TIERRA AMARGA

Bienvenid@ este Blog, que pretende ser lugar de encuentro para todos los amantes de la edad media y sus gentes. Aquí hablaremos de cómo vivían, luchaban y morían aquellas gentes a las que toco vivir durante la edad media en esta Tierra Amarga.

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Tierra amarga, tierra de Banderizos

Este nuevo blog de Iñaki Uriarte -y de todos aquellos que quieran participar en él-, nace con el propósido de convertirse en un pequeño rincón donde exponer noticias, ideas y teorías sobre la edad media, los banderizos, sus luchas y su tiempo.
Un tablón donde colocar esos datos que los eruditos normalmente sobreentienden y que a mí personalmente, como simple aficionado, son los que realmente me interesan. Para mí, hablar de los Banderizos es conocer sus métodos de lucha, sus armas, la importancia que para aquellos hombres podía tener su cabalgadura. Es tratar de entender cómo vivían y qué comían, sus vestidos y sus casas, su tiempo y sus penurias.
Por eso trataremos de colgar anécdotas sobre las banderías, los nombres de los más violentos banderizos, sus peleas y las guerras en que participaron.

Sin miradas tendenciosas, con veracidad, pero también con la curiosidad de quien está vivo y con la ilusión de quien aún recuerda los cuentos escuchados en su niñez sobre guerreros armados de punta en blanco galopando hacia el enemigo sobre su caballo bridón.

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La novela

La novela
Una historia de aventuras, caballeros medievales y conflictos entre familias en el siglo XV

Y su trailer

jueves, 24 de mayo de 2012

Que comían los banderizos


Obviamente -como sucede también hoy en día- no comían lo mismo las gentes del pueblo que los hidalgos y caballeros medievales. Es cierto que la alimentación de ambos se basaba principalmente en los productos que la propia tierra podía suministrar –incluyendo algunos que hoy nos pueden resultar chocantes- pero los más pudientes se hacían traer viandas y especias desde los más lejanos confines del globo.
La jornada laboral era de sol a sol y a ella se ajustaban los ciclos de la vida. y, por lo tanto, también la alimentación de los siervos, esclavos y collazos. Un bocado de pan (para el pueblo casi nunca de trigo, sino de otros cereales más asequibles) acompañado de cebolla al levantarse, otro bocado a los mismos manjares a media jornada y la comida propiamente dicha al volver a casa: un caldo de verdura engordado en el mejor de los casos por las diferentes harinas que más adelante apuntaremos, donde el único aporte animal era, cuando se disponía de él, un pedazo de unto.
Pero esto no ocurría en las casas de los señores que, enriquecidos por el hierro, el comercio o la guerra, disponían de buenos dineros para adquirir todo tipo de manjares y alimentarse de manera más abundante y repetida.
Todos comían pan y gachas, elaborados ambos con trigo (poco en Vizcaya, donde era escaso y caro), cebada, centeno y mijo. También se elaboraba harina de la bellota, la castaña y las habas para luego hacer tortas y pasteles o añadirla a las sopas y cocidos.
En Vizcaya, tierra marinera, era habitual encontrar en los mercados una gran variedad de pescados de sus costas. Existen referencias de la venta de merluza, atún, congrio, mero, lijas, bacalao, sardinas y arenques (que se traían de Flandes, Irlanda y Galicia), además de ostras, salmón (importado en muchos casos), aunque también se consumían pescados de aguas dulces o salobres como trucha, carpa, anguila o lamprea.
Muchos de estos pescados se consumían tanto en fresco como secos, ahumados o conservados en sal o miel.
Lógicamente, cualquier animal que se moviera sobre la tierra era también un alimento potencial, aunque alguno de ellos nos choque hoy. Se cazaban para comer -y se comercializaba su carne- tanto las perdices como chimbos, codornices, patos, gaviotas, palomas y casi cualquier bicho que tuviera plumas, incluyendo las garzas, cisnes, cigüeñas y grullas. Lo mismo les ocurría a los que corrían la tierra. Conejo, liebre, corzo, ciervo, jabalí, erizo o ardilla… todo lo que se podía cazar era comida.
Otra fuente importante de alimentos la suministraba el bosque y la campiña. Todo tipo de bayas y frutas, tanto silvestres como cultivadas eran alimentos preciados en la edad media. Se disfrutaba de las bellotas con el mismo placer que las castañas, las nueces, los piñones, las avellanas, e incluso los hayucos, que eran consumidos con placer tanto en fruto como en harina. También se comían higos pasos, dátiles y pasas.
La huerta era la otra base de la alimentación medieval (aunque no contaban con los productos que luego aportarían a nuestros campos las tierras americanas, como los pimientos o la patata) y se cultivaban y vendían habas, lentejas, arvejas, calabazas, nabos, cebollas, coles,  ajos y toda la variedad  de productos que las huertas suministraban. 
La caza era privilegio de los señores que comían en abundancia jabalí, gamos y palomas, pero los campesinos y esclavos no solían disponer de más carne en su olla que la que podían cazar a escondidas o la de sus animales de granja cuando morían de enfermedad o vejez, de manera que su alimento animal más habitual era el unto (manteca), junto a la mantequilla y el queso. Pero no faltaban en la mesa del caballero medieval la gallina y el capón, el cerdo, la cabra, buey y carnero, cualquier animal a su alcance era comida apreciada, menos los equinos (caballo, burro y mula, demasiados valiosos como para comérselos) y el perro, que era considerado animal impuro.

