes del crac social que supuso la llegada de las tribus bárbaras del norte.
Porque, nos guste o no, fue precisamente allí, en la península vecina, donde  se cimentaron las bases estructurales de la sociedad medieval peninsular, ordenadas sus gentes, atribuciones y fuerzas desde siglos atrás en linajes y bandos.
Aunque ellos los llamaron familia y gens.
La gens era la estructura social original de los romanos antes de que naciera un estado fuerte que aglutinara y protegiera a su población, en un período donde los individuos debían sobrevivir por sus propias fuerzas, sin una superestructura administrativa que les amparara. La formaban todos los descendientes de un mismo antepasado, propietario de tierras, que se distinguían por su cognomen o apellido. Estos a su vez componen familias diferenciadas, que se integran en la macroestructura de su gens aportando sus gentes, clientes y posesiones, tierras, bienes y esclavos. Los romanos llamaban clientes a aquellos hombres libres que aceptaban la protección de un ilustre -o noble- situado en una posición más alta en la escala socieconómica. Al ser aceptado como cliente, entraba a formar parte de de la familia de su patrón y aceptaba la autoridad del paterfamilias o superior de la gens a la que pertenecía su patrón. Esta disposición social permitía a los individuos con pocos recursos, formando parte de un grupo mucho más poderoso como era la gens, sobrevivir y crecer a salvo de sus vecinos hostiles más fuertes.
La forma de entrar a una gens podía ser el nacer dentro de su seno o ser aceptado como cliente por quienes ya formaban parte de ella.
Finalmente, la gens romana pierde su importancia vital ante la llegada de una estructura social superior como es el estado. Con el nacimiento de la república y luego con el imperio, la gens se incrusta en el nuevo orden social tratando de mantener sus recursos y poder, para ello se enfrenta a las otras gens por hacerse con los resortes económicos y políticos de la nueva sociedad hasta hacerse tan poderosas que llegan a hacer peligrar el estatus del propio ponen en peligro al propio monarca. Pero finalmente, este sistema básico de estructuración de la sociedad agraria prácticamente desaparece y se diluye en la nueva ordenación social más homogénea y eficaz.
La única diferencia real entre nuestro Pariente Mayor y aquél Paterfamilias, más allá de la propia nomenclatura, es el componente religioso que el romano incorporaba. Independientemente de cómo los nombremos, es evidente que los bandos, exponente último de los linajes y razón de ser de los banderizos, formaron parte del juego político romano y ambas perdieron su pujanza frente al poder absoluto de los nuevos monarcas.

Porque si cambiamos las palabras gens por bando, familia por linaje, ilustre por hidalgo, cliente por pariente y paterfamilias por pariente mayor ¿encontraríamos alguna otra diferencia sustancial entre una estructura social y otra?