En una época donde no existían los frigoríficos, eran muy apreciadas las especias que ocultaban el olor y el sabor demasiado fuertes de algunos alimentos. Trataban de cubrir esta demanda las potentes flotas de las especias que desembarcaban en Flandes y Portugal especias de los más exóticos orígenes.  Desde estos puertos se importaba pimienta, canela, nuez moscada y jengibre que se encontraban en el mostrador del especiero junto al azafrán, el anís, el ajo y el comino, sin que faltaran en los mercados la miel, la sal o el azúcar valenciano, traído de la refinería real de Gandía.
Para terminar este artículo, recordar que las bebidas más habituales eran el vino y la sidra, aunque algunos sibaritas, copiando costumbres moriscas, gustaban de beber en verano nieve aromatizada con zumos de frutas. Para ello se guardaba la nieve invernal en las neveras de montaña, donde podía conservarse hasta bien entrado el estío para deleite de caballeros y princesas refinadas.


viernes, 27 de abril de 2012

Anécdotas Banderizas. La sal de Ibargoen

Vamos a comenzar una serie de anécdotas que espero sirvan para ilustrar el mundo en el que se desenvolvían aquellos hidalgos banderizos. Una forma de vida dura y violenta en la que la propia supervivencia estaba estrechamente ligada al honor y  la familia, donde nadie podía confiar en nadie y en la que cada día deparaba nuevos enfrentamientos. Una sociedad que, aunque a algunos les disguste aceptarlo, no era diferente -salvo las lógicas variaciones locales- en sus formas y valores a la que regía en el resto de Hispania y, por extensión, prácticamente idéntica al del resto del mundo occidental.
Sin más preámbulos comenzamos con La sal de Ibargoen:

Las familias de Zaldibar e Ibargoen habían estado enfrentadas desde siempre. Durante más de un siglo, los integrantes de ambas familias se habían ido matando unos a otros, sin que nadie pudiera poner fin a esta matanza. Al fin un día, en el año de nuestro señor de 1330, tras largo tiempo de disputas y muertes, pareció que se habían cansado de acuchillarse unos a otros y se ofrecieron -y aceptaron- treguas entre los dos apellidos. Al poco, como demostración de buena voluntad, los escuderos de Ibargoen invitaron a comer en la torre de su linaje a Juan Ruiz de Zaldibar, heredero de su apellido, y este aceptó la invitación feliz de que se hubiera alcanzado la paz entre las dos familias. En todo caso, confiado, pero no demasiado, acudió al convite escoltado por 15 de sus hombres. Sin excesivas precauciones, se sentaron todos a la mesa y comenzó el festín. Ya bien bebidos, llegó el asado. El de Zaldibar le hincó el diente y pareciéndole que se encontraba muy soso pidió en voz alta que le sirvieran sal. Al oír su petición, surgieron de una cámara contigua 50 hombres armados de los Ibargoen que permanecían allí escondidos.
 Los Zaldibar eran solo 15 y no esperan tal encerrona. No pudieron hacer nada por defenderse y los de Ibargoen pasaron a cuchillo al nombrado Juan Ruiz de Zaldibar y a cuantos le acompañaban.
Así, desde entonces, quedó por refrán que quando alguno pide sal, que dizen "no sea de la de Ibargoen".
 