lunes, 10 de junio de 2013

El origen del linaje (II) linajes y bandos

Como decíamos en el anterior artículo sobre el nacimiento de los linajes, en los primeros años, unas pocas familias, más poderosas que sus vecinos que disponían de la fuerza militar suficiente como para poder mantener por sí mismas sus haciendas, y generalmente con privilegios reales, comienzan a ceder a sus descendientes -mediante el mayorazgo- cada vez mayores extensiones de tierras junto a los collazos, labradores y esclavos que las habitaban. Para evitar que esta potencia económica y militar se disgregue y mantener cohesionada la herencia comienzan a formarse alianzas entre los descendientes de esta familias y dan forma así a los primeros linajes, los iniciales, que aglutinarán en torno a si a todos los demás que vayan surgiendo.
Porque a principios del siglo XIII vemos aparecer otros linajes nuevos que no descienden directamente de los nobles o sus tenentes. Son bastardos de los poderosos que cuentan con la parte de herencia que les adjudica su progenitor  u otros hombres libres, propietarios campesinos, que adquieren la fuerza suficiente como para mantener el nuevo estatus alcanzado, resguardarlo de sus vecinos y dejarlo en herencia a sus descendientes.
Así, surge un nuevo linaje cada vez que un individuo se nuestra capaz de defender de manera efectiva  sus propiedades, trasmitirlas indemnes a sus descendientes e identificar el conjunto de tierras y propiedades con su nombre, generalmente el toponímico del lugar donde levanta su primera casa (Basurto, Zabala, Oñate…) aunque otras muchas veces empleen el sobrenombre por el que se les conocía (Borte, Marroquín, Hurtado...). Una vez asentado este nuevo linaje, comienza a reunir a su alrededor a parientes cada vez más lejanos y más dependientes económicos, además de empleados a sueldo, sean artesanos, menestrales u hombres de armas, lo mismo da, todos juntos formarán la nueva parentela que le permitirá a este nuevo hidalgo fazer torre e solar.
Porque con este nuevo poder en sus manos, el nuevo jauna necesita un lugar seguro desde donde dirigir sus posesiones. Allí donde comenzó su carrera como hidalgo levantará la casa fuerte del apellido, la torre que constituye el corazón del linaje y epicentro de su solar. Un lugar que física y espiritualmente dará consistencia y permitirá perpetuarse en el tiempo a la nueva familia.
Ejemplo arquetípico del hombre común fundador de un poderoso linaje son los poderosos Zurbaran, originarios de unas caserías que son cerca de Bilbao, que eran pecheros del señor. De allí poblaron Bilbao e ganaron como mercaderes e multiplicaron e ganaron hacienda e ficieron linaje mucho poderoso.
Cuando estos nuevos linajes adquirían la suficiente importancia y conseguían perdurar en el tiempo, el señor aceptaba de hecho su nueva condición de hidalgo a cambio de ciertos derechos económicos, como diezmos, caloñas, derechos de paso, vasallaje y servicio militar Una vez podríamos decir que institucionalizados, se vinculaban de forma natural con otros nuevos linajes vecinos mediante cartas. Así surgen de manera natural los bandos.
Ya asentados, y simultáneamente a su crecimiento, estos linajes emergentes reestablecen sus relaciones con las comunidades de las aldeas y adquieren derechos eclesiásticos levantando ermitas que les conceden un ascendiente natural sobre el resto de la población vecina muy similar al existente entre los hombres libres y los señores.
Con el transcurso de tiempo también los nuevos apellidos crean nuevos linajes secundarios al casar a sus hijos e hijas -bastardos o legítimos- con labradores ricos, que aportaban más propiedades y fuerzas al linaje reciente.
En este marco socio económico estalla la crisis bajo medieval que fuerza a los linajes a competir por unos bienes cada vez más escasos. Los bandos formados por los diferentes linajes sirven en este contexto para defenderse de los vecinos más poderosos y contener sus pretensiones.
Simultáneamente aparecen las villas como defensa de las aldeas frente a la violencia que impera en la tierra llana por las luchas entre los diferentes linajes por hacerse con los recursos económicos cada vez más escasos y acogen entre sus murallas a los más expertos artesanos y técnicos concentrando tras sus murallas las nuevas ciencias y tecnologías, mientras se multiplican los nuevos linajes que merman el poder de los todopoderosos primeros señores y complican hasta el extremo la composición de los bandos.

Pero esta falta generalizada de recursos económicos, no solo exacerba la violencia de las luchas de  bandos, también obliga a los nuevos hidalgos a diversificar sus fuentes de ingresos. Así se esfuerzan  en penetrar en la administración pública de las villas para participar como alcaldes y prebostes y poder beneficiarse de sus mercados y talleres, asumen patronazgos de iglesias y conventos recibiendo parte de los beneficios que estos atraen, impulsan  la construcción naval y participan como constructores y armadores en el desarrollo de la marina mercante, explotan la riqueza mineral de la tierra monopolizando la extracción de hierro y encuentran en el comercio una nueva forma de incrementar su riqueza que, de manera tangencial les pone en contacto con otras culturas, aumenta sus conocimientos y enriquece en tal modo su sociedad hasta entonces rural que, de una manera natural, permite el arribo del vecino renacimiento.

Para ilustrar el nacimiento de un nuevo linaje y su inclusión en el bando respectivo, transcribo las palabras de Lope García de Salazar sobre el linaje de los Valda:
Dice de este linaje -el más poderoso tras los Olaso del bando Gamboíno- que tiene su origen en un tal Ochoa López originario de las tierras de Valda, vecinas a la villa de Azcoitia. Su nieto primogénito, Ladrón de Valda, al que le correspondía el mayorazgo, murió sin descendencia pero su hermano menor tenía una hija que heredó todos los bienes de la familia y esposó con el doctor de Ondarroa, hombre muy rico poderoso. Este doctor compró Santa María de Valda a un privado del rey don Enrique  y casó a su hijo con la hija de Martín Ruiz de Ganboa. 
A la muerte de su padre el doctor, este hijo quedó heredero de aquél lugar de Valda.
Tierra, casa, monasterio y buenos parientes. Ya tenemos un nuevo linaje asentado y con garantía de pervivencia. 

lunes, 3 de junio de 2013

La lanza (II) una pequeña anécdota con la lanza como protagonista

Me comentan sobre la falta, en el anterior post sobre la lanza, de alguna anécdota ilustrativa del uso y empleo de esta arma, de largo la más empleada en la edad media.
Como no me gusta desairar a los aficionados a este período histórico, paso a relatar una anécdota narrada por Lope García de Salazar y ocurrida en tiempos del rey Alfonso VIII de Castilla.

Escribe nuestro cronista que, acuciado Alfonso por los enormes gastos que las guerras con los reinos vecinos le ocasionaban, decidió crear un nuevo impuesto de ocho maravedís para gravar a los hidalgos de su reino "E d'estos maravedís era moneda gruesa, que valía la dobla castellana siete maravedís"

El caso es que el buen rey pidió consejo a su  alférez Diego López de Haro, el fundador de la villa de Bilbao. Cuando le expuso sus pretensiones, don Diego comentó a su monarca:
   -Señor, los fijosdalgo malos son para pecheros.
  Pero el rey, espoleado por la necesidad, no prestó oídos a su consejero y tanto le apremió que este finalmente le contestó:
      -Señor, como quier que sea, pues vos tanto lo queredes e avedes menester, yo pagaré los ocho primeros.
   Satisfecho de su gestión, el rey convocó a cortes a todos sus nobles en  Burgos y, una vez todos reunidos, les expuso sus exigencias.
Cuando el rey terminó de hablar, don Diego se levantó y colocó frente al monarca sus ocho maravedís, pero su acción no consiguió el efecto que Alfonso esperaba. En lugar de imitar al de Haro, se alzó don Nuño de Lara para decir:
     -Señor, donde yo vengo los cavalleros e fijosdalgo nunca fueron pecheros.
   Y, alzándose, invitó a cuantos de los allí presentes les disgustara el pagar los impuestos que el rey pretendía a que le siguieran. A su requerimiento se alzaron todos los caballeros, salvo el dicho López de Haro y otros cuatro que quedaron en compañía del rey. 
Todos los demás marcharon al palacio de el de Lara y una vez reunidos se equiparon con todas sus armas para volver al campo de Santa María de Gamonal. 
Allí dispuestos los tres mil hombres de a caballo sobre el campo, enviaron a dos de ellos a decir a su señor natural que estaban dispuestos a pagar los ocho maravedís que les quería cobrar de pecho, tal y como los habían pagado hasta entonces sus antepasados. 
Que los tenían cada uno de ellos en una bolsa colgada en la punta de su lanza y que solo tenía que mandar a alguien a recoger el pecho que pretendía cobrarles, pero que les hiciera el favor de no ir él en persona  porque lo "querían guardar como a su rey e soverano señor".
Sobra decir que el buen rey decidió eximirles del nuevo impuesto, echó las culpas de la ocurrencia a su consejero  "E mandólos venir a su palaçio e dioles previllejos de livertad e desterró a don Diego López e quitóle la tierra".