Nota: La imagen que ilustra este artículo, la torre de Ibarguen, ha sido extraida de la web del ayuntamiento de Gordexola, www.gordexola.net

viernes, 2 de marzo de 2012

La batalla de Elorrio. Según el cronista Lope García de Salazar, banderizo.

En el año del señor de 1468, hubo mucha guerra y contienda en tierras de Durango entre los de Zaldíbar y los de Durango…
Así comienza la narración que de la batalla de Elorrio hizo nuestro bien amado Lope García de Salazar.
A lo que parece, Pedro Ruiz de Ibarra, que vivía cerca de Elorrio, aliado y cliente hasta ese momento de los de Durango, decidió cambiar de Mayor y pasar al bando de los de Zaldíbar por razones que no vienen a cuento. Esto desequilibró las fuerzas existentes hasta entonces en la zona y provocó nuevos y más virulentos enfrentamientos entre los linajes que se disputaban en control de este valle, estratégico paso a tierras guipuzcoanas y la joven y amurallada villa de Elorrio.
Tras muchos duelos y provocaciones por ambas partes, pidieron ayuda los de Zaldibar a su mayor, Juan Alonso de Múxica ante lo que los vecinos de Elorrio solicitaron el apoyo de Pero de Avendaño. El señor de Avendaño contestó enviando un ejército de 150 hombres de a caballo suministrados por Juan de Bribiesca, Sancho y Luis de Velasco y los condes de Salinas y Haro. Les acompañaba Juan de Avendaño, hijo de Pero y se aposentaron en la villa de Elorrio mientras su padre se instalaba en la vecina Durango, sus tierras vasallas. Se juntaban así en Elorrio 1200 hombres de los de Avendaño sin contar los 150 de a caballo aportados por los castellanos, más diferentes piezas de artillería propiedad del de Avendaño. Respaldado por semejante fuerza, colocó sus lombardas frente a la casa del de Ibarra la atacó sin que sus defensores, unos 150 hombres de los de Ibarra y Zaldibar, allí encerrados, pudieran hacer otra cosa sino sufrir el bombardeo tratando de evitar que la tomaran antes de que les vinieran refuerzos.
El auxilio no tardaría en llegar. Juan Alonso de Múxica no podía permitir que agredieran a sus clientes y servidores sin ofrecer respuesta adecuada, de manera que envió en su socorro a Juan de Laiba, su primo, con 60 caballeros a los que acompañaban 300 mercenarios contratados a sueldo a su señor el marqués de Santillana. (Aquí, se muestra ofendido el narrador explicando que fueron estos los primeros caballeros ajenos al señorío que entraron a tierras de Vizcaya desde que existiera memoria, lo que sucedió para desgracia de esta tierra como luego cuenta)
El caso es que estando el de Ibarra en semejante aprieto, Llegó el de Muxica con todos sus parientes de Butrón y Múxica, junto a la totalidad de los escuderos de Arteaga. Pese a las recomendaciones y maldiciones de su padre, les acompañaban los hijos de Lope García de Salazar y Juan de Salazar Vorte, tío suyo, con 300 hombres escogidos de su solar. Se reunieron así un total de 4.000 hombre fuertemente armados y 80 caballeros, 10 de ellos aportados por los de Zárate que marcharon en derechura hasta la villa a la que atacaron con fiereza respaldados por la formidable bombarda de Santander (mucho buena y grande, en palabras de Lope) que hasta allí llevó el de Múxica sin hacer caso a la peticiones de clemencia que les hizo el corregidor Juan García de Santo Domingo y por tres veces atacaron las puertas y otras tantas fueron rechazados por las salidas de los sitiados.
En esta situación se encontraban cuando los hijos de Lope García de Salazar ,con 600 hombres de los de Butrón, comenzaron a levantar sus reales y asentar las bombardas que traían para hostigar las murallas de la villa. No se sabe si por traición, por un error de apreciación, o por decisión divina, cuantos hombres se encontraban tras las líneas de los de Salazar arrojaron sus paveses al suelo y comenzaron una retirada a la carrera sin que nadie les atacara.
Al ver la huida del cuerpo central del enemigo, quienes se guarecían en el interior de la villa salieron en masa, a caballo y a pie, para dar contra quienes instalaban el campamento y montaban las bombardas que seguían con sus labores ignorantes de la desbandada del grueso de su ejército. Todos hombres fieros y acostumbrados a la guerra, recibieron a sus enemigo a pie firme, pero nada pudieran hacer contra la masa enemiga. Murieron allí, en el primer choque, empuñando sus armas, Gonzalo de Salazar, Ochoa Abad y Fortún Gómez , Juan y Ochoa de Butrón.
Cuando Gonzalo de Salazar, hijo del cronista, se vio herido en la cara por una lanza y rodeado de enemigos, golpeó con su espada en el cuello al caballo de Juan de Avendaño decapitándolo de un solo golpe. Se acercó entonces al jinete derribado y, alzándole la cabeza cubierta por el yelmo, le dio tal golpe sobre la visera que lo mató en el acto. Fue su último acto antes de caer él mismo a tierra por los golpes en la cabeza y las piernas que le dieron los acompañantes del de Avendaño hasta matarlo.
Tras la batalla, fueron hechos prisioneros Juan de Salazar, al que no pudieron reducir antes de sufrir siete graves heridas y Ochoa de Salazar, hijos ambos del cronista. A este Ochoa lo mataron a la puerta de la villa dos hombres por mandato explícito de Juan de Avendaño.
Quienes no murieron en el primer ataque, debieron de huir cuesta arriba, equipados con todas sus armas e impedimentas. Y debió aquél ser un día caluroso o la persecución bien enconada, por que nos cuenta Lope como, tras el primer ataque, murió asfixiado Fernando de Salazar, que huía herido como otros muchos que fueron cayendo muertos del esfuerzo o en manos de los de Elorrio que los perseguían rematando a los hombres que encontraban extenuados para desnudarlos luego de todas sus pertenencias hasta dejarlos en paños menores. La batalla terminó con el asalto a la casa de Ibarra, su toma y posterior saqueo de armas enseres y bombardas.
Según el cronista, en la batalla de Elorrio murieron, junto a sus tres hijos, varios miles de hombres de los solares de Salazar, Butrón y Múxica.

martes, 14 de febrero de 2012

La cirugía medieval y el hombre herido


La medicina, tal y como hoy la entendemos, era algo totalmente ajeno a las gentes de medioevo.

Esta ciencia y arte estaba dividida en multitud de ramas, aplicadas, en el mejor de los casos, por quien había aprendido las artes de la sanación asistiendo como aprendiz a quien ya las conocía de antemano. Las saludadoras trataban pasmos y calenturas con las plantas medicinales que sus antecesoras les habían mostrado y eran los componedores quienes se encargaban de recolocar en su sitio original los huesos y articulaciones dislocadas.

Una de las ramas de la medicina con más prestigio y renombre hoy en día, como es la cirugía, estaba totalmente diferenciada del resto de la medicina y la practicaban habitualmente profesionales como los barberos, cuya más importante habilidad era el manejo rápido y preciso de la navaja. Para ser un buen cirujano por entonces solo se necesitaba disponer del instrumental propio de la profesión como eran buenas navajas, pinzas y fórceps de diferentes medidas. Sería luego la práctica la encargada de proporcionar al cirujano la habilidad necesaria para extraer saetas, amputar miembros o suturar heridas en el menor tiempo posible.

Pero en una época tan convulsa como aquella, las frecuentes partidas militares habían de disponer de un "técnico" preparado para hacer frente a la multitud de heridas que los soldados podían sufrir en los enfrentamientos, así como las diferentes lesiones que cada arma producía en el cuerpo humano. Para ayudar a estos profesionales y como guía para todos aquellos que hubieran de tomar esta profesión, nacieron diferentes tratados de medicina y cirugía. En Venecia se publicó allá por el 1492 el Fasciculus medicinae donde, en un exquisito grabado, se reproducía un cuerpo humano en el que se mostraban las diferentes heridas que las armas más habituales de la época habrían en las carnes de sus víctimas.

También se explicaban en sus páginas las complicaciones que podían surgir de estas heridas, los diferentes tejidos, venas y tendones con los que se podrían encontrar quien asistiera al herido y las complicaciones que podían surgir con cada tipo de herida y parte del cuerpo.

Estos gráficos de "El hombre Herido", en aquellos tiempos en los que prácticamente no existía un aprendizaje reglado de la medicina, fueron fundamentales para que físicos locales pudieran asistir a los heridos y accidentados, ayudando a salvar no pocas vidas.