Pero claro, estas son cosas que solo podrían suceder en el medioevo. 
A ningún gobernante actual se le ocurriría gravar con nuevos impuestos a sus gobernados para que pagaran ellos sus decisiones equivocadas y echar luego la culpa a sus consejeros y a los reinos vecinos si su política no daba el resultado que él esperaba.


viernes, 17 de mayo de 2013

El origen del Linaje (I) señores y tenentes.


En la primitiva sociedad feudal no importaba si quien trabajaba la tierra y allí vivía era hombre libre o no, si había nacido en esa tierra o si, capturado en la última razzia, lo habían colocado allí para que la trabajara. El señor de aquellas tierras, rey, iglesia o noble, había de recibir sus impuestos, controlar la paz y hacer cumplir la ley.

(No nos escandalicemos por esto que es algo no muy diferente de lo que ahora ocurre. Hoy en día, más de mil años después, todos debemos pagar, no diezmos -una parte de cada 10 de lo que se produzca- sino 2’1 partes de cada 10 de todo aquello que producimos, es el dichoso I.V.A., un 21%)

Bueno, los encargados de velar por el bien público, proteger las tierras y a quienes las habitaban, mantener la paz, hacer cumplir las leyes, recaudar los impuestos, sancionar las faltas, poner multas y cobrar o embargar a quien no las pagara (siento como un deja-vu extraño) eran los señores o sus tenentes. Estos tenentes eran administradores -que no propietarios- y ejercían los poderes públicos en nombre del señor, que podía ser el rey o un noble, el dueño del territorio.
En pago a sus servicios, estos tenentes recibían ciertas rentas por parte del propietario, a más de cobrar las multas por las faltas y las indemnizaciones o embargos.

(Como dato curioso, que por estos lares tendemos a considerar a los eunucos como seres exclusivos de los países árabes: comentar que hacia el 1040 era tenente en la cuenca del Agüera, en la actual Cantabria, entonces tierras del reino de Navarra, un esclavo eunuco llamado García Cíclave).

El caso es que tanto los señores como los tenentes vivían y se enriquecían con estos ingresos, por lo que les resultaba fácil excederse en la aplicación de multas y confiscaciones, es decir, cometían malos actos, hacían mal, o como se decía entonces: mal facían, eran mal fechores. Y es que la palabra malhechor deriva directamente de esta expresión aplicada por el pueblo a aquellos señores y caballeros que no cumplían con sus deberes para con la plebe y se enriquecían de manera impropia a costa de los bienes comunes (huy, otro deja-vu).
En fin, volvamos al origen primero de los linajes.
El la tenencia vivían esclavos, pecheros (los que estaban obligados a pagar impuestos o pechos al señor) collazos (labriegos que no podían abandonar la tierra que trabajaban) campesinos libres que cultivaban sus propias tierras y censuarios que eran lo artesanos (menestrales), villanos (los que vivían en las villas), comerciantes y demás omes comunes. Todos ellos vivían en tierras propiedad del señor o cedidas por el rey a este, eran pues sus vasallos que, a cambio de protección y parte del usufructo de la tierra pagaban sus impuestos al señor en metálico, en especies y realizando ciertos trabajos en la casa del señor o en sus tierras.
Entre los habitantes de la tenencia también existían comunidades aldeanas libres –de la tierra llana- y hombres libres, propietarios de sus tierras e inmunes jurídicamente a la autoridad de los tenentes, eran los hidalgos.
Estas comunidades y los hidalgos pactaban con el señor mediante cartas o acuerdos, por eso se llamaban encartados y a estas zonas Encartaciones. En estos acuerdos se comprometían a prestar servicio militar en las filas del señor y a entregarle una parte pactada de sus excedentes (cosechas, caza, madera, etc), a cambio habían de recibir de este protección militar y jurídica frente a quienes les agredieran y evitar así a los malfechores y sus mal fehechorías,
Estos hidalgos eran “franqueados, libre e quitos de todos los pedidos e serviçios e monedas e alcabalas e demás tributos cuales quiera”, y mediante estas cartas o encomiendas, se integraban en lo que entonces se llamaba familia del señor, y se les conocía como parientes de este, lo que en la Roma clásica se conocía como clientes.
Son estos hidalgos quienes estructuran, allá por 1200, la sociedad medieval en linajes. 
Podríamos decir que un linaje es la línea sucesoria de una familia, que no tienen porque ser sus primogénitos,  ya que Lope García de Salazar nos ofrece múltiples casos de mujeres o hijos bastardos que forman o dan sucesión a un linaje. Aquí se incluyen todos los descendientes directos de este antepasado común origen del linaje, tanto por línea paterna como materna a los que se añaden los parientes de los que hemos hablado unas líneas antes. Entonces, los descendientes, sus encomendados, los vasallos, aquellos que dependen económicamente de la familia, sus esclavos y empleados a sueldo, todos unidos y cada uno en sus posibilidades y actividades, forman el origen y definen la estructura del linaje que es dirigido por la persona que ostenta el mayorazgo del la familia, el pariente mayor del apellido.