("Aquí" lo puedes ver con gran detalle y en castellano)

lunes, 19 de diciembre de 2011

Linajes, apellidos... banderizos

Uno de los apartados más extensos en las Bienandazas e Fortunas, de Lope García de Salazar, es aquél en que en banderizo cautivo dedica a explicar detalladamente el origen de cada uno de los linajes implicados en las luchas de poder en aquella Hispania medieval.
En las crónicas de nuestro banderizo podemos encontrar los diferentes modos en los que un personaje determinado funda una familia diferenciada del apellido original del que desciende, exponiendo de paso los criterios o condiciones había de cumplir quien pretendiera fundar solar e linaje.
El origen del apellido siempre estaba ligado, de manera indisoluble, a una tierra y una casa,. Así relaciona nuestro cronista la creación de "solar e linaje" El nuevo apellido solo era posible si se encontraba asociado a una nueva casa del mismo nombre que habría de ser generatriz de la nueva familia. Habitualmente, el linaje naciente tomaría el nombre del toponímico donde se asentara o de la nueva casa edificada en él.
Podía ser el que algún buen escudero se afincara en un terreno y, tomando el nombre del lugar fundara su propio linaje. Como Sangroniz que "son de buenos escuderos e su fundamiento fue de un escudero que vino e pobló allí, sucediendo luego de unos en otros"
Importante era, una vez asentado en el lugar, asegurarse la permanencia y para ello nada mejor que implantar en el nuevo territorio los medios de riqueza y control más eficaces que permitieran dar continuidad al apellido y afianzarse en el poder local. Un buen sistema era el levantar parroquia, como los Lezama, que "el linaje de Lecama suçedió de los caballeros de Ojaguti, que pobló un hijo de ellos en Leçama e fizo el monesterio de Santa María de Leçama..."
Pero de nada servía el asentarse un un lugar si no se podía luego mantener la posición. Debía buscar fuentes estables de ingresos, a más de crear una red sólida de clientes y familiares que le aseguraran la defensa de tierra y casa, como "el linaje de Menaca, que su fundamento fue que pobló allí en Menaça Juan Gómez, fijo de Ochoa de Butrón, que era bastardo ... por que su padre no ovo fijo legítimo. E fizo la casa e azeña e solar de Menaca, e juntó parientes e valió mucho"
Insiste en muchas ocasiones nuestro cronista en la importancia de juntar un ejército lo sufientemente poderoso como para poder consolidar el linaje y solar: "El linaje de Arançivia es de buenos fijosdalgo e el primero fue Pero Ortiz de Arançivia, fijo de Furcán García de Arteaga, e fizo la torre de Aranavia e ayuntó muchos parientes e fizo solar".
Importante era el asentarse en una tierra por colonizar... "de Álvar Sánchez Minaya, primo del Çid de Vivar, suçedió un caballero que vino a poblar allí donde se llama Legiçamo e fundó aquel solar que es llamado Legiçamo e la Vieja e multiplivcando grandes tiempos antes de que Vilvao fuese poblada". Pero lo realmente insoslayable era el levantar casa y defenderla,.
Lo realmente importante no era la tierra, ni tan siquiera las riquezas que podía contener. Era la casa, germen del apellido, útero generoso del linaje que todos -desde el escudero al noble, del legítimo al bastardo-, todos, hubieron de levantar para que la historia reconociera a sus hijos identificándolos por su propio nombre y crear una línea intemporal que había de mantener el apellido por encima de las personas que lo formaran.

Siempre la casa, matriz y origen del apellido, lo más importante del apellido, el espíritu más profundo del banderizo, por encima aún de su propia vida.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Los escudos de armas de los banderizos

En combate es imprescindible mantener el orden, saber cuando avanzar o replegarse y hacia donde moverse. Además, en el fragor de la batalla, rodeado de polvo, gritos y acero, resulta difícil -cuando no imposible- distinguir amigos de enemigos. Para solventar todos estos problemas, se crearon las enseñas y estandartes que con el tiempo dieron lugar a los escudos de armas. Cada combatiente buscó un signo distintivo con el que adornar sus pendones. Signos y colores que también estampaban en sus cascos y escudos de batalla con el fin de ser reconocidos, agrupar sus gentes y atemorizar al enemigo.