Como esto se va alargando, de cómo se crean y acaban adquiriendo su forma definitiva los linajes, hablaremos en el siguiente artículo.

viernes, 10 de mayo de 2013

La lanza, un arma que no se lanza.


Punta de lanza.
Del inventario del
Lázaro Galdiano
Una lanza es, en esencia, un palo largo armado con una punta de hierro. Se diferencia de otras armas de asta, como alabardas o archas, en que su función era siempre y exclusivamente el herir en estocada, como arma punzante.

Pero dentro de esta definición entran tres tipos armas perfectamente diferenciados y con un manejo y función también diferentes.
En primer lugar la lanza que -paradójicamente- es la única de estas tres armas que no se puede lanzar y solo se puede utilizar a modo de estoque.
Se trata de una vara de fresno, roble o maderas similares, de grano fino y resistente, con una medida muy variable, pero siempre más larga que quien la maneja, de entre 2’5 a 3’5 metros las de mano y jinetas a 4 o 4'50 las de caballería pesada y que podía crecer hasta los 6 metros de las picas.
En el extremo ofensivo se mostraba armada de una punta, hoja o moharra, de muy diferentes formas y tamaños, de dos, tres o cuatro filos, cortante o cónica, de una o hasta cinco puntas, en incluso roma como las lanzas galantes. La moharra se encajaba sólidamente en la madera, prolongándose el hierro  muchas veces para reforzar el extremo de la lanza más expuesto a los golpes del enemigo.  En su otro extremo se encontraba el regatón o contera. Un refuerzo metálico que cumplía una doble función: por una parte permitía apuntalar ese extremo en la tierra sin que se dañara, aumentando así la duración del arma y ,además, y más importante, equilibraba el peso del arma para que a quien la empuñara le resultara más cómodo el manejo y alcanzara mayor precisión en al herir.