Lógicamente, en su inicio se buscó lo más obvio, quien se llamaba Lope (de Lupo, lobo en latín) dibujó lobos en su enseña, quien Gastelu (castillo en euskera), un castillo sobre los colores de sus pendones. Algo tan práctico -a la vez que vistoso- no tardó en generalizarse y volverse costumbre y pronto se transformaron estos dibujos en símbolo de las cualidades de quien los portaba o indicadores de los privilegios y distinciones que el rey o señor les había concedido. Se asimiló el escudo con la nobleza y nació así el escudo de armas, que no pertenece al apellido. Es un distintivo que se gana o concede a un linaje determinado, es la enseña característica de una rama del apellido con entidad propia. No es el apellido quien ostenta escudo, sino el linaje quien lo gana.

Como bien nos recuerda José, el rey concedió a Lope García de Salazar, y por ende a su linaje, el cambiar el escudo original de la familia y tomar como propias las estrellas robadas al gigante moro, para recordar así semejante hazaña a sus descendientes y a todos aquellos que pretendieran enfrentarse a él o su linaje en el futuro (la estrella es distintivo del héroe y Lope se pidió trece).

El llevar escudo adornado fue privilegio de nobleza y el derecho a portarlo había de ser ganado en batalla o en servicios a su señor. Se asignó a cada color o silueta una cualidad moral (la más representativa de aquellas que adornaban a su portador) y se complementaron con las figuras de honor que el rey de turno concedía a sus vasallos más destacados.

Tomemos como ejemplo el escudo del señor de Vizcaya, López de Haro:

(Recordemos que fue apodado el malo por su presunto mal comportamiento en Alarcos, donde faltó a la palabra dada por salvar el cuero a su rey, y cambió su sobrenombre por “el Bueno” en las Navas, donde despreció el botín y los honores pese a comandar la primera línea de combate).

Su escudo era blanco, color que simbolizaba la integridad y la obediencia, sobre él aparecían representados dos lobos -recordando el origen del linaje- de color negro (sable) símbolo de la entrega y la modestia. Tras la demostración de fiereza realizada en la batalla de las Navas, aparecieron en las fauces de los lobos sendos corderos -simbolo del caballero sacrificado y noble- ensangrentados. Este escudo original, por su participación en la toma de Baeza, se orló en gules (rojo) color de la sangre, para indicar su arrojo y fiereza en el combate, y se adornó la orla con las ocho aspas doradas que habían de reflejar la riqueza y esplendor que la toma de esta ciudad significó para quienes tomaron parte en el asalto.

Para los más interesados, aquí pueden encontrar una sencilla y práctica explicación del significado de cada color y figura heráldica. Y para terminar, y como curiosidad, es divertido comprobar en el cuadro del besamanos al rey Fernando -en esta misma página, abajo- cuales eran los colores y símbolos más utilizados por los juantxos vizcaínos de la época.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Como pudieron ser las batallas en la edad media

Tras comentar sobre lo anecdótico que fueron en realidad las batallas durante la edad media, vamos a extendernos un poco sobre como debieron ser aquellas que realmente ocurrieron.

De entrada, desmentir que fuera la caballería pesada la única forma de combatir en el medioevo. Ni era la única, ni la más usada, ni tan siquiera la más eficaz. La caballería pesada era , efectivamente, la fuerza concluyente en un choque, pero no la más importante, ni tan siquiera la definitiva. Una carga de caballería contra una infantería firme y bien estructurada está destinada al fracaso. Todos cuantos han montado alguna vez a caballo saben que el caballo es rápido y poderoso en una carrera corta pero muy torpe, cuando no incapaz, de realizar movimientos rápidos al galope. Esto supone que, en una carga de caballería tipo película de Charlton Heston, salvo que atravesasen las líneas enemigas al galope tendido sin encontrar obstáculo alguno que disminuyera su velocidad, acabarían todas las filas de caballería aplastadas cada una de ellas contra la anterior, unas sobre otras.

El mayor error lo cometemos al leer las crónicas de la época con el espíritu del hombre actual. En todos los relatos de batallas medievales, solo encontramos referencias a los caballeros y sus valerosas cargas a lomos de caballo sobre el enemigo que huye aterrorizado. En primer lugar porque eran estos quienes pagaban a los narradores y en segundo lugar porque era mucho más emocionante el leer sobre estos héroes casi sobrehumanos que sobre la plebe que tragaba el polvo que aquellos levantaban. Además hemos de tener en cuenta es que, en las crónicas de la época, un caballero era siempre un hidalgo, fuera a pie o a caballo. Cuando el narrador habla de caballeros en lucha no tiene porqué referirse exclusivamente a hombres a caballo, sino a nobles peleando.