Diferentes puntas de dardos
En segundo lugar nos encontramos con las astas arrojadizas, o dardos. Más cortas y ligeras que la lanza, que se arrojaban directamente o ayudados por una correa (amiento).  A este arma se les dieron muchos nombres en función de su uso venatorio o militar, de las zonas donde se emplearan o la longitud de su asta. Podían ser angus, azconas, dardos, azagayas, jabalinas, venablos, etc.
La punta de todas ellas era normalmente más pequeña, fina y de cabeza estrecha, con el objeto de hacer facilitar la penetración, y podían o no estar dotadas de arpones para complicar su extracción cuando hacían blanco (tanto en el cuerpo del contrario como en su escudo, que podía inutilizar)

Punta de chuzo
del siglo XVI
El tercer grupo de estas armas de asta con punta simple claramente diferenciada del resto sería el chuzo. Básicamente un palo, más o menos recio, con un extremo puntiagudo de hierro y reforzado con el mismo material por el otro extremo. Aparentemente sería como una lanza corta, pero en este caso la contera es más pesada que en la lanza, ya que su función no era equilibrar, sino el duplicar el potencial ofensivo del arma: chuzo propiamente dicho por un extremo y garrote por el otro.  El chuzo, las más de las veces construido por su propietario,  tenía diversas aplicaciones. Servía como eficaz arma defensiva y ofensiva, como bastón en el camino y como arma contundente dado que como hemos comentado solía ser un asta gruesa y ferrada.
Era la única arma permitida a los judíos en el  medioevo, que en sus viajes estaban obligados a vestir hábitos grises y solo podían portar un chuzo para defenderse en el camino.
También empleado por pastores y cazadores hasta bien entrada la edad contemporánea, su último uso fue distintivo de los serenos, que con golpes de su contera metálica respondían a los vecinos cuando requerían sus servicios.

Para terminar, algunas variedades de lanza:
Álabe o flamígera: que tiene la moharra plana con los filos ondulados, como una llama.
Bordona: lanza ranurada y hueca que se usaba en los torneos.
Cortesana o Cortés: Para torneo,  tenía como punta un anillo de hierro
De armas: la lanza de guerra para caballería pesada. Compuesta de hierro o Moharra; Flecha, la parte que va aumentando de grosor desde la punta a las alas; las Alas, el engrosamiento de la madera que protegía la mano; empuñadura o Mano, por donde se asía; Pie, la parte de la lanza que pasaba bajo el brazo después de la empuñadura.
De hisopo: Muy larga con hierro afilado y agudo
De ristre: La que se sujetaba sobre el ristre. Servia para justas y la guerra cambiando los hierros.
La de torneo, con una estructura básica igual a la lanza de armas, se diferenciaba de esta por estar diseñada para romper al contacto directo.
Galante o Bota: sin punta. El hierro estaba provisto de tres o cuatro dientes gruesos para adherirse a la armadura y desarzonar al oponente.
Gineta o Jineta: Lanza ligera, de unos tres metros de largo, bien ferrada en punta y contera. Servía para estoquear a los hombres equipados a la ligera o jineta.
Vaquera: lanza con hierro corto de cuatro filos.





jueves, 25 de abril de 2013

La pólvora y las armas de fuego en la Edad Media


Es creencia común el pensar que fue Marco Polo quien, en su Libro de las Maravillas, escrito durante su cautiverio en Génova en 1298, hace por primera vez referencia a la pólvora, supuestamente inventada por los chinos.
No es verdad.
NI fue Marco Polo quien la mostró a Europa, ni –que se pueda demostrar- fueron los chinos quienes la utilizaron en la guerra.
La primera referencia fehaciente la escribió Roger Bacon en su obra “De secretis Operibus Artis et Naturae et de Nullitate Magie” mediado el siglo XIII, muy posiblemente transcrita de algún texto árabe. Cuando dice que:
Podemos, con salitre y otras sustancias, componer una luz artificial que se puede lanzar a grandes distancias… Utilizando solo una pequeña cantidad de esta luz,  mucho material se puede crear acompañado de un estrépito horrible, es posible que para destruir una ciudad o un ejército… Para producir esta luz artificial y el trueno es necesario tomar salitre, azufre y…. aquí escribe cinco palabras sin significado aparente para encubrir el polvo de carbón vegetal y sus proporciones.
Esto escrito entre 1240 y 1250, cuatro años antes de que naciera il milione, sobrenombre de Marco Polo entre sus conciudadanos del que se hizo acreedor gracias a sus exageraciones al hablar de sus riquezas, ganancias y descubrimientos.

Para descubrir un empleo práctico al polvo de luz hicieron falta casi cien años.
La primera referencia escrita al empleo de armas de fuego data de 1331, en el sitio de Orihuela. Más tarde, en 1340 en Tarifa y luego, con más detalle, en el sitio de Algeciras en 1342.
Sobre el uso de estos “truenos” empleados en Algeciras por los musulmanes sitiados dice la crónica de Alfonso XI:
…y también arrojaban muchas pellas de hierro que lanzaban con truenos que provocaban gran espanto entre los hombres y que, con simplemente tocar un miembro los arrancaban como si lo hubieran cortado con un cuchillo. Y cualquiera que fuera herido por ellas moría con total seguridad, sin que hubiera medicina ni cirugía que los pudiera salvar. En primer lugar porque llegaban incandescentes como si fueran de fuego y, además, porque los polvos con que las lanzaban eran de tal naturaleza que cualquier herido que hiciera era hombre muerto. Además venían con tal velocidad que atravesaban de lado a lado a un hombre con todas sus armas y corazas.  


De estos truenos nos habla, cien años más tarde, nuestro cronista en múltiples citas de sus bienandanzas. Como ejemplo baste un botón:
En el año del Señor de mil cuatrocientos veinticuatro, habiendo guerra entre Castilla y Navarra y siendo capitán de la frontera Diego Pérez Sarmiento, estaba Sancho de Gurendez con veinticinco hombres del linaje de Salazar en la frontera de conflicto cuando les atacaron los navarros. Se refugiaron en una iglesia cercana y se defendieron con un trueno del ataque. La mala fortuna –o la pólvora empleada- quiso que el trueno reventara por los sellos y prendiera el fuego en una caja de pólvora que tenían abierta. Tomó fuego la pólvora y con ella la iglesia entera ardiendo dentro de ella aquél Sancho de Guruendes, sus veinticinco hombres y cinco mozos que les acompañaban, que no escapó ninguno.

Son muy habituales en las crónicas los accidentes con la pólvora. Esto tiene una explicación muy sencilla. Nada había escrito y su empleo se basaba exclusivamente en la prueba y error. Además hemos de comprender el comportamiento de cada uno de sus componentes básicos. Carbón vegetal, salitre y azufre.
En esta mezcla, el salitre aumenta la potencia, el carbón acelera la combustión y el azufre incrementa la inflamabilidad de la mezcla.

En la España del siglo XVII, las proporciones de la pólvora de uso militar, ya estudiada con ánimo científico, fueron determinadas en un 70% de salitre, 16% de azufre y 14% de carbón. Consiguiendo la máxima eficacia del disparo a la vez que se reducía al mínimo el peligro de combustión accidental.
Como la pólvora medieval  era un 50% salitre, 25% carbón vegetal, 25% azufre, resulta una mezcla de poca potencia, que generaba mucho humo y altamente inflamable, lo que explica los abundantes accidentes que su elaboración y manipulación solían acarrear.

martes, 26 de marzo de 2013

Grotescos caballeros y sórdidas venganzas


Cuando imaginamos los enfrentamientos entre los caballeros medievales todos tendemos a imaginarnos escenas épicas de caballeros de punta en blanco entrecruzando sus bruñidos aceros en feraces campiñas bajo un cielo prístino de verano.

La realidad, como en tantas otras facetas de la vida, era normalmente mucho más sórdida, cuando no grotesca.
Un ejemplo poco glorioso de la muerte de un afamado caballero puede ser la narración que don Lope García de Salazar nos hace sobre  Cómo Diego Furtado, fijo de don Lope González de Mendoça, que llamaron Mantoluçea, mató a don Ínigo de Guebara, que avía muerto a don Lope González, su padre.