Por otro lado siempre hemos pensado que la única táctica medieval de batalla era el ¡a por ellos! y que una batalla consistía en mucha gente dándose mamporros sin ningún orden, cuando la realidad había de ser muy diferente. En primer lugar no podía ser un Totum Revolutum sin orden ni concierto. Pensemos que aquellas gentes eran las tropas de élite de su momento, a más de señores dueños de tierras y gentes, propietarios de extensas tierras y amplias ganaderías. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que un tipo capaz de gestionar un condado, señorío, o simplemente su heredad durante siglos, sería tan estúpido como para cargar a tontas y a locas contra el enemigo?

Yo no lo creo.

Además, la historia y su contexto nos reafirman en esta idea. El Epitoma rei militaris nos da una descripción pormenorizada sobre como disponer el ejército en la batalla y este tratado fue ampliamente conocido entre la nobleza hispana. Según este texto, y el análisis detallado de movimientos las batallas, así como ilustraciones de la época, lo corroboran: en toda batalla medieval, el peso de la lucha recaería sobre la infantería.

Una disposición ideal de batalla para un ejército medieval sería la siguiente: Dos líneas de infantería formadas por caballeros, sus escuderos y hombres de confianza, fuertemente armados con cota de mallas o armadura completa (según la época), lanza, escudo y armas de mano -hachas, mazas y demás-. Tras ellos, dos o tres filas más de infantería ligera ,con defensas ligeras o inexistentes, equipados con todo tipo de armas arrojadizas y jóvenes paveseros que, cargados con sus grandes escudos, habrían de cubrir a los ballesteros.

(Aquí un pequeño inciso. En aquella época, las piedras eran un arma tan a tener en cuenta como las flechas y chuzos. Por eso existían honderos en todos los ejércitos, tanto musulmanes como crsitianos, y los estrategas recomendaban a los generales que sus hombres se entrenaran durante sus períodos de asueto en lanzar piedras con fuerza y precisión.)

Tras esta barrera de peones se colocaría la caballería pesada y a sus lados la caballería ligera. Esta misma disposición básica se multiplicaría en el campo de batalla cuando existieran suficientes efectivos. Entonces se colocaría un primer contingente – o haz- de tropas, dispuesto como hemos indicado antes llamada delantera, tras esta otra similar, la medianera; a derecha e izquierda ambas costaneras igualmente ordenadas y atrás del todo, como reserva, dispondrían la zaguera, donde estarían las tropas de élite, la caballería pesada.

El sistema táctico medieval era simple y efectivo: la delantera entraba en contacto con las líneas enemigas y trataba de romperlas para atravesarlas, las filas de infantería pesada defendían a las que avanzaban tras ellas, que hostigaban al enemigo con sus proyectiles protegidos por el muro de hierro que formaba la infantería pesada. Tras el primer choque, llegaba la medianera para reforzar los puntos más débiles de nuestras líneas y aumentar la presión allá donde el enemigo parecía flaquear. Entre tanto, las costaneras impedían que el enemigo nos rodeara a la vez que trataba de colocarse a sus espaldas. La zaguera, la crème de la crème de nuestras tropas, espera signos de debilidad en el contrario, una rotura en sus líneas que permitan –ahora sí- cargar contra ellos al galope tendido y atravesarlos.

Cuando esto ocurre, carga la caballería pesada y la infantería se aparta a un lado para dejarles pasar. Nada puede un infante en combate uno contra uno con un caballero cubierto de pies a cabeza del mejor acero y alzado sobre quinientos kilos de músculo y furia. La batalla termina tan pronto como uno de los contendientes descubre que tiene enemigos a sus espaldas. Se asusta, rompe filas y se olvida de la disciplina. El ejército se desorganiza y cada hombre queda a expensas de sus solas fuerzas. Comienza la desbandada y el degüello.

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476

Besamanos a Fernando V por los vizcainos en 1476
Pinchando el cuadro puedes acceder a la galería de fotografías de Tierra Amarga

Bilbao en el siglo XV

Bilbao en el siglo XV
Así se supone que podía ser Bilbao a finales de la Edad Media

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)

Casa torre de Etxaburu (fotografía de Txemi Ciria Uriarte)
La casa, origen del linaje, razón de ser de los bandos

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416

Espada de mano y media, también llamada espada bastarda - 1416
Armas de lujo para los privilegiados de la tierra

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