El caso es que siendo joven Iñigo de Guevara, asaltó la torre de los Mendoza y dio muerte a cuantos miembros de la familia encontró en ella, salvo a los criados y al Diego niño que pudo escapar escondido bajo las sayas de su niñera, que lo hurtó así de la furia asesina de los enemigos de su linaje. 
Por este hecho le llamaron al joven Diego “el hurtado”, porque lo habían hurtado de las garras de quienes tan mal le querían y así tomó este sobrenombre y quedó para su linaje el apellido de Hurtado.

Cuando este Diego Hurtadose hizo mozo resolvió vengar la muerte de su padre. De manera que juntó a toda su gente de armas y comenzó a buscar la mejor manera de devolver al de Guevara  el mal que le había hecho. 
Pero este Guevara, sabedor de que su persona no gozaba de muchas simpatías por la zona, era hombre precavido y cambiaba todas las noches de casa. Así que para poder localizarle el joven Diego sobornó a uno de los hombres del de Guevara que les indicó donde pensaba cenar su señor aquél día. Pero este, cauto donde los hubiera, jamás dormía donde había cenado, de manera que acordaron el traidor y el Hurtado que dejaría un rastro de granos de trigo hasta la casa donde fuera a dormir aquella noche.
Así se hizo y pudo Diego, en una noche clara de luna, rodear la casa donde dormía el felón. Una vez seguro de que no podría escapar a su cerco, atacaron con hachas y almádenas las puertas de la casa. 
Ante semejante escándalo se despertó el de Guevara. Entendiendo que atacaban su casa, tomó sus armas y preguntó a grandes voces:

- ¿Quién pretende entrar a mi casa?

Sobre el estrépito de sus hombres atacando los portones le contestó Diego:

- Soy yo, don Diego Hurtado, el hijo de aquél a quien asesinaste y, para su escarnio, llevaste su braguero a vender al mercado de Vitoria. Estoy aquí dispuesto a vengarle y a llevar tu cabeza al mismo mercado donde tú llevaste el braguero de mi padre.

Don Iñigo, caballero hidalgo al fin y al cabo, le contestó:

- Tienes razón. Yo le corté la cabeza a tu padre y tienes razones para tratar de cortarme a mí la mía, si es que puedes. Pero no trabajes tanto en romper las puertas, ya salgo a encontrarme contigo afuera, que no soy yo hombre de morir encerrado.

Dicho y hecho. Confiado en la palabra del de Guevara, Diego ordenó a sus hombres que dejaran de aporrear la puerta y esperó a que saliera su enemigo. Entretanto, Iñigo de Guevara se había armado de punta en blanco y montado en su caballo de batalla dispuesto a realizar la más brutal carga que jamás se hubiera realizado contra quienes le sitiaban. Dió orden a sus hombres para que abrieran las puertas de par en par y espoleó furioso a su bridón. Al ataque de las espuelas, el animal arrancó con furia hacia su objetivo y don Iñigo  aferró la lanza esperando el impacto contra los de Hurtado.

Fue una lástima el que, al cambiar tan a menudo de casa, don Iñigo de Guevara no tuviera conciencia plena de las dimensiones de cada una de sus propiedades y no se hubiera percatado de que el dintel de la puerta era un poquito más bajo que la cresta de su morrión. 
Impulsado por la furia de su montura, golpeó el umbral de la entrada con la cabeza y murió en el acto sin llegar siquiera a salir de la casa. De hecho, quedó con medio cuerpo fuera y medio dentro, mientras don Diego Hurtado le cortaba la cabeza que luego exhibió -tal y como había jurado- en el mercado de Vitoria, en el mismo lugar donde años antes don Iñigo había expuesto el braguero de su padre.

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476
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Bilbao en el siglo XV

Bilbao en el siglo XV
Así se supone que podía ser Bilbao a finales de la Edad Media

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)
La casa, origen del linaje, razón de ser de los bandos

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416

